martes, 23 de diciembre de 2014

ENTREVISTA XXIII
PAULA- ¿Eras tímida?
PENÉLOPE- Tanto y más que ahora.
PAULA- Ahora no me atrevería yo a calificarte de muy tímida.
PENÉLOPE- Pues lo soy. Lo que sucede es que cuando me excito puedo transformarme en la chica más valiente del mundo. Tú ¿no?
PAULA- Reconozco que la excitación sexual es uno de los estímulos más poderosos para nuestro ánimo. Yo también me he atrevido excitada con cosas que ni en los sueños más disparatados me hubiera imaginado capaz de hacer. Pero volviendo a tu prima...
PENÉLOPE- Nos levantamos tarde. Dormí como un lirón. La tía Araceli nos preparó un desayuno a base de zumo, mermelada casera, rosquillas..., vamos, tan excesivo que ni con hambre de meses pensaba que pudiera comerlo. En cambio, comí con tanta ansia que no dejé ni las migas. Montse me miraba con extrañeza pero apenas hablamos durante el desayuno. Cuando les dije que me iba, me acompañó hasta el pequeño jardín que hay a la puerta de su casa pero mantuvo la delicadeza de no mencionar lo sucedido en la noche. A punto de despedirnos apareció mi primo, con cara de sueño y vestido únicamente con un pantalón corto de fútbol.
“Pe, ¿ya te vas?”, me preguntó.
“Sí, no quiero que abu se preocupe”.
“He hablado con ella a primera hora de la mañana por teléfono, cariño”, intervino mi tía Araceli desde la cocina, “y le he dicho que dormíais como dos tortolitas”.
>>Ese comentario me dejaba tranquila. Pero entonces el atrevido de Rafa comenta, sin preocuparle que lo oiga su madre.
“Oye, por cierto, puedes venir las noches que quieras a dormir con Montse”.
>>Completamente ruborizada miré a mi prima y me entraron ganas de salir corriendo, pero el muy pillo debía de haberle ofrecido algo valioso porque, aunque andaban siempre como el perro y la gata, me contestó:
“A mí, Pe, me hace mucha ilusión que vengas a dormir conmigo”, y me guiñaba un ojo.
>>Sin que desaparecieran los colores de mi cara enfilé el camino a casa de la abuela sin mirar atrás y con pasos más rápidos que de costumbre pero con una sensación palpitándome dentro que solo podía entender como de inmensa felicidad. Me sentía la chica más afortunada de la Tierra.
PAULA- Perdona que te interrumpa, pero ¿has observado a esos dos tíos de la barra?
PENÉLOPE- ¿Cuáles?
PAULA- No te hagas la tonta, no te quitan los ojos de encima.
PENÉLOPE- ¿Por qué hablas siempre en singular?

Reconozco que nos miran a las dos. Son altos, de unos treinta y pocos. Visten camisas de traje que resaltan sus desarrollados bíceps. Las chaquetas reposan en sus brazos y uno de ellos lleva gafas y un maletín de cuero. Creo que se percatan de que hablamos de ellos porque muy decididos deciden acercarse.
“Estamos trabajando”, les digo con la cara muy seria. Pero como Penélope sonríe a sus piropos que no son más que un cúmulo de topicazos propios de tíos que pretenden ligar, deciden sentarse a nuestra mesa sin importarles mi evidente desinterés.
Yo me mantengo en silencio, procurando transmitirles que no me resulta muy grata su compañía, pero mi seductora amiga les sigue la corriente e incluso ríe alguna de sus gracias.
Resignándome a dar por concluida la entrevista por hoy, recojo el bloc y el lápiz en mi bolso y apuro el último trago de mi copa. Como me ven más esquiva, centran ambos por unos segundos toda su atención en mí, formulando comentarios elogiosos que no resultan violentos y con los que puede que pretendan caerme simpáticos.
Observo que además son elegantes y no parecen tan incultos como para recurrir a las tópicas expresiones con que se nos aproximaron.
Nos invitan a una copa, pero como yo ya he bebido tres que es mi tope y además aún me mantengo en mis trece de transmitirles que me ha incordiado su inesperada visita, rechazo su invitación. Aunque para mí sorpresa Penélope acepta. Y no una coca-cola light, sino otro gin-tonic.
“Guapa, ¿no te estarás excediendo?”, le digo yo con evidente mala uva cuando tantas invitaciones similares me ha rechazado.
“No seas aguafiestas, estoy seguro de que tu amiga es de las que sabe muy bien lo que se hace”, dice uno de ellos que a continuación se presenta dándonos sendos besos, primero a Penélope y luego a mí. Se llama Álvaro. El de las gafas Héctor.
Reconozco que cuando me pongo borde soy borde. Apenas respondo a sus preguntas con monosílabos aunque ya he aceptado que no están nada mal, pero sigo sin ofrecerles muestras de que me entusiasmen sus gracias. A Penélope, en cambio, parece que le resultan muy divertidos. Cuando Álvaro la toma de la muñeca con la tonta excusa de admirarle el reloj ella consiente y sonríe a sus simples comentarios, más propios de un adolescente. Héctor se dirige a mí en tono más formal y reconozco que ese cambio de estrategia contribuye a que baje un poco la guardia. Hasta comienzan a caerme simpáticos. Bueno, en realidad creo que recurro con frecuencia a la excusa de la simpatía cuando un tío me atrae. Lo que sucede es que están realmente buenos y las palabras no suenan en tus oídos igual cuando te las dice un chico bombón que uno feo, aunque se trate de estupideces.
“¿Por qué no nos vamos a tomar algo a un sitio que conocemos? Os gustará”, comentan.
Penélope me mira, pero yo les respondo que no es buen momento, que estamos ocupadas. Incluso me atrevo a decirles:
“Ya nos habéis estropeado la tarde”.
Aunque reconozco que suavizo mi tonillo de chica enojada.
“Pero podemos arreglaros la noche”, responde Álvaro que, sin duda, parece empeñado en ejercer las funciones de líder.
Yo permanezco callada y Penélope, en contra de lo que me estaba temiendo, les comenta con su dulce voz:
“Como dice mi amiga, no llegáis en el mejor momento”.
Héctor, que parece menos decidido pero más listo que Álvaro, responde:
“Os entiendo, llegar en el momento oportuno es fundamental. Y estoy seguro de que habrá otros momentos”.
Penélope esboza su enésima sonrisa y yo me sorprendo a mí misma respondiéndole:
“Nunca se sabe”.
Creo que me ruborizo al oírme. Se levantan, Álvaro le susurra algo al oído a Penélope, nos despiden con otros dos cariñosos besos y aseguran que volveremos a vernos muy pronto.
...

domingo, 21 de diciembre de 2014


ENTREVISTA XXII
PENÉLOPE- Nos hicimos cargo de Sonia, una chica de Madrid que veranea en el pueblo -muy guapa, ya te contaré-. En menos de veinte minutos ya la despedíamos a la puerta de su casa. No se me olvida que iban a dar las seis cuando entramos en la de los tíos, despacio con intención de no despertarlos.
>>Cuando pisamos el pasillo, comenzó a palpitarme el corazón como si quisiera salirse del pecho. Nos miramos. Entonces Rafa me rodeó con sus brazos, me besó y viví ese beso como la despedida de una noche en que me lo había pasado muy bien aunque me daba un poquito de rabia despedirnos. Debí de mirarlo con mis ojos de mimosa porque me pellizcó un moflete, apoyó mi cara en su hombro y me la recorrió con caricias tiernas y suaves. Se me humedecían los párpados (de felicidad). Me los secó con las yemas de sus dedos y luego me tomó de la mano y reiniciamos la marcha. Yo convencida de que me llevaba al dormitorio de Montse.
PAULA- Conociendo a tu primo no eras muy optimista en tus pronósticos.
PENÉLOPE- Imagino que entonces no lo conocía tan bien. Y con sus padres en casa no podía imaginarme otra cosa. Cuando pasamos ante la puerta de la habitación de la prima le dije, “Rafi”, y él colocó uno de sus dedos sobre mis labios. Le sonreí. Entramos a la suya y comenzó a desnudarme como si llevara meses sin verme. Yo reconozco que también estaba excitadísima. Y tampoco es que vistiera mucha ropa que quitarme: camiseta, pantalones vaqueros y playeras que descalcé yo misma mientras me subía la camiseta.
>>No quiso ni que entrásemos a la cama. Me ayudó a colocar las manos sobre los brazos de la butaca que utilizaba para dejar la ropa, me separó las piernas y me penetró.
PAULA- ¿Por detrás?
PENÉLOPE- Desde atrás, que no es lo mismo. Ya habíamos vivido suficientes preliminares a lo largo de la noche y lo que necesitábamos los dos era unirnos y liberar el ansia y el deseo que nos consumían. Aunque cuando terminamos me explicó que su padre acostumbra a levantarse temprano, incluso los domingos, y que era mejor que me fuera a la cama de Montse para evitar problemas.

PAULA- Bueno, pero ¿qué tal ese polvo tan apresurado?
PENÉLOPE- Oh, estupendo.
PAULA- O sea que aunque, como me has contado en más de una ocasión, te gusta que los tíos te dediquen su tiempo antes de penetrarte, veo que tampoco haces asco a que te follen en un minuto.
PENÉLOPE- Hay momentos que lo exigen y es lo que apetece, ¿o a ti no? Y por cierto, no duró un minuto, ni dos, que mi primo merece todas las críticas del mundo pero follando -como tú dices- es un auténtico cielo.
PAULA- Vaya, que mereció la pena como broche de fiesta.
PENÉLOPE- Ni lo dudes. Rafa me gustaba muchísimo y sabía hacérmelo tan bien que me volvía materialmente loca. Aquella noche me había excitado tantas veces que, teniendo en cuenta el viaje de regreso sin poder ni tocarle por la compañía de Sonia, lo único que quería era sentirlo dentro de mí. Además era mi estreno en la posición de “perrita” y aunque pensé que al no verle la cara no iba a gustarme, colocó una de sus manos bajo mi vientre y con la otra acariciaba los pezones de mis incipientes pechitos que se pusieron muy duros, y luego el clítoris (nunca me lo había acariciado nadie y no había podido imaginar que escondiera sensaciones tan ricas) y mientras entraba y salía de mi ardoroso cuerpo con embestidas que me llenaban de gozo, me invadió una sensación de plenitud que en segundos me condujo a un clímax que si alguien me cuenta no lo creo.
PAULA- Oh, Pe, habías dicho que nada de minuto y ahora hablas de segundos...
PENÉLOPE- Me refiero a mí. Él tardó bastante más. Me golpeaba con sus penetraciones en el pompis que sonaba como si me azotara con el más delicioso de los látigos. Y yo lo recibía orgullosa, deseando que siguiera golpeando y percibiendo que algo que me producía un intenso placer se derretía en lo más profundo de mis entrañas. 
PAULA- Lo cuentas muy bien.
PENÉLOPE- No imaginaba que pudiera una sentirse tan dichosa con un chico. Cuando respiraba como si fuera a ahogarme me acarició con la mano que apoyaba en mi vientre, golpeó fuerte quedando pegado a mis nalgas con su poderoso miembro palpitando también contra las húmedas paredes de mi vagina y todos mis fibras sensibles se contrajeron para estremecerme de gusto. Me sentí inundada por dentro y eso que Rafa se había puesto el condón. Pero entonces no sabía que era una chica fuente (oh, Paula, mira que me han echado polvos divinos, pero ninguno lo recuerdo con la delicia de aquel primero después de haber perdido mi virginidad).  Y para que te chinches, también fue mi estreno en lo que se refiere a dos orgasmos seguidos. El último, agarrado a mis caderas. Yo gemía entre dientes, “ay, ay, ay”. Aún más estremecida. El corazón me palpitaba en la boca del estómago. Me hubiera gustado ponerme a saltar de puro contenta.
PAULA- En la posición que te encontrabas lo veo difícil.
PENÉLOPE- Saltaba por dentro que es mucho mejor.
PAULA- Según lo describes le entra a una mucha envidia.
PENÉLOPE- Solo le pondría un pero.
PAULA- Siempre ambicionando más y más.
PENÉLOPE- Debía mantenerme apoyada en los brazos de la butaca para recibirlo y no podía abandonarme completamente como me gusta cuando alcanzo el clímax.
PAULA- No, si yo me alegro mucho de que hayas disfrutado, y de que disfrutes.
PENÉLOPE- ¿Te alegras?
PAULA- Te gusta hacerte la payasa de vez en cuando, ¿verdad?
Sonríe con la más pícara de sus sonrisas.
PENÉLOPE- Reconozco que me decepcionó separarnos tan pronto, pero lo entendía. Y no haber podido gritar sin precauciones, aunque mis gemidos le gustaron.
“Eres divina, Penélope”.
“¿Tú crees?”.
“Sólo lo hemos hecho dos veces y parece que llevaras años de prácticas. Me gusta cómo te entregas con tus dulces gestos de mimosa. Te estaría follando hasta que me quedara completamente seco”.
>>Le sonreí.
“¿Con ninguna has disfrutado como conmigo?”, me atreví a preguntarle.
“Con ninguna. Tienes instinto de folladora, Pe. Volverás locos a los tíos”.
>>Lo pellizqué.
“Solo pienso hacerlo contigo, Rafi”.
“Aunque, claro, también ayuda lo guapísima que eres y lo buena que estás”.
>>Ya nos encontrábamos uno frente al otro. Mirándonos como tiernos enamorados aunque él sonreía con gesto pícaro. Me tomó de los hombros y cuando nuestros cuerpos volvieron a encontrarse, ahora de frente, recogió mi pelo sobre la nuca y nos besamos en un último y prolongado abrazo en el que sus caricias en mi piel desnuda me emocionaban. Me sentía como flotando en una nube. Halagada de gustarle tanto a un chico mayor y tan sexi como Rafa.
“Ahora tienes que irte, preciosa”.
>>Obedeciéndolo, me vestí camiseta y braguitas y salí al pasillo. No pienses, muerta de miedo. Mientras abría la puerta del dormitorio de Montse me temblaban las piernas y la mano con que accioné la manilla. Temiendo que me vieran los tíos, aunque Rafa me había aconsejado que me mostrase natural, como si hubiera tenido que levantarme al baño.
“Sí, natural”, le dije, “como tú te quedas. Serás fresco”.
“¿Prefieres que vaya yo a acostarme con mi hermana?”
“Mira que eres sinvergüenza, ¿serías capaz?”, le dije, sonreímos y como respuesta me palmeó el culo mientras salía. “Oye, y a Montse, si se despierta ¿qué le digo?”
“De Montse no te preocupes”.
>>Entré en la cama con el máximo cuidado, procurando no despertar a mi prima que o dormía o simulaba dormir, porque fue colocarme de espaldas a ella, cuando la oigo girarse, me abraza por la cintura y, acercando su boca a mi oído, me pregunta:
“¿Qué tal?”
“Muy bien”, le respondo en su mismo tono discreto y pensando que se refiere a la fiesta.
“Os he estado oyendo mientras lo hacíais”.
>>Sentí como si me clavara un cuchillo en el vientre que rozaba su mano. Me quedé paralizada. Y debí ponerme tan roja que agradecía que fuera de noche y nos encontráramos a oscuras.
“No te preocupes. Rafa ya me ha explicado lo vuestro”.
>>Oírle esa tonta explicación de la que en realidad ignoraba su verdadero significado, en cambio, me tranquilizó. Y entonces al menos pude decirle:
“Montse, es muy tarde y tengo sueño”
>>Ella me dio un beso de amigas en la espalda y se giró. Antes de dormirme imaginé lo que sería vernos cara a cara a la mañana siguiente.

...

sábado, 20 de diciembre de 2014

ENTREVSITA XXI
Hoy llego muy nerviosa a nuestro encuentro en el bar. Me he adelantado varios minutos. He elegido la mesa de la esquina, pero colocándome de espaldas a la barra como si pretendiera esconderme.
Después de una última noche en que habré dormido tres o cuatro horas y a intervalos, dándole vueltas a las dudas que rondan por mi cabeza, sigo manteniendo las mismas dudas acerca de continuar o no con esta entrevista.
Penélope ha resaltado sus carnosos labios con un lipstick fucsia discreto porque no necesita más y luce su precioso cuerpo bajo un sencillo vestido de tirantes. Parece de buen humor, pues me ha pellizcando en la cintura al sorprenderme mientras ojeo notas en mi bloc. Como respingo, me abraza y me da un cariñoso beso en la mejilla.
“Oh, esto es trampa”, pienso, pero lo único que puedo decirle es:
PAULA- Me alegro de que comiences el día tan alegre.
PENÉLOPE- También me gusta terminarlo alegre.
Solicito la presencia del camarero para pedirlo un té para ella y un cortado para mí.
PENÉLOPE- Hoy verde no, me lo pones negro. -me interrumpe.
PAULA- Y ese cambio.
PENÉLOPE- Me han dicho que el negro es más excitante.
PAULA- ¿Para qué precisas excitaciones extras tú?
Sonríe con su sonrisa de siempre.
PENÉLOPE- Ese es un secreto.
A estas alturas, cuando solo llevamos juntas unos minutos ya mi confusión ha alcanzado niveles de caos y, tras darle un sorbo a mi café, decido recurrir a mis notas.
PAULA- ¿Cumplió su promesa la prima Montse?

Ahora es ella quien toma mis manos sin abandonar su bonita sonrisa.
PENÉLOPE- El sábado comenzaban las fiestas en el pueblo cabecera de comarca. Es un pueblo grande, precioso, rodeado de montañas, con piscinas, camping y lleno de turistas todo el verano. Son famosas por la cantidad de gente que acude. Yo no había ido nunca y cuando Rafa me anunció que su padre le dejaba el coche y pensaba llevarme, no me lo podía ni creer.
“Solo nos falta el permiso de abuela”, le dije.
“Tranquila. Yendo conmigo seguro que te lo concede”.
“¿Se lo pides tú?”
“Si quieres...”
“Y casi le dices que Montse viene con nosotros”.
“No te preocupes de lo que le diga ¿Desconfías de mi poder de persuasión?”
>>Me colgué de su cuello y, aunque nos encontrábamos en plena calle, le estampé dos sonoros besos en la cara.
>>Las únicas recomendaciones de la abuela fueron que no corriese mucho y que no regresáramos muy tarde.
>>Rafa le dijo que consideraba preferible que me quedase a dormir el resto de la noche con su hermana.
PAULA- Y tu abuela, claro, accedió.
PENÉLOPE- Con ella le sucedía como conmigo, siempre consiguió cuanto se propuso. Nos tenía tomada la medida.
PAULA- Sobre todo a ti.
PENÉLOPE- No seas mala pécora, o no te sigo contando.
PAULA- Ah, ¿no? ¿Ahora que llega lo interesante? Eres traviesa.
PENÉLOPE- Contigo nunca lo soy.
PAULA- No lo diría yo tan segura. Por cierto, voy a pedirme un gin-tonic -le dije- ¿Te apetece? Está riquísimo.
PENÉLOPE- Bueno, puede que me ayude, ¿por qué no?
Y llamé intencionadamente al camarero de los rizos, que en menos de dos segundos ya se encontraba atendiéndonos.
“Veo que la señorita va adquiriendo los buenos hábitos de su amiga”, dijo dirigiéndose a Pe, que se puso colorada.
Nos sirvió un platillo de aceitunas con los gin-tonics.
PAULA- Imagino que esa fiesta resultó bastante más agradable que la de tu pueblo.
PENÉLOPE- Mucho mejor. Nos lo pasamos de cine. Allí no le importaba tomarme de la mano o del hombro o la cintura y eso que nos cruzamos con chicos que nos conocían. Y por la noche en la plaza, aunque estaba abarrotada de gente y casi nadie bailaba, me invitó a bailar y bailamos acaramelados como dos amantísimos novios.
PAULA- O sea que quiso compensarte por la fiesta en que solo bailó con Palmira.
PENÉLOPE- Nos divertimos muchísimo. Subimos a los coches de choque, a la noria, bailamos, como te dije... Con cualquier excusa nos gastábamos bromas, compró nubes de algodón que íbamos comiendo por la feria entre risas, y cuando me ceñía de la cintura colaba su mano bajo mi camiseta  y le gustaba buscarme las cosquillas y entonces yo le daba un azote cariñoso en el culo y le llamaba bobo para terminar entre sus brazos más contenta que unas pascuas.
PAULA- Por lo que dices parece que te trató como a una auténtica princesita.
PENÉLOPE- Oye, rica, como a una reina. A su lado no solo me sentía muy muy feliz sino también una chica mayor. Te aseguro que soy una dormilona y ni a las cinco de la mañana cuando sugirió ir a tomarnos la última copa al bar frente al que habíamos aparcado el coche, tenía ni pizca de sueño. Tomamos cerveza (siguiendo mis instrucciones por una vez, sin alcohol) y emprendimos viaje de regreso. Pero no creas que terminamos la fiesta.
PAULA- Me lo estaba imaginando.
...


viernes, 19 de diciembre de 2014

ENTREVISTA XIX
PAULA- A veces somos unas ingenuas, Pe.

PENÉLOPE- El primer día que nos encontramos pasadas las fiestas le puse mala cara y empezó con sus monerías intentando camelarme. Cuando le dije abiertamente que me había enfadado verlo bailar con Palmira y que no se hubiera dignado a concederme un solo baile, el muy sinvergüenza, exclamó:
“¿Qué querías, que nos viera todo el pueblo y le fuesen con cotilleos a la abuela? Palmira y yo solo somos buenos amigos”.
“Pues no bailabais como si fuerais amigos”.
“Es mi estilo de bailar. Y a propósito, ¿cómo se te ocurrió a ti bailar con Santi”.
“Porque me lo pidió”.
“Vamos, primita, bailabas como si te lo estuvieras follando mientras bailabais”.
“Si hubieras bailado tú conmigo no hubiera bailado con él”.
“¿Sabes que ese hijoputa ha estado en la cárcel?, guapa”.
“Algo había oído”.
“Y ¿sabes por qué lo encerraron?”
“Ni idea”.
“Por intento de violación a una chica que pasaba las vacaciones en el pueblo”.
“¿A quién?”.
“Es mejor que no te lo diga”.
>>Ignoraba si me estaría contando la verdad o asustándome para que no volviera a acercarme a Santi, pero lo cierto es que me entraron temblores imaginando lo que ese sinvergüenza podía haber hecho conmigo. De hecho, el miedo no me desapareció en mucho tiempo y procuraba evitarlo y si nos encontrábamos por la calle ni le miraba a la cara, aunque él sonreía al saludarme y me piropeaba diciendo lo guapa que soy y otros piropos más subidos de tono, aunque nunca hizo nada que pudiera molestarme realmente.
>>Rafa, en cambio, no pareció concederla importancia a lo que acababa de decirme.
“Pe, además no se puede hacer el ridículo en el baile”, comentó con absoluta picardía. “Para que bailes en público conmigo tengo que enseñarte a bailar. Luego bailaremos todo lo que quieras”
“¿Lo dices en serio?”
“¿Por qué no te pasas mañana a las once por casa? Montse tiene clases de recuperación de matemáticas y te enseño cómo se baila”.
“Mamá no regresa hasta el jueves (nos encontrábamos a martes) y no creo que le entusiasme saber que voy a verme contigo”.
“¿No le gusto a la tía Mari?”
>>Como acostumbraba a hablarme con la picardía de sus segundas intenciones, le respondí:
“No se trata de eso, bobo”.
“Pues tienes que decirle que yo la sigo queriendo mucho. Siempre ha sido mi tía favorita”.
“Creo que no te conviene que se lo diga en estos momentos. Y a mí tampoco”.
“Bueno, pues quedamos el jueves”
“Vale”, le dije.
“¿Se te ha pasado el enfado?”
“Un poco”.
>>Me besó y nos despedimos remarcándome la hora de cita para el día siguiente.
“Para el jueves”, le aclaré.
>>Las clases de Montse podían venirnos muy bien. Su padre trabajaba muchas horas en verano y su madre se pasa casi otras tantas en la peluquería.

PAULA- ¿Tanto le gusta peinarse?
PENÉLOPE- No seas pánfila, Paula, es la peluquera del pueblo. Bueno, a lo que íbamos, o ¿prefieres que te hable de la tía Araceli? Te aseguro que es la que menos interés literario despertaría entre tus lectoras de las tres.
PAULA- Puedes hablar de lo que quieras, pero sinceramente hemos quedado para que me hables sobre todo de las apasionantes peripecias de la encantadora Penélope.
PENÉLOPE- ¿Esa soy yo?
...


jueves, 18 de diciembre de 2014

ENTREVISTA XVIII
Se nos acerca el camarero de los rizos con una bandeja en que porta canapés. Nos los ofrece y le damos las gracias. Pe moviendo su cabeza en sentido negativo. Yo tomando uno de queso y anchoa que me comeré de un solo bocado.
PAULA- No será que ya entonces no te conformabas con cualquier cosa -le digo sonriendo.
PENÉLOPE- Juzga tú misma. Esperaba las fiestas del pueblo con verdadero alborozo. El primer disgusto -aún pequeño disgusto- me llegó cuando mamá, después de sus cariñosos besos e interesarse por lo bien que me lo estaba pasando, me advirtió, al comentario sin malicia de mi abuela sobre el mucho tiempo que pasaba con Rafa y lo bien que nos entendíamos:
“No quiero que andes con tu primo”
“Pero, ¿por qué?, mamá”                                                  
“Es muy mayor para ti”.
“Solo me lleva cuatro años, papá te lleva ocho”.
“¿A qué te refieres con que solo te lleva cuatro años? No estaréis saliendo”.
“Mamá, por favor, es divertido y lo pasamos bien juntos. No tengo ningunas ganas de novios”.
>>Le mentía, porque en el fondo de mi corazón, yo ya consideraba a Rafa mi primer y único novio.
PAULA- ¿Y él a ti?
PENÉLOPE- Incluso hoy dudo de las verdaderas intenciones que lo animaban a salir conmigo.
PAULA- ¿Resultaron divertidas las fiestas?
PENÉLOPE- Las peores con diferencia de toda mi vida. Soy muy romántica y soñaba que en el baile de la verbena Rafa me sacase a bailar y, aunque no bailásemos como nos gustaría, poder transmitirnos a nosotros mismos en público lo que sentíamos el uno por el otro.
PAULA- Y que os vieran, claro, algo que a él puede que no le interesase demasiado. Pero por lo que veo, el muy sinvergüenza no sacó a su primita a bailar.
PENÉLOPE- No te burles, Paula. Me dolió mucho no solo que no me sacara a bailar si no que bailara y muy pegadito, dándose un buen lote como me insinuaba mi prima con intención de chincharme, con Palmira, una chica de diecisiete, dos más que yo, guapa y bastante quedona con los tíos pero que tampoco es que fuera para tirar cohetes. Mientras me mordía los labios de rabia al verlos bailando delante de mis narices ya sospeché que ellos fueran novios y, aunque entonces me lo negó, lo cierto es que hoy es la madre de su hijo.
PAULA- ¿Su esposa?
PENÉLOPE- Su ex. Acaban de divorciarse.
PAULA- Pobre, Penélope. Te compadezco. Sé cómo se sufre a los quince si ves al chico que amas con otra chica.
PENÉLOPE- No creas que me quedé de brazos cruzados. Santi, un chico del pueblo con el que no había cruzado una palabra en mi vida se acercó a pedirme que bailara con él. Iba a negarme porque ninguna de mis amigas bailaba, pero miré de reojo a mi primo y al verlo diciéndole a su novia algo que la hizo reír, coloqué mis manos sobre los hombros de Santi y comenzamos a bailar.
>>Era la primera vez que bailaba agarrada con un chico y puede que me moviera a lo pato.
“No te preocupes, tú deja que te lleve” -me dijo Santi con un tono pícaro de voz cuando tuve que disculparme por un torpe pisotón, ciñéndome bien ceñida por la cintura.
>>Le extrañaba que nunca hubiéramos hablado. A mí, en cambio, no me extrañaba porque tenía muy mala fama en el pueblo, pero me limité a sonreír porque no iba a decirle que lo tachaban de golfo.
PAULA- ¿Era mayor que tu primo?
PENÉLOPE- Parecía más joven, pero si tanto te importan las edades...
PAULA- No me importan, simplemente me orientan.
PENÉLOPE- Según el propio Rafa le sacaba un año o dos, así que andaría por los veinte o veintiuno.
PAULA- ¿Estaba bueno?
PENÉLOPE- No estaba mal, aunque era algo más bajo que yo. Lo que sí te digo es que bailaba de un modo bastante descarado. Sin apenas moverse pero subiendo una de sus manos por la espalda como si quisiera comprobar si llevaba puesto sujetador y una vez a esa altura, presionando, rozaba mis pechos en el suyo mientras su otra mano descendía y presionaba también. Yo procuraba porfiar con los codos para mantenerlo alejado, avergonzada de percibir su erección cuando introducía de manera exagerada su muslo derecho entre mis piernas. Pero en uno de los giros mis ojos se encontraron con los de Rafa e instintivamente (te lo juro) extendí los brazos en torno a su cuello. Sentía una intensa satisfacción observando odio y celos en la mirada de mi primo.
>>En cambio a Santi debí de ponerlo muy cachondo. Aprovechando que la camiseta que vestía me quedaba corta, accionó con sus dedos para colocarlos directamente sobre la carne de mi cintura. Incluso, el muy atrevido, coló las puntas bajo el ribete de mis shorts. Comenzaba a disfrutar con el baile. Me estaba adaptando muy bien a su ritmo. Debo reconocer que cuando quería bailaba de maravilla y yo me abandonaba como una pluma en sus brazos. Había conseguido ponerme muy caliente.
PAULA- Eso no resulta muy difícil, Pe.
PENÉLOPE- Mira que eres mala.
PAULA- No, sincera. Aunque te confieso que a mí tampoco cuesta mucho excitarme si las circunstancias lo propician.
PENÉLOPE- Lo propiciaban. Aunque yo no dejaba de ser una chiquilla ingenua y Santi un tío un poco canalla con el que me daban miedo ciertas licencias.
PAULA- Nadie lo diría.
PENÉLOPE- Me cegaban las ganas de chinchar a Rafa. Recuerdo que Santi comentó algo gracioso que me hizo reír como pocos minutos antes había visto reírse a Palmira.
“Te pones muy guapa cuando te ríes”, me dijo, y otro piropo atrevido sobre mis grandes y carnosos labios que me ruborizó.
“También te favorecen estos colores”, y pellizcó un moflete para luego abrazarme.
>>Pensé que quizá no fuera tan gamberro y los comentarios en su contra se debieran a gente que no lo quiere bien. Me colocó el pelo detrás de las orejas mientras yo lo miraba embelesada como una boba. Luego juntó su cara a la mía que debió enrojecerse aún más pero tampoco le puse pegas. Comenzaron a aletearme mariposas en la boca del estómago. A veces descendía uno de sus dedos por mi columna vertebral y entonces mis brazos presionaban su espalda como si tuviera miedo a caerme. Aunque mientras bailábamos tan pegados, cuando colocó sus labios sobre mi mejilla y me besó, alejé mi rostro hacia atrás y le dije:
“¿Qué haces?”.
>>Observé que me miraba con unos ojos inyectados en sangre que casi daban miedo. Descendió las dos manos hasta alcanzarme las nalgas, me atrajo hacia él y me susurró:
“Vas a venirte conmigo, ¿verdad?”
“¿Adónde quieres que vayamos?”
>>Aunque no volvió a besarme, sus manos ascendieron por mis costados y me hablaba rozándome sus labios en la piel. Me estremecía.
“Donde podamos estar solos tú y yo”.
“Estamos bien aquí, Santi”, le dije porque ya me gustaba cómo estábamos bailando y lo cariñosas que sonaban sus palabras en mis oídos, pero no me atrevía a irme con él en plena noche a ningún sitio.
>>Me abrazó fuerte fuerte como si formara parte de los movimientos del baile. Se me aceleraba el corazón. Continuaba diciéndome cosas bonitas para halagarme. Un nuevo estremecimiento me recorrió la columna y entones, tras acariciarme la cintura por debajo de la camiseta y en un misterioso silencio, nos separamos, me tomó de la mano y comenzó a caminar. En un principio me resistí. Pero él tiró sonriéndome y dijo:
“Anda, Penélope, no seas tonta, vamos”.
>>Y consentí que me fuera llevando. En mi cabeza bullían y se mezclaban dudas razonables. Aunque de algún modo me atraía, reflexioné que el único motivo para estar con un tío del que se comentaban cosas horribles que cuesta creer en un chico de veinte años y que tampoco es que fuese tan guapo, era darle celos a Rafa. No pensaba que me fuera a apetecer que me besara a solas en algún lugar alejado, ni por supuesto que me hiciera otras cosas, y cuando pasamos a la altura de mi primo y su chica, me detuve.
“No te pares, vamos, camina”.
“¡Déjame!”, le dije casi gritando.
>>Rafa entonces nos miró, le pidió permiso a Palmira y acercándose a nosotros increpó a Santi:
“¿No la has oído?, capullo”.
“Oye, tío, tú ocúpate de tus cosas”.
“Suelta a mi prima ahora mismo si no quieres que te parta la boca”, le amenazó Rafa en tono poco amistoso y con gestos de golpearlo si no lo obedecía.
>>Yo temblaba. No se me ocurría nada que decir. Y Santi, viendo que Rafa hablaba en serio y era más fuerte que él, me soltó la mano, alejándose con la ayuda de mi primo que lo empujó por el hombro.
>>Al alejarse, el muy cerdo aún se atrevió a mirarme con cara de pocos amigos, con un gesto como si quisiera dirigirme alguna advertencia.
>>Se me escaparon las lágrimas y Rafa, tomándome del antebrazo, me dijo muy serio:
“Anda, vete con Montse. Mañana ya hablaremos tú y yo”.
>>”Será asqueroso”, pensé.
PAULA- Imaginabas que iba a quedarse contigo.
PENÉLOPE- ¿Cómo lo sabes? La tonta de mí albergaba en el fondo del corazón esa esperanza.
...




martes, 16 de diciembre de 2014



ENTREVISTA XVII
Procuro disimular, pero intuyo que se ha percatado de que el maravilloso polvo con su primo y la bonita manera que tiene Pe de contarlo me excitan. Le comento:
PAULA- No irás a decirme ahora que no os moríais de ganas por repetir.
PENÉLOPE- Imagina, guapa, tú que eres una chica con tanta imaginación.
PAULA- Yo le hubiera suplicado repetirlo al día siguiente. Y si exagero un poco esa misma noche.
PENÉLOPE- Vaya con Paula, no sabía que además de imaginativa fueras tan viciosa.
PAULA- No soy viciosa, solo me gusta el sexo casi tanto como a ti.
PENÉLOPE- Pues en unos días el muy canalla no apareció. Yo me comía el coco con las preguntas más absurdas. “¿No se lo habrá pasado conmigo como con otras?”. “¿Será que no le gusto y solo deseaba ampliar su número de conquistas?”. “¿Tendrá novia?”. Y varias por el estilo que incluso me retrasaban el sueño por las noches. También evalué que se tratara de una cochina estrategia para obligarme a desearlo como lo estaba deseando.
PAULA- O puede que quisiera tomar precauciones para que la gente del pueblo, incluyendo a tu abuela, no sospecharan que estabais liados.
PENÉLOPE- No conoces a Rafa. Al cuarto o quinto día se presentó con la naturalidad de costumbre. Yo no pude disimular mi enfado cuando lo vi, pero el muy asqueroso no se cortó un pelo y delante de la abu, comentó, “vaya, la niña (pronunció la palabra niña con retintín) parece que no ha pasado buena noche, tiene mala cara. Aunque parece que se le ha abierto el apetito. Come el plátano con verdadera gula”. Me puse colorada. Y más cuando dijo la abuela, “prácticamente es lo único que come bien”.
PAULA- ¿Te gustan los plátanos?
PENÉLOPE- Me encantan los plátanos.
PAULA- ¿Y te gusta comerlos despacio deleitándote con su sabor?
PENÉLOPE- ¿A qué viene ese morboso interés?
PAULA- ¿Has visto Lolita?
PENÉLOPE- Esa misma pregunta me la formuló Richard hace unos años. Y te ofrezco la misma respuesta. He leído el libro y me gustó, pero ya que insistís y alguien ha tenido la ocurrencia de compararnos, prometo verla pronto.
PAULA- Te lo comentaba únicamente para que compruebes cómo los come la niña y lo cachondo que pone a Humbert Humbert. Imagino que como tú pones a tu primo.
PENÉLOPE- La abuela le comentó:
“A propósito, Rafa, ahora que estás tú voy a aprovechar par ir a la botica por unas medicinas y a hacer la compra para la fiesta (para la que faltaban solo unos días y para la que llegarían entre otros mis padres) y así acompañas a tu prima”.
“Abuela”, salté yo con voz de enfadada, “que no soy una cría, puedo quedarme sola perfectamente”.
“Ya lo sé, cariño, pero estarás mejor con tu primo”.
>>Él sonrió. Yo me encontraba sentada a la mesa, aún con el pijama de pantaloncito corto y tirantes
que utilizaba en verano, terminando el desayuno. En cuanto salió la abuela le pregunté con la misma cara de pocos amigos:
“¿Por qué no has venido antes?”
>>No dijo ni palabra. Me tomó de una muñeca y me obligó a incorporarme de la silla. Ahora era él quien impedía que terminara el plátano, y la leche, por supuesto, ni probarla.
>>Cuando me tuvo en pie me cargó en sus fuertes brazos y aunque yo aún le dije, “pero ¿qué haces?, no quiero estar contigo mientras no me digas por qué no has pasado a verme desde el día de la excursión”, avanzó por el pasillo como si llevara una pluma y cuando entramos en mi dormitorio, ignorando mis recriminaciones y excusas, lanzó materialmente mi flaquito cuerpo sobre la cama.
>>Yo lo miraba con el deseo acumulado de varios días y él parecía tan excitado como yo. Se quitó pantalones y camisa en un segundo y sin ningún tipo de preliminares separó con una mano la entrepierna del pantalón corto de mi pijama y me penetró. Lo deseaba tanto y a la vez sentía tanta rabia hacia él que lo arañé en el culo y la espalda mientras entraba y salía diciéndome el muy sinvergüenza, “aráñame todo lo que quieras, no me haces daño”, aunque a cada arañazo mío golpeaba más fuerte. Cuando vio que me entregaba sin ninguna resistencia me preguntó algo que él aún no me había preguntado ni suele preguntar:
“¿Me quieres?”
>>Me emocioné al oírlo.
“Te quiero muchísimo Rafi. Aunque no te le mereces”.
“¿Por qué?”.
“Por malo”.
>>Y las deliciosas sensaciones de la mañana en el río volvieron a regocijarme.
>>Oh, dios, estuvimos follando hasta que oímos a la abu girando la llave en la cerradura de la puerta que imagino que había cerrado el propio Rafa.
PAULA- Por lo que veo se presentaba un verano entretenido y apasionado para la encantadora Penélope.
PENÉLOPE- No creas que todo lo encantador que a mí me hubiera gustado. Hubo sus tensiones. Sus más y sus menos.
PAULA- Las tensiones también influyen como un poderoso afrodisíaco en nuestra libido.
PENÉLOPE- En aquella época -prácticamente como hoy- yo lo único que quería era que me quisieran. Siempre y a mí sola.
PAULA- Efectos secundarios derivados de tu condición de hija única...
PENÉLOPE- Creo que aun entre siete hermanas hubiera seguido luchando con uñas y dientes por la exclusividad. Incluso después de haber estudiado ciertas teorías en mi carrera que debieran desanimarme.

...

lunes, 15 de diciembre de 2014


ENTREVISTA XVI
PAULA- No habías terminado de contarme tu linda mañana en la pradera a la orilla del río.
PENÉLOPE- No pensaba esconderla. Entre otras cosas porque cuando terminamos me consideraba la chica más afortunada sobre la superficie de la tierra. Tomó la toalla. Le pregunté:
“¿He sangrado?”.
“Unas gotas solo”
>>E hizo un rebujo con la toalla, me limpió y luego la arrojó hacia unos matorrales.
“No seas cochino”, le dije, “¿cómo la tiras ahí?”.
“Puede serle útil a alguien. ¿Qué quieres, guardarla como recuerdo?”.
>>Nos abrazamos y, con toda la chica “ecológica” que sabes que soy, me olvidé de la toalla. Lo único que no se me había olvidado era lo de Miqui. Me daba rabia que lo hubiera hecho con ella y creo que también celos de que siendo una mocosa lo hubiera disfrutado antes que yo.
“Pero hay algo, Rafa, que no te perdono”, le dije.
“¿Qué me ha salido tan mal?”
“No puedo creerme que también se lo hayas roto a Miqui”
“¿Quién te ha dicho que me he follado a la prima?”
“Tú”
“¿Yo? No recuerdo que esas palabras hayan salido de mi boca”.
“Cuando te lo he preguntado no lo negaste, y por la manera de reírte entiendo...”
“Oh, Pe, veo que tienes una fantasía muy calenturienta, ¿sabes que eso puede ayudarnos mucho a que disfrutemos del sexo?”.
“No disimules ahora”
“De todos modos no tendría nada de extraño un buen polvo con la primita. No es tan guapa como tú pero está hecha un bomboncito y es un poco golfa. Lo que sí te aseguro es que virgen no es”.
“¿Cómo lo sabes?”
“Tiene un ligue. Lleva saliendo unos meses con el Pipas”.
>>Es como llaman al chico del quiosco, como mucho un año más joven que Rafa.
“Pero si no es más que una niña”
“Oye, Pe, si tenéis casi la misma edad”.
>>Echando cuentas con los dedos como una boba, comprobé que si yo cumplía dieciséis en noviembre y ella, aunque hubiera nacido un año después que yo, es de principios de julio, en ese verano en concreto las dos teníamos quince.
>>Miqui era muy mona pero bajita y eso contribuye a que Montse y yo la considerásemos una cría para permitirle jugar con nosotras de pequeñas. Aunque mirándola bien compensaba con un buen culo y unos pechos más que considerables. Es, como dicen los tíos, “de las que les salen las tetas antes que los dientes” y ya con catorce sus curvas, que siempre se ha encargado de resaltar, llamaban la atención. Creo que le gusta que la miren. De hecho los comentarios de Rafa no me dejaron más tranquila.
“Y por cierto, según dice el Pipas, ahí donde la ves es una fierecilla follando”
“¿Por qué os contáis esas cosas los chicos?”.
“A algunos les gusta alardear de sus polvos”.
“Tú no irás a contarle lo nuestro a tus amigos”.
“Yo no necesito contar, Pe. Creo que los que lo hacen es porque realmente follan poco y necesitan darse ánimos”.
“Pero dices que el Pipas con Miqui...”.
“Con toda la cría que la consideras no creo que tenga suficiente con ese capullo. La he visto tonteando con otros y no me extrañaría que le pusiera los cuernos”
>>Me entraron dudas. Dudas que no me han desaparecido a día de hoy, pues el muy gamberro comenzó a picarme con insinuaciones de lo más cochino, llegando incluso a decirme algo que me ofendió.
“En realidad, Pe, todas las mujeres de la familia sois un poco viciosas, os gustan mucho el sexo y los tíos”.
>>Ya habíamos tomado la bicicleta aunque caminábamos los dos y para chincharlo le dije:
“Menos tu madre, claro”.
“Mi madre es la excepción”.
“Y tu hermana”.
“Por mi hermana ya no pondría yo la mano en el fuego”, dijo el muy golfo.
>>No me había gustado ese comentario, pero como me llevaba cogida por el hombro y me besaba cada dos por tres en la mejilla y yo comenzaba a sentirme muy enamorada de él, solo le dije:
“Rafi, ya sé que algunas cosas las dices para excitarme o tomarme el pelo, pero tienes que distinguir aquellas que no me gustan y evitarlas, por favor”.
>>Sonrió con su sonrisa maliciosa, me tomó de la cintura y con la bici apoyada en su trasero me regaló el último y apasionado beso de aquella bonita mañana.
PAULA- Te felicito. No todas hemos tenido la suerte de vivir una mañana de verano tan estupenda.
PENÉLOPE- Cuando regresamos, la abuela nos estaba esperando a la puerta de casa hecha un basilisco.
“Pero ¿puede saberse de dónde venís a estas horas? Son casi las cuatro de la tarde y la comida se habrá quedado buena. Hace dos horas que mandé a Montse en vuestra busca y fue incapaz de encontraros”.
>>Yo me puse colorada y miré a Rafa, esperando que contase con buenos recursos para calmar a la abuela. Como siempre, no le costaría demasiado. Primero le mintió sobre el destino y los motivos de nuestro paseo. Después con que se nos había pinchado la bici. Y cuando la abuela le respondió, “pues yo no la veo pinchada”, diciendo que precisamente lo que nos había retrasado era reparar el pinchazo. Y por si no la creía le estampó un sonoro beso y le dijo, “ande abuela, no se ponga así, que si me invita me quedo a comer con Pe. Ya sabe que conmigo se lo comerá todo”.
>>Y mi abuela volvió a llamarle granuja como de costumbre y se rieron y, claro, se quedó a comer con nosotras. Y mi abuela, tan encantada como yo.
PAULA- La verdad es que te considero muy afortunada, Pe. La mayoría de las ocasiones los “estrenos” sexuales resultan cuando menos decepcionantes. Y te hablo por propia experiencia. El que tu primo Rafa consiguiera complacerte como si fueras para él una auténtica diosa creo que ha influido en que hoy seas una chica que goza tanto y tan bien con el sexo.
PENÉLOPE- ¿Tú crees?
PAULA- Bueno, la verdad es que yo fui una de las que se llevaron un pequeño chasco en la primera relación y ahora también disfruto a tope normalmente. Será que somos así.
PENÉLOPE- Es una suerte, ¿verdad?
...


sábado, 13 de diciembre de 2014

ENTREVSITA XIV

>>Aún volvería a meterme la cabeza en el agua. Luego me soltó. Lo miré con ganas de sacarle los ojos y caminando lo más rápido que me permitía la corriente me acerqué de nuevo a la orilla y salí. Le puse morritos y, como sonrió, le saqué la lengua.
“Y pienso marcharme ahora mismo”, le dije.
>>Pero tiritaba de frío y me quedé inmóvil al lado de la bicicleta, abrazándome con mis propios brazos, castañeteando los dientes. No dudaba que iba a salir en mi busca.
“Pero, Pe, ¿por qué lloras?, estábamos jugando”, dijo mientras me tomaba de los hombros para abrazarme”.
“Te he dicho que me dejes”.
>>Me separó los brazos y aunque los dejé que colgaran a ambos lados del cuerpo le permití abrazarme. Estaba húmedo pero caliente y a medida que frotaba las palmas de sus manos por mi espalda también yo iba entrando en calor.
“Eres un imbécil”, le dije.
>>Me tomó de la barbilla y me preguntó:
“¿Me perdonas?”
“No sé”.
“Tendré entonces que pedírtelo de rodillas”, dijo mientras descendía. Apoyó las manos en mis nalgas y mirando hacia arriba volvió a preguntarme, “¿me perdona la chiquilla más mimosa?”
“Te perdono, pero no te tenía que perdonar”.
“Así me gusta, que regrese la sonrisa a esos preciosos labios”.
>>Y el muy golfo comenzó a besarme en el vientre y, en cuanto separé un poquito las piernas, en el sexo que se me inflamaba como si fuese a estallar. No esperaba esa sorpresa. Ni tampoco que me supiera tan rica. Como no sabía qué hacer decidí apoyar mis manos en su cabeza y se me escaparon varios gemidos. Cerré los ojos y contraje todos los músculos de mi cuerpecito de anguila, como lo definió mientras nos acercábamos al río. Su lengua exploraba la entrada de mi vagina y acariciaba mi clítoris como si pretendiera derretirme. Mis manos alcanzaron su nuca y presioné. Continuaba gimiendo mientras me derretía.
>>Cuando se incorporó de nuevo nos abrazamos tan fuerte como si pretendiéramos rompernos. Ya no sentía frío. Los rayos de sol impactaban directamente en mi espalda. Me soltó. Se acercó a la mochila y sacó una manta de viaje y una toalla blanca pequeña como las que se utilizan para lavarse las manos. Me reí de él.
“Vaya, esa era la sorpresa que guardabas como si fuera un tesoro. Al menos podías haber elegido una que nos sirviera para secarnos”.
“No la traje con esa intención”:
>>Sin embargo, la acercó a mis pechos y secó las hendiduras, ya casi secas, y jugueteó con mis pezones. Luego extendió la manta a la sombra de un roble, colocó la toalla en el centro y me indicó:
“Vamos, siéntate”. Y mientras me sentaba, “el culo sobre la toalla”.
“¿Para qué?”
“Por si sangras”.
“Rafa, tengo miedo, vas a hacerme daño”.
“Imagino que eres virgen, Pe, no me digas que no sabes que hay que romper el himen la primera vez que se hace. ¿No habláis de esas cosas las chicas?”.
“Sí, y Sandra, una compañera de clase me dijo que se lo había roto su novio y duele”.
“Conmigo no te va a doler”
“¿Por qué lo dices tan seguro?”
“¿Piensas que eres la primera a la que se lo rompo?”.
“No necesitaba esa cochina explicación”.
>>Pero se tendió encima de mí, separándome bien separadas las piernas mientras me peinaba el pelo con las manos y no se cansaba de darme besos en párpados, labios y cuello con caricias tan suaves como si temiera romperme”.

“Te quiero mucho Rafi”, le dije.
“Yo también te quiero, Pe. Y buena prueba de ello es que lo de Rafi solo te lo consiento a ti y cuando estemos a solas. Pero procura relajarte, cariño, no te pongas tan tensa”.
>>Colocó la puntita de su pene sobre mi vagina presionando y relajando la presión como si se tratase de un divertido juego. Debo reconocer que se esforzaba por agradarme. Creo que deseaba tanto como hacerme el amor sentirse orgulloso y que no me arrepintiera nunca de haberme entregado a él. Cuando lo introducía un poquito yo no podía evitar contraerme. Pero lo volvía a retirar y cuando regresaba de nuevo avanzaba otro poco mientras acariciaba dulcemente mi cara y me comía a besos.
“Rodéame con tus piernas”.
>>Lo obedecí y me fue penetrando con tanta ternura que me entraron ganas de darle las gracias. Muy despacio y sin parar de acariciarme.
>> Cuando lo tuve completamente dentro, suspiré porque me alcanzaba una sensación de plenitud maravillosa. Mis brazos ciñeron su espalda.
“¿Te ha dolido?”, me preguntó.
>>Yo moví la cabeza en el sentido que esperaba su lado vanidoso y continuó moviéndose como si los dos formáramos parte de un mismo cuerpo. Se me escaparon varios gemidos y entonces se apoyó en su codos separando su cara de la mía. No dejaba de mirarme fijamente a los ojos y comenzó a moverse a un ritmo más y más rápido. Aunque a veces se detenía sonriendo para decirme cosas del estilo:
“Eres la muñeca más divina que he tenido nunca entre los brazos, Pe”.
...


viernes, 12 de diciembre de 2014

ENTREVISTA XIII

PAULA- Lo habíamos dejado ayer en el justo momento en que tu primo iba a sacarte de excursión.
PENÉLOPE- Veo que no te olvidas.
PAULA- Tomo apuntes.
Los tomo. Pero en este caso le estaba mintiendo, llevaba en mi cabecita cada frase y cada palabra que habíamos intercambiado, de tanto repetirlas.
PENÉLOPE- La última advertencia de abuela fue para pedirle a Rafa que no corriese en la bici y él como respuesta le estampó un sonoro beso en la cara y simplemente le dijo, “adiós abuela”. Yo también la besé.
>>Se colocó a la espalda una mochila que colgaba del manillar y me sentó sobre la barra al estilo amazona con las dos piernas colgando hacia su izquierda. Al darse impulso para el primer pedaleo sentí cómo su cuerpo se acercaba al mío y me invadió una ola de satisfacción muy parecida a la que acababa de experimentar en la cocina unos minutos antes.
“¿Qué llevas en la mochila?”, le pregunté.
“Sorpresa”.
“No llevarás merienda para que nos quedemos porque no he avisado a abu”.
“He dicho sorpresa y las sorpresas cuando se anuncian dejan de ser sorpresas”.
“Te gusta jugar conmigo, ¿eh?”.
“Y ¿a quién no?”.
“Eres un golfo”.
>>Mientras circulamos por el pueblo se mantiene con las dos manos en el manillar y pedalea a un ritmo que pudiera considerarse entre lento y muy lento, pero en cuanto nos alejamos un poco comienza a acelerar. Yo le suplico que no corra y entonces se ríe de mí y pedalea mucho más rápido, sin importarle que le chille muerta de miedo. Creo que pretende que la amenaza del peligro a caernos por aquellos caminos, me excite.
PAULA- ¿Y lo consiguió?
PENÉLOPE- En cierta medida me parece que sí. De todos modos cuando finalizaron los tramos cuesta abajo redujo la marcha. Luego nos adentramos en una senda de tierra preciosa en la que las ramas de los árboles apenas dejaban que penetrasen los rayos de sol, conduciendo con una sola mano mientras con la otra me tocaba, disimuladamente, como por descuido...
PAULA- No me dirás que no se atrevía.
PENÉLOPE- No se trataba de eso. El muy pillo intuye que con esas maniobras cochinas me genera más ansias. Unas veces me la posa en las rodillas y la asciende un poquito, pero para situarla de nuevo sobre el manillar, o me estrecha por la cintura y me besa en la mejilla y cuando vuelve a su posición me roza las tetas.
>>Reconozco que esos jueguecitos me estaban poniendo muy caliente. Y además me contaba chistes verdes o insinuaba picardías con las que la tonta de mí dudaba si pretendía tomarme el pelo o excitarme más aún, o las dos cosas. Cuando me acercó su boca y dijo:
“Pe, me encanta cómo hueles”, y acto seguido me besó en el cuello, me encogí de hombros y pensé que iba a desmayarme de lo contenta que me puse.
“¿Adónde vamos?”, le pregunté.
“Enseguida lo verás”.
>>Giró a la derecha y nos adentramos en una pequeña pradera también rodeada de árboles que iba a morir a la misma orilla del río.
“¿Te gusta?”, me preguntó en cuanto bajamos de la bicicleta.
“Es muy bonito, no lo conocía”.
“Si es que necesitas a tu primo para que te lo enseñe todo”, dijo mientras me daba un azote en el culo.
“Rafa, imbécil, me has hecho daño”, le dije yo intentando golpearle a mi vez.
>>No lo conseguí porque alcanzó mi muñeca en el aire, me atrajo hacia él y, cuando estábamos muy juntos, me ciñó por la cintura, me puse de puntillas y me besó.
>>Nuestro primer beso. Nunca lo podré olvidar y eso que te juro, Paula, que lo he intentado miles de veces. Pero es que los estremecimientos que recorrieron mi cuerpo mientras sus labios rozaban los míos son indescriptibles por maravillosos y si digo que me sentía flotando mecida por un coro de ángeles puede que lo consideres cursi. Cuando terminó de besarme, repitió los azotes, pero ahora despacio, como juguetonas caricias.
PAULA- Oh, Penélope, cursi no, realmente bonito. De alguna manera nos ha sucedido a todas con nuestro primer beso de amor. Aunque a mí no me lo dieron con catorce años.
PENÉLOPE- Bueno, ya había cumplido los quince, pero no creo que importe mucho un año más o menos para sentir lo que sentí.
>>Cuando finalizaron besos y azotes me soltó el pelo para extendérmelo cuidadosamente sobre los hombros, se sacó la camiseta y me dijo:
“Anda, quítate el vestido, vamos a bañarnos”.
“Ni loca, Rafa. Esa agua tiene que estar como el hielo”, le dije, “báñate tú”.
>>Me apetecía mucho bañarme con él pero me daba un poquito de vergüenza que me viera desnuda.
“Ya estamos con la Penélope miedica”, comentó mientras se bajaba en un solo ademán vaqueros y calzoncillos.
>>Me puse colorada. Nunca se la había visto. Ni a Rafa ni a ningún otro chico. Se la miré y me pareció muy grande y además, a medida que se desnudaba y luego insistía para que me desnudase yo, le crecía y se elevaba apuntando hacia mí.
>>Pero me fui quitando el vestido despacio mientras me quejaba, “va a estar muy fría, ya verás”.
“No te preocupes que entraremos rápido en calor. Vamos” y mientras me acerco con gesto cobarde hacia la orilla, me pregunta:
“¿Y las bragas?”
“No pienso quitarlas para bañarme”
“¿Qué quieres, regresar con ellas empapadas?”.
>>Imaginaba que empapadas era muy posible que llegaran de todas todas, pero es que bajármelas sí que me daba mucha vergüenza. De hecho cuando ya nos encontrábamos a un paso uno del otro y me había insistido varias veces para que me las quitara sin que lo obedeciese, él mismo se encargó de hacerlo. No le opuse reparos, para qué lo vamos a negar. Entre otras cosas porque cuando sus dedos alcanzaron la zona más sensible de mis nalgas, me excité porque me las bajaba con una lentitud que yo nunca había utilizado para quitármelas, acariciando mis muslos y pantorrillas como si lo hiciera sin intención.
>>En cambio para meterme en el agua me resistí. Soy muy friolera. Tras mojarme solo hasta el tobillo, le dije:
“Está friísima, Rafi”.
>> Él ya se había mojado hasta la cintura y, estirando los brazos y sonriendo, me animaba:
“No seas tonta, que está muy buena”.
>>Pero la simple de mí continuaba introduciendo el pie y sacándolo, cuando se acercó autoritario:
“Dame la mano”.
“Pero no me salpiques, ¿vale?, y despacio, me da un poquito de miedo”
“Todo te da miedo, eres una miedosa”
>>Y mientras pronunciaba esas palabras, el muy sinvergüenza me atrajo hacia él y me hundió de golpe todo el cuerpo.
>>Yo braceaba y pateaba y, cuando podía, le gritaba:
“Eres un asqueroso, me las vas a pagar, déjame”, casi al borde del llanto.

...

jueves, 11 de diciembre de 2014

ENTREVISTA XII
Me daba cuenta de que evocando aquellos tiempos de la infancia y, sobre todo a su primo, a la excitadísima Pe se le soltaba la lengua e incluso elevaba el tono de voz como si un vivo entusiasmo se apoderase de sus neuronas y su ánimo. Para proporcionarle un pequeño respiro decido intervenir.
PAULA- Y ¿tú qué sentías mientras se desarrollaba esa escena tan curiosa hablando de ti y de los cuidados que se le encomendaban a tu primo como si no estuvieras o fueses una indefensa criatura?
PENÉLOPE- No pensaba decírtelo, pero me puse tan caliente que cuando nos levantamos para marchar tuve que pedirle a Rafa que me esperase e ir al dormitorio a cambiarme de bragas porque se me habían empapado.
PAULA- Te comprendo, no pienses que no.
PENÉLOPE- Uy, por Dios, se me ha hecho tardísimo- comenta comprobando la hora en el móvil.
PAULA- Si te parece lo podemos dejar para mañana.
PENÉLOPE- Sí, mejor. He quedado con Alex. Hoy se cumple un mes desde que estamos juntos y quiere invitarme a cenar.
PAULA- Enhorabuena.
Nos acompañamos un tramo de acera. Hasta que nuestras respectivas direcciones se separan. Nos damos dos besos y quedamos para el día siguiente a las once, considerando que puede que no le apetezca madrugar.
PAULA- Una hora fetiche -le digo al darme cuenta de la historia con su primo que acaba de contarme- ¿Mágica?
Me pellizca un moflete y me comenta:
PENÉLOPE- Veo que ahora la traviesa eres tú.

A las once menos unos minutos suena mi móvil.
PENÉLOPE- Perdona, guapísima -me dice- acabo de despertarme, aún me encuentro en la cama. ¿Te importa que nos veamos después de comer?
PAULA- Si no hay otro remedio...
PENÉLOPE- Alex anda muy atareado con su novela (por cierto tenemos que quedar una noche -mi chico es de hábitos nocturnos como los murciélagos- para tomar algo y presentaros). Y para que no me guardes rencor te diré que los próximos días dispongo de mañana y tarde libres para nosotras.
Veo que desea compensarme por la faena de hoy y le respondo:
PAULA- Me vendría de perlas para ir avanzando porque aunque me proporcionas abundante material, con pasarlo al ordenador, las correcciones e imprimirle un ritmo y una estructura que no ofrezca de nosotras una imagen de bobas o que nos vamos por las ramas, considero que llevo un cierto retraso para lo que le gustaría a mi editora, así que, si puedes, por mí, encantada.
Estoy encantada. Incluso dudo si no más encantada de lo que corresponde a que me dedique su tiempo y me entregue sus apasionantes historias.
PENÉLOPE- Y disculpa -me dice, con una voz que todavía suena a dormida y dificultosa, como si estuvieran retozando.
PAULA- No tienes por qué pedirme disculpas, Pe. En todo caso soy yo la que debería mostrarme agradecida por cómo estás abriendo conmigo tu corazón. Y en cuanto a lo de Alex, creo que de momento es preferible que sigamos sin conocernos. Lo digo para que no interfiera en el espíritu que procuro imprimirle a los escritos que generan tus confesiones.
PENÉLOPE- Como quieras. Nos vemos a las cinco, que también es una hora mágica -bromea.
Se me ocurre decirle, “contigo son mágicas todas las horas”, pero me muerdo la lengua, siento un profundo acceso de rabia hacia Alex -entiendo que injustificado- y únicamente respondo:
PAULA- A las cinco.

Hoy libra el camarero de los rizos que nos mira con tanto descaro. La veo tan guapa como cada día pero con ojeras como si hubiese dormido poco esta noche.
PAULA- Aún tienes cara de sueño.
PENÉLOPE- ¿Sí? La verdad es que yo, si no duermo mis horas, ya me dice mamá que se me pone cara de desenterrada.
PAULA- Tu madre exagera, pero sí se te ven los ojitos un poco apagados.
PENÉLOPE- Pues tampoco es que nos acostáramos muy tarde, pero es que Alex cuando trasnochamos, y sobre todo si se ha tomado un par de copas, se desvela y hasta que le entra el sueño solo piensa en que hagamos el amor. Te confieso que estoy un poco rendida.
Para qué le habré comentado nada de las ojeras. ¡seré imbécil!
PAULA- ¿Te apetece un gin-tonic de los míos? Te animará.
PENÉLOPE- Oh, no gracias, si bebo eso puede que caiga redonda.
PAULA- ¿No tomas bebidas alcohólicas nunca?
PENÉLOPE- Antes, no. Ahora mi chico comienza a acostumbrarme con sus exquisitos vinos y algún cóctel que me prepara. Y parece que empieza a gustarme, pero...
PAULA- Entonces hoy te vas a tomar uno de los míos. Ya le indico al camarero que el tuyo lo prepare con poca ginebra.
PENÉLOPE- ¿A nuestro camarero?
PAULA- El nuestro parece que dispone de día libre.
PENÉLOPE- Bueno, lo dejo a tu elección, pero no tendría nada de extraño que tuvieras que llevarme a casa en brazos.
PAULA- Me encantaría.
PENÉLOPE- Ah, ¿sí?
Percibo que me suben los colores. Extraigo del bolso mi bloc y un lápiz y cambio de tema.


miércoles, 10 de diciembre de 2014


ENTREVISTA XI
PENÉLOPE- Vaya, ¿tú qué crees?
Sonreímos como bobas.
PAULA- ¿Te das cuenta?, además de apasionado, cumplidor, lo que en los tiempos que corren sabes que no resulta frecuente. Y seguro que puntual.
PENÉLOPE- Si adelantarse media hora es puntual, a las diez y media ya lo tenía en la cocina charlando amigablemente con la abuela. Aún me estaba lavando la cara en el baño porque no contaba con que iba a presentarse tan pronto. Muy sexy con una camiseta ajustada de un equipo de baloncesto -creo que los Celtics de Boston- y un vaquero cortado a la altura de las rodillas. Yo, como le había gustado mucho, volví a ponerme el vestido del día antes, por cierto, a rayas verticales blancas y azules que me hacían aún más delgada. El pelo de mi larga melena lo recogí en una cola.

“Buenas días, Pe”, dijo cuando me vio, disimulando a ojos de la abuela el motivo de su visita, “¿qué tal ha dormido la princesita su primera noche en el pueblo?”.
“Genial, abu me deja la habitación en la que no pega el sol en todo el día y se duerme muy fresco”.
“A pata suelta”.
“Patas tienen los animales”
“¿Tú qué tienes?”
“Anda déjame, que acabo de levantarme”.
“Pe tiene piernas como las personas, y muy bonitas”, intervino la abuela. “Vamos, cariño, que ya te he puesto el desayuno en la mesa”.
>>Rafa decide dirigir hacia ella la conversación, camelándola como de costumbre y empeñado en que no sospeche el motivo de su visita.
>>A mí, en cambio, entre los nervios que me entraron viéndolo allí esperándome y la prisa por irnos lo antes posible, se me cerró de tal manera el estómago que después de dos sorbos a la leche ya no era capaz de meter ni otra gota.
“No tengo apetito, abu, ya no puedo más”.
“Pe, chiquilla, por favor, ya ayer apenas comiste. Me duele verte ahí, pero mientras no termines la leche no sales”.
>>Y al oírle esas peligrosas palabras intervino el muy pillo:
“No se preocupe abuela, me encargo yo de que acabe este desayuno”.
>>Se sentó a mi lado dispuesto a convencerme, tomando incluso la cuchara en su propia mano y diciendo en voz alta:
“Si lo acabas pronto te llevo a dar una vuelta en la bici por el pueblo”.
>>Y mientras me acercaba la leche a la boca como a una niña pequeña nuestras piernas se rozaron a la altura de las pantorrillas y yo procuré mantener el contacto rozándolo suavemente y convencida de que no se enteraba, ¡seré payasa!

PAULA- A veces conviene que seamos payasas.
“Vaya manía que les ha entrado a las chiquillas de hoy por mantenerse como palillos”, comentó la abuela que en ese momento salía a tender en la pradera de delante de casa una blusa que había estado lavando. Cuando cruzó la puerta, pellizqué a Rafa:
“No seas mala o voy a tener que ponerte un castigo”.
“Eres un asqueroso”, le dije yo. “Te voy a odiar”.
“¿Qué pretendías, quedarte toda la mañana en la cocina contemplando tu maldito desayuno”.

>>Y me besó en la mejilla como si se tratara de un premio, a la vez que me ceñía por la cintura. El calor que ya me abrasaba abajo ascendió a cuello y cara. Terminé la leche y unas cuatro galletas en menos de cinco minutos. Cuando regresó la abuela le comentó muy satisfecha a Rafa:
“Gracias hijo, voy a tener que invitarte todos los días que vengas a comer, porque a mí no me hace ni caso”.
“No se preocupe, este verano me encargo yo de que coma”.
>>Sin soltarme de la cintura el muy fresco y, aprovechando que se la tapaba la mesa, alargó la mano hasta alcanzarme la zona del vientre. Me puso roja como un tomate, mientras le decía a la abuela, sin dejar de acariciarme y provocarme unas cosquillas que a punto estuve de chillar:
“Bueno, como se ha portado bien me la llevo a ver si los aires del pueblo le abren algo este apetito de pollita que tiene”.

>>Y se enzarzaron ambos en una animada conversación en la que yo era su único tema.
“A ver, a ver, hijo. Pero que no se te despiste. Cuídala. Y si vais con algunos de esos amigotes tuyos que según me dicen también son un poco granujas, ya sabes, Pe es muy bonita pero algo inocente y a los golfillos les atraen las chicas así”.
“No se preocupe, abuela, no voy a perderla de vista un minuto. Y descuide, que estando conmigo nadie va a ponerle una mano encima”.
“Es que aunque parezca una mocita al fin y al cabo no deja de ser una niña”.
“Tampoco piense que es tan cría. Las cosas ya no son como en su época. Hoy la mayoría de las chicas de la edad de Penélope salen con novios y ahora los novios no esperan a la noche de bodas para conocerse. Ya me entiende a lo que refiero cuando digo conocerse”.
“Anda, anda, que tú ya sabemos que también eres un poco granuja. Compadezco a esas chiquillas que andan contigo. Menos mal que con tus primas eres un cielo”.
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