viernes, 27 de febrero de 2015

ORGASMO FEMENINO

ORGASMO FEMENINO 

PAULA- ¿Qué es el orgasmo para ti, Penélope?
PENÉLOPE- Un misterio.
PAULA-¿Como algo difícil de entender o algo inexplicable?
PENÉLOPE- Inexplicable porque no existen palabras suficientes para definir la sensación más maravillosa y placentera que puede experimentar el ser humano.

PAULA-Siendo así (y estoy completamente de acuerdo contigo), ¿cómo se justifican las represiones, censuras y demás ridículas defensas que se le han colocado, sobre todo por lo que respecta a la mujer?
PENÉLOPE- Necesitaríamos una tarde para explicarlo e incurrir en derivaciones psicoanalíticas que ni proceden ni vienen al caso.
>>Sólo quiero apuntar algo que ya sabes: muy especialmente en nuestra "cultura católico-cristiana" siempre han gozado de un cierto "prestigio" el sacrificio y el dolor y se ha penalizado el placer. Si seguimos por ese camino entraríamos en el campo de las neurosis (de las que el masoquismo no es más que un síntoma como lo es su otra cara de la moneda: el sadismo) y las neurosis individuales suelen convertirse si se les presta la "ayuda" necesaria en neurosis sociales o colectivas.
>>Cerrado este capítulo, sí quisiera apuntar que a las mujeres también se les ha reprimido su acceso al placer sexual como una forma cruel de sometimiento y control por parte del hombre.

PAULA- A quienes consideran el sexo como algo material, como algo que deshumaniza, ¿qué les dices?
PENÉLOPE- Que no existe experiencia más “mística” que una buena relación sexual. En el orgasmo precisamente se produce una comunión entre cuerpo y espíritu (quien quiera puede llamarlo alma) una exaltación tan intensa, sublime y gozosa de nuestra condición humana que sólo podría definirse con las palabras que utilizaban en sus arrebatos de éxtasis los místicos (léase la poesía de santa Teresa de Jesús).
PAULA- Mirando al futuro, tú que eres una mujer que has disfrutado y disfrutas con el sexo, ¿qué consejos darías a las mujeres para conseguir maravillosos orgasmos?
PENÉLOPE- En principio todos los orgasmos son maravillosos. En cuanto a los consejos no soy quien, pero mi mejor consejo es no recibir ni dar consejos al respecto. Y sobre todo no seguir pautas. Únicamente dejarse llevar.
PAULA- ¿A eso te refieres cuando hablas del amor en el acto sexual?
PENÉLOPE- Exactamente. Si amas a la pareja con la que te acuestas (me refiero al instante en que hacéis el amor, no antes ni después necesariamente), confiarás en ella y como consecuencia podrás abandonarte sin precauciones en sus brazos y entregarte con todos tus sentidos. También podrás sentir gratitud por lo que se te da, y generosidad para entregarle al otro todo lo bueno que posees. Amar, según Fromm "es fundamentalmente dar". Él defiende con sólidos argumentos la importancia del amor en el sexo. El problema para algunos radica en el sentido que le conceden a la palabra AMOR.
>>Pocas cosas proporcionan tanto placer como conseguir que disfrute el hombre o la mujer con quien compartes una experiencia tan íntima y gozosa.

PAULA- Otra ambición de muchas mujeres son los orgasmos múltiples que, por lo que conozco, a ti no te resulta muy difícil conseguir.
PENÉLOPE- Valdría la respuesta de entregarte sin condiciones, sin buscar nada. Y, a propósito, no creo que varios orgasmos en un mismo polvo tengan que resultar más placenteros que uno solo. De ahí la importancia que cada mujer viva su sexualidad a su manera, sin perseguir modelos ni estereotipos que puedan valer para otras y no tienen por qué resultar válidas para ella.
>>Lo importante es sentirse a gusto, disfrutar y no plantearse metas ni objetivos. Las relaciones sexuales no deben convertirse en una competición por parte de ninguno de los participantes. Mi experiencia me dice que no funciona.
PAULA- Imagino que como casi todas las mujeres habrás mantenido relaciones sin alcanzar el orgasmo.
PENÉLOPE- Sí, pero también en eso existen diferencias notables. Hay relaciones en las que no alcanzas el clímax y son un auténtico fiasco. Pero otras -yo las he vivido- sin llegar al orgasmo resultan muy placenteras. Hay intercambio de caricias, ternura, pasión y muchos de los ingredientes deseables en una relación de pareja y por los motivos que sea, ese día -o noche- no alcanzas el orgasmo y no obstante te encuentras feliz con tu chico y disfrutas con lo conseguido y también muy mucho comprobando que has conseguido que él goce, porque hacer que gocen quienes están con nosotros no solo es beneficioso para ellos sino que refuerza nuestra confianza y nuestro ego (te demuestras a ti misma que tienes cosas valiosas que "sirven" a los demás y los hace felices) y eso es algo grande que proporciona mucha satisfacción.

PAULA- No pretendía que nos impartieras una clase sobre orgasmo, sino solamente conocer alguna de tus opiniones o experiencias -ni más ni menos válidas que las de otras mujeres- porque considero importante compartir entre nosotras las sensaciones que nos hacen felices y tantas veces escondemos. Por ello te agradezco que hayas entendido mi intención y que nos dejes -yo así lo entiendo, al menos- como tu mensaje, lo IMPORTANTE que es el sexo en nuestra vida, lo IMPORTANTE que es disfrutar con nuestra sexualidad y lo IMPORTANTE que es para conseguirlo encontrar una pareja en quien confíes y abandonarte y entregarte a ella sin defensas, "a pecho descubierto".
PENÉLOPE- Me gusta la expresión.

Sonreímos y la invito a tomarnos una copa.

miércoles, 25 de febrero de 2015


LA MASTURBACIÓN.

PAULA- Pe, me gustaría antes de proseguir con tu historia formularte una pregunta íntima.
PENÉLOPE- Las que me has hecho lo son.
PAULA- Conocemos tu primera relación sexual. También la primera vez que te masturbaron. Pero me gustaría saber si antes te habías masturbado tú misma.
PENÉLOPE- ¿Piensas que disfrutaría el sexo como lo disfruto si no hubiera sido así?
PAULA- Yo me limito a preguntar. De todos modos, en ese caso, ¿a qué edad comenzaste a proporcionarte placer?
PENÉLOPE- Muy jovencita. No habría cumplido aún los doce años.
PAULA- ¿Surgió de manera espontánea o estimulada por conversaciones picantes con amigas?
PENÉLOPE- No recuerdo haber hablado con mis amigas del tema a esa edad. Sencillamente creo que un buen día (mejor, una buena noche porque siempre me ha gustado hacerlo por la noche, en la cama y poco antes de dormir) comencé a tocarme en ciertos sitios, comprobé que me agradaba y me seguí acariciando.
PAULA- También has hablado de lo religiosa que es tu madre. ¿Te generaron algún sentimiento de culpa sus enseñanzas?
PENÉLOPE- Mamá sigue al pie de la letra (?) los preceptos de su religión. Yo la consideraba muy mística entonces, pero salvo algunos comentarios despectivos hacia el sexo, nunca le oí mencionar temas sexuales. Ni para formarme ni para reprimirme. Afortunadamente. Papá no lo hubiera permitido. Él sí es un hombre de pensamiento libre y en su condición de psiquiatra conoce y valora la importancia de satisfacer adecuadamente tus instintos sexuales en la formación de la personalidad.
PAULA- Que tú, en tu condición de psicóloga, imagino que apoyas.
PENÉLOPE- Coincidimos ambos con Freud. Mamá le dejaba a él la tarea de "formarme" en ciertas cuestiones, y se lo agradezco. Mi padre es un gran hombre y muy inteligente.
PAULA- Se nota que lo quieres.

PENÉLOPE- Lo quiero. Mucho. Y valoro sus enseñanzas. Pero con once años (puede que debido a que me consideraban muy niña)  no disponía yo aún ni de formación ni de principios establecidos sobre esos temas. Simplemente creo que fui una chica con suerte, porque comencé a satisfacerme muy temprano (aunque 11 es una edad bastante común), a disfrutar de mi cuerpo, y estoy convencida de que es algo que ha influido en que hoy siga disfrutando en mis contactos sexuales como pienso que se debe disfrutar.
PAULA- ¿Descubriste pronto tu punto G?
PENÉLOPE- No lo descubrí hasta que no me lo "descubrieron". Yo me satisfacía acariciándome entre las piernas, las caras internas de los muslos, cualquier zona que notaba sensible... Según me iba excitando humedecía los dedos con saliva y recorría con suavidad mis labios mayores. Y cuando me sentía más excitada, comenzaba a estimularme en el clítoris hasta que llegaba al orgasmo. Pero nunca me introduje objetos, ni siquiera un dedito en la vagina, hasta que me los introdujeron.
PAULA- ¿Actuabas así por algún motivo especial?
PENÉLOPE- Simplemente porque eso era lo que me gustaba e imagino que cuando estaba muy caliente lo que menos se me ocurría era experimentar ya que conocía "caminos seguros". De todos modos, por si no lo sabes, te diré que , según Kinsey, el 85% de las jovencitas (puede que incluya a todas las mujeres en general -no lo recuerdo ahora-) se masturban con la estimulación externa del clítoris.
PAULA- O sea que por lo que te oigo, recomiendas la masturbación a los adolescentes.
PENÉLOPE- Yo no recomiendo nada, Pau.
PAULA- Me refiero en tu condición de psicóloga.
PENÉLOPE- En estos momentos estamos hablando como mujeres. No te veo como una paciente.
PAULA- Por fortuna, no.
Reímos.
PENÉLOPE- De todos modos creo que poca gente (me refiero a personas adultas) ignora hoy el papel que juega la masturbación en una chica -o chico- en edades tempranas. No solo para proporcionarse placer que ya sería un motivo más que justificado, sino para el alivio de tensiones -incluida la sexual- o reafirmar su autoconfianza en futuras relaciones. También ayuda a sentirse menos sola. En este sentido sí creo que formadores y padres deberían informar adecuadamente y nunca reprimir las primeras manifestaciones relacionadas con el sexo de sus hijos, por muy niños o niñas que fueran.
PAULA- Pues eso es todo en cuanto a mi interés por tus masturbaciones.

PENÉLOPE- ¿Satisfecha, entonces?
PAULA- Satisfecha. Si me lo permites, solo una última pregunta. ¿Te sigues masturbando?
PENÉLOPE- Ni lo dudes. Lógicamente en las épocas en que mantengo una intensa vida sexual con chicos, menos, pero siempre, siempre.
PAULA- Como una actividad complementaria, vamos.

PENÉLOPE- La masturbación no solo me parece complementaria, sino diferente a las relaciones con una pareja. No voy a decir que no tengan nada que ver. Pero para mí, acariciarme yo y proporcionarme placeres de índole tan íntima cobra un sentido y una comunicación conmigo misma que pocas veces he encontrado con un hombre (no digo mejor ni peor), por cariñoso que sea o enamorados que estemos.

martes, 24 de febrero de 2015

 JUGUETES ERÓTICOS

PAULA- Hoy, Penélope, me gustaría conocer algunas opiniones tuyas sobre los juguetes eróticos. Lo primero, ¿te gusta jugar?

PENÉLOPE- Me encanta jugar. A las chicas siempre nos ha gustado jugar. Y a los chicos también. El juego no solo nos divierte o alboroza, sino que también nos ayuda a descubrir nuevas sensaciones.

-¿Tu juguete preferido?
-Las manos y la lengua de mi amante. 
-Me refería a juguetes eróticos artificiales.
-No siento preferencia por ninguno. Mejor dicho, siento preferencia por todos. Depende del momento y la situación. El mérito que atribuyo a los juguetes eróticos es su capacidad para despertar tus fantasías. Y esas fantasías que despiertan son las que los convierten en maravillosos, o no.

-¿Los prefieres para situaciones íntimas a solas o para compartir con tu pareja?
-También depende. Lo que procuro es que no se conviertan en "sustitutos" de un amante. Solo en su complemento. Si lo introduces en la relación con tu chico y eso ayuda a potenciar tus ganas y tu satisfacción, maravilloso. Si se convierte en un obstáculo (a veces sucede), procuro evitarlo. Y ahí tampoco veo demasiadas diferencias con los mágicos momentos en que te apetece gratificarte a solas. Hablo de mí, pero hay noches -o mañanas- en que me ha apetecido acariciarme simplemente con los dedos, cerrar los ojos y dejarme llevar por el deseo. En otras ese deseo me suplica la "compañía" de algún "cariñoso" objeto y yo se la doy.

-¿Sueles comprarlos tú o los recibes como regalo de tus amantes?
-Los he comprado, pero si alguien me gusta prefiero que me los regale porque eso me ayuda a que cuando lo utilice lo asocie con él.
-Y ¿puedes contarme cuál es el que más satisfacción (en todos los sentidos) te ha proporcionado de los últimos que has recibido?
-Me hizo una especial ilusión un sensible womanizer que me regaló Alex, mi chico, al regreso de nuestro viaje de novios. Como te decía, pienso que influyó el momento y la persona para que valore ese regalo aunque reconozco que mi clítoris también se siente muy agradecido con las tiernas caricias que le proporciona.
-¿Alguna vez te ha hecho sentir "culpable" (me refiero a esa rara sensación de que estás privando a tu chico de algo que le gustaría) el gratificarte con un -generalicemos- "consolador".
-Nunca, la verdad, Paula, nunca jamás. Pienso que nuestra sexualidad es eso, nuestra, y debemos disfrutarla cómo, cuando y con quien nos apetezca. A la única persona a la que debemos "fidelidad" en el sentido en que estamos hablando, es a nosotras mismas.
-Muchas gracias, Penélope. Continuaremos con nuestras conversaciones.
-Cuando quieras, Pau.

viernes, 20 de febrero de 2015

  


EMO...
-Te has comido todo lo que te he servido en el plato como la buena chica que eres. Ahora es a mí a quien me toca comerte.
-¿Enterita? Mira que aunque estoy flaca -bromeé- la carne que rodea los huesos tiene mucha sustancia.
-¿Por dónde quieres que empiece?
-Por donde tú quieras.
-Antes, ven, tengo algo para ti- dijo, y tomándome de la mano me condujo a su dormitorio y me acercó a una cómoda, de cuyo uno de sus cajones sacó un estuche que contenía un precioso collar de perlas. Me lo colocó en torno al cuello delante del espejo y comentó:
-Son de nácar. Auténticas como tú.
-Pero profe, cielo, no tienes por qué hacerme regalos, y además yo nunca he sido de collares.
-Este quiero que lo luzcas para mí.

La verdad es que el collar me quedaba divino e incluso desnuda confería a mi cuerpo un toque de elegancia y distinción que resultaba muy sexy. Tanto que, aunque no soy nada presumida, me gustaba mirarme. Estampé en su boca un beso de sentida gratitud y le dije:
-Lo luciré esta noche como deferencia exclusiva a mi apasionado profe, después…
-Chssss –dijo, colocando su dedo índice en mis labios. No hablemos ahora de después. Disfruta este momento. Y tomando mi mano izquierda en su mano derecha me condujo hasta el tocador de su esposa y me pidió:
-Siéntate –apoyando sus dos manos en mis hombros como ayuda para sentarme en el cómodo sillón estilo Luis XVI- Quiero que te pintes
-Pero si no me pinto casi nunca. Se puede decir que no sé ni pintarme.
-Seguro que sabes. Eres una niña muy lista.
-¿Por qué me llamas niña?
-¿Sólo lista?
-Solo lista.
-Vale ¿Te apetece que te prepare un Cosmopolitan?
-Creo que no me vendría nada mal para seguirte el ritmo esta noche.
-Entonces mejor que te prepare uno doble y con dosis extra de cointreau.
-Oh, ¿tanta entrega me vas a exigir?
-Imagina. Me he pasado la mañana durmiendo –bueno, y soñando contigo-. A mediodía han venido a darme un masaje…
-¿De chica?
-Dos chicas. Y antes de recogerte en la tienda me he relajado media hora en el jacuzzi. Ahora me encuentro como un chaval de dieciocho años. Así que prepárate.
-Según me lo pones no me queda otro remedio que aceptar ese Cosmopolitan doble. Vas a convertir en una viciosa a una chica tan formal como yo.
-Tienes cara de niña buena -otra vez insistiendo en lo de niña, que no le quise reprochar porque su voz ya me sonaba entre excitante y dulce- pero en tu mirada veo mucha picardía.
-Pues no soy nada traviesa.
-Ah, ¿no?

Comprobé a través del espejo cómo la sonrisa iluminaba sus labios mientras me colocaba mi linda melena detrás de las orejas para apoyarla sobre uno de los hombros. Me besó en la nuca.
-Un poco traviesa sí que eres.
-¿Tú cómo lo sabes?
Sus manos me acariciaron el cuello y los hombros y luego las descendió pecho abajo hasta rozarme los pezones, tan suave como una caricia involuntaria.
-¿Y las clases? –le pregunté para disimular la intensa excitación que me estaba provocando.
Ni me miró. Sus manos abandonaron mi cuerpo y continuaron abriendo cajones y sacando pinceles, lápices, máscaras para ojos, delicadas cajitas de maquillaje o colorete y hasta cachivaches de los que desconocía su uso e iba colocando sobre la plancha de mármol del tocador.
-Llamé al colegio diciendo que me había subido la fiebre. En realidad la temperatura de mi cuerpo se encuentra desde ayer elevada como mínimo uno o dos grados.
-Vaya con el profe. Y yo que te consideraba un auténtico caballero.
-Lo soy.
-Pero algo golfillo y después hablas de mí.
-Todos tenemos un lado oscuro.
-Yo no.
-Eres demasiado joven. Quizás no te ha dado tiempo a descubrirlo, pero descuida que esta noche puede que lo descubramos entre los dos.

Ese tipo de advertencia me estremeció, como si planeara someterme a alguna prueba límite o embarazosa por las dificultades. “Vaya, seré boba”, me dije, “lo único que pretende es excitarme”. De hecho, la extraña conversación continuaba excitándome.
No considero necesario aclarar que todos los cosméticos que se mostraban ante mis ojos eran de las mejores marcas.
-Una condición –le dije.
-Tú dirás.
-Que no te quedes aquí mirando mientras me pinto.
-De acuerdo. Prepararé nuestros cócteles y me sumerjo unos minutos en el jacuzzi. Cuando termines de ponerte guapa guapa, pasas para que te vea.
Y, tras recorrer suavemente mis clavículas con sus manos, desapareció...


miércoles, 18 de febrero de 2015


EMOCIONES...

A las ocho menos cinco, después de la tarde odiosa que había tenido que soportar, vislumbré tras los cristales del escaparate a mi chico y, recobrando de golpe la alegría, le hice señas con la mano para que pasara.
Nos dimos dos besos. Las impertinencias de mi última clienta y del marido de la jefa me pusieron muy cariñosa, aunque suelo ser cariñosa sin ayudas extras.
Esa tarde, mi profe vestía con un estilo deportivo, cazadora de ante en tono marrón claro, polo verde de Lacoste, náuticos y pantalón de lino en negro. Me pareció aún más guapo que con traje.
Aunque la distancia de la floristería a su casa no llega a un quilómetro pasó a recogerme en su flamante automóvil. Me sorprendió, porque no me pegaban en él ese tipo de gestos ostentosos. Pero me halagaba que un hombre de su clase quisiera impresionar a una chica como yo. Entramos al garaje para subir directamente a su apartamento sin pausas. Sus modales, delicados todavía, me resultaron un poquito autoritarios con respecto a la noche, como si pensara que haberme echado unos magníficos polvos le otorgaba algún poder sobre mí. Mentiría, sin embargo, si digo que me sentía molesta cuando me indicaba, sube, vamos, entra, o, tomándome de la cintura en el ascensor, me besaba en la boca sin tan siquiera haberme tocado antes, como se dice, ni un pelo. Y es que reconozco, sin falsas excusas, que desde que mis nalgas se posaron sobre el cálido asiento de cuero climatizado de su coche, no sólo las caras internas de mis muslos, sino mi propio clítoris (¡dios mío!, dije entonces, ¡qué vergüenza!) comenzaron a temblar y me sentí tan excitada y húmeda que, aunque parezca un poco tonta, tuve miedo a ensuciarle la inmaculada tapicería de un azul cielo casi blanco de su deportivo. De hecho, coloqué las manos entre las piernas y las apreté muy fuerte como si ese gesto me sirviera de alguna ayuda para controlarme.
Creo que se percató de lo que me sucedía, porque acercó su mano a mis rodillas y dijo:
-Tranquila, cariño, te veo un poquito nerviosa.
-No estoy precisamente nerviosa –le dije.
-Imagino como estás.
Y todas las tonalidades del rojo encendieron mi cara como siempre que algo imprevisto o malicioso me sorprende.
Cuando entramos en su lujoso apartamento, reposaban sobre la mesa cuadrada de su comedor, decorada con mantel y dos velas de luz eléctrica, varios platos para una cena fría que había encargado a un servicio de cáterin. Abrió una botella de vino blanco también muy frío y nos sentamos, mirándonos a los ojos como dos amantes. En una mano elevó su copa y con la otra mi barbilla, para decirme, “brindemos”.
Yo, que apenas probaba alcohol, bebí tres o cuatro copas a lo largo de la riquísima cena de la que no dejé ni pizca en el plato.
-Me encanta verte comer con ese apetito engañoso ¿Podrías explicarme donde metes todo lo que comes?
-Adivina.
-Imagino que lo distribuyes con exquisita precisión a lo largo de ese precioso cuerpo. Pero descuida, lo descubriré esta noche.
Sonreí.
Tras el último sorbo, me invitó a que me pusiera en pie entrelazando sus dedos a los míos. Me besó mientras ceñía mi cintura. Y allí mismo me indicó que elevara los brazos por encima de la cabeza para facilitarle que sacara mi jersey fucsia de pico. ¿Pensará que estoy demasiado caliente?, pensé. Lo cierto es que seguía ruborizada aunque entonces sobre todo a causa del vino. Pero no pretendía refrescarme. Comenzó a desabotonar los botones de la blusa y se sorprendió con gusto de que no llevara sujetador y yo me puse aún más colorada cuando insinuó los motivos de su sorpresa, que no me atreví a negarlos, aunque mientras me duchaba a primera hora de la mañana intenté convencerme de que no volveríamos a vernos.
Sólo sintiendo los roces voluntarios e involuntarios en mi piel ya me estaba incendiando y me sentía muy excitada, húmeda antes incluso de que me bajara la falda y las preciosas braguitas de las que tampoco precisé explicarle la buena excusa para elegirlas. El muy pillo situó todos sus dedos bajo el elástico, apuntando las yemas hacia mi vientre, y comenzó a girarlos, primero en círculo y luego en espiral, consiguiendo así bajármelas con infinita lentitud y delicadeza. Cuando llegó a la hendidura de las nalgas, apoyó sus manos y me atrajo impetuosamente hacia él.
-Ohhh –dije, suspirando. Pero me hallaba tan aturdida que no supe reaccionar e incapaz tan siquiera de abrazarlo, permanecí completamente inmóvil, permitiéndole que actuara a su entero capricho (para eso es el profe, pensé con cierta malicia).
Mientras me las seguía bajando, me rozaba a propósito la cara interna de los mulos, las pantorrillas y las plantas de los pies (los zapatos los arrojó lejos como si le estorbaran), pero cuidándose muy mucho de no tocarme siguiera uno de los pelitos que cubren mi sexo.

Cuando ya me tenía completamente desnuda, colocó ambas manos en torno a mi cara y me besó en los labios con fuerza...

martes, 17 de febrero de 2015


EMOCIONES

A la tarde siguiente, sin embargo y como imaginé en las pocas horas de desvelo recreando cada segundo de aquella noche, el guapísimo y apasionado profe apareció a última hora por la floristería.
Aunque me encontraba sola, se acercó con sigilo, me tomó del brazo con la delicadeza que hubiese tomado un ramo de flores y me susurró al oído, “te paso a recoger cuando salgas”. Sin tiempo para responderle, más insegura que el día anterior, quizás porque ya no podía buscarme excusas sobre los motivos para encontrarnos ni sobre cuáles eran nuestros verdaderos deseos y nuestras intenciones, me encogí de hombros. Azorada, pero permitiendo a mi exaltado corazón que diera los saltitos de loca que yo no me atrevía.
Si ya me había resultado difícil controlar los nervios desde que a primeras horas de la mañana me propuse en la ducha, “no voy a volver a verlo, no voy a volver a verlo”, no digo nada desde que recibí su ansiada visita. Se me encogió el estómago, me aletearon mariposas, no paraba de moverme, cada cinco minutos miraba el reloj… Recordé que menos mal que a mediodía me había sentado en el sofá mirando la tele y, aunque no soy de las que duermen la siesta, a los dos segundos me quedé dormida hasta que mi compañera de piso me despertó:
-Penélope, ¿no piensas volver hoy al trabajo?
-¿Qué hora es? –dije un poco alarmada.
-Las cuatro y media.
-Oh, Dios.
Mi horario de tarde comienza a las cinco.
Pero después de la visita del profe agradecí con toda el alma ese sueño, porque imaginaba que tampoco iba a dormir demasiadas horas la próxima noche y no acostumbro a pasarme dos noches seguidas en vela por gratificantes que sean las compensaciones que recibo.
Para colmo una de las clientas habituales de la tienda, me dijo mientras la atendía:
-Penélope, ¿qué le sucede?, ¿no se encuentra bien?
-Me encuentro perfectamente, gracias.
-Es que la veo un poco pálida.
-Soy pálida.
-Más pálida que de costumbre. No habrá dormido lo que se debe dormir a su edad.
-Lo cierto es que no –le mentí, ¡vaya cotilla!-. Me entretuve leyendo hasta tarde y cuando me paso de cierta hora, me cuesta conciliar el sueño.
-Pues yo, hija, si abro un libro en la cama, no he pasado la primera hoja y ya se me cierran los ojos.
Qué suerte”, pensé, pero no dije nada.
Para acabar de complicarlo, media hora antes del cierre, apareció el marido de mi jefa, un tipo gordo y rijoso que no me había gustado desde el día que lo conocí pero que, en cambio, recibía una impresión muy diferente de mi aspecto.
-Hola, Penélope, guapa, ¿la señora?
-Acaba de salir a tomarse un café. Pero dijo que regresaba enseguida.
-Y usted tan hermosa como siempre. Que digo, mucho más.
Si me hubiera leído los pensamientos se habría callado, pero así, el muy cretino continuó.
-Ya le habrá salido novio.
-Todavía no.
-Pues será porque no quiere, porque con lo guapa que es, estoy seguro de que los pretendientes hacen cola a la puerta de su casa.
No quise responderle, pero tampoco eso lo desanimó.
-Además hoy la veo a usted más atractiva. Le favorecen esas faldas tan cortas.
La falda que llevaba puesta no subía ni tres dedos por encima de las rodillas, pero el muy cerdo no había dejado de mirarme las piernas desde que entró. Es uno de esos tíos verdes que te desnudan con la mirada.
Como seguía sin interrumpirlo nadie, aún tuvo la osadía, de acercárseme hasta que olí su asqueroso aliento, para decirme:
-Hace usted muy bien, diga que sí. Yo de eso entiendo -y el muy cretino me guiñó un ojo-. Hay que mostrar las armas de que dispone uno. Y esas piernas suyas son una auténtica bomba.
Menos mal que en ese preciso instante apareció su mujer y el muy cínico, se dirigió hacia ella abriendo los brazos para estamparle dos besos y decirle:
-Bueno, cariño, aquí me tienes –y dirigiéndose a mí-: Penélope, ¿me permite que me la lleve hoy unos minutos antes?
-Pueden irse tranquilos cuando quieran –les dije. No sabían bien el alivio que representaba para mí y más aquella tarde en que me hubiera muerto de vergüenza si el profe acude a recogerme con ellos delante.
La jefa colgó su bolso, me impartió dos o tres prescindibles consejos y se marcharon, aunque el muy cretino aún se dirigió a mí desde la puerta:
-Adiós, Penélope, guapa. Y recuerde lo que le he dicho. Tiene que buscarse un buen un novio.
-Argi, no le digas esas cosas a la chiquilla, no ves que le sacas los colores.
-Las mujeres necesitáis siempre un hombre al lado que os proteja.
-No seas machista, Argi –y dirigiéndose a mí-: No le haga caso, Penélope, le encantan las bromas.
Qué sabrán ellos lo que es una broma...



lunes, 16 de febrero de 2015


EMOCIONES...

En segundos, sin embargo, regresó junto a mí, se tendió en la cama, me tomó por la cintura y, colocándome amorosamente sobre su cuerpo (peso como una pluma) me estuvo besando con besos de los más cariñosos que haya recibido (incluyendo los besos en la infancia de mi cariñosa mamá), hasta que saciada de besos y caricias consideré que había llegado la hora de irme.

Se le veía también completamente rendido y no insistió para que me quedara, aunque se levantó para acompañarme hasta el salón donde mi ropa se esparcía sin orden por el suelo. Mientras contemplaba cómo me vestía, comentó de nuevo lo apasionada y encantadora que soy y que nunca había disfrutado con nadie como conmigo. Lo creí, pero no pude evitar una pregunta traviesa.
-¿Ni con ella?
-Ni con ella.
Y entonces me acerqué para colgarme de su cuello, me puse de puntillas y le estampé un encendido beso en los labios.

No se lo esperaba. Y le gustó. Permanecía desnudo e imagino que no pudo evitar que su pene hendiera el vaporoso tejido de mi falda que inmediatamente me subió por detrás, arrebujándola en la cintura. “Dios mío”, pensé, “por qué me habré mostrado tan impulsiva”, aunque en el fondo me sentía encantada con su respuesta.
Me arrastró unos pasos para apoyarme el culito sobre el cuero del respaldo posterior del sofá y, como aún no me había vestido las braguitas, me tomó de los muslos con sus presurosas manos y, tras elevarme unos centímetros, me penetró sin otros preliminares. Con un golpe seco y único.

Entonces sí grité sin reprimirme, completamente embriagada, como si me encontrase tendida en un campo de azucenas inhalando sus ricas fragancias, tan intensas en medio de la noche. Mi cuerpo, en el que entraba con prisa, ardía, rojo y azotado por bruscas convulsiones. Ceñí su cintura con mis piernas. Mis manos colgadas de su cuello. Y las suyas presionando en mi culito que amenazaba con derretirse con cada una de sus embestidas.
Terminamos en apenas dos minutos, uno de esos polvos rápidos y apresurados que también era nuevo para mí, y juro que me encantó porque en ese momento tampoco me lo esperaba y, aunque se corrió un poquito pronto para mi gusto, no sólo me llenaba la dulce gratificación de proporcionarle tanto placer sino que me sentía verdaderamente dichosa. Además aquella noche me apetecía sentirme tan deseada por un hombre que consideraba por encima de mí en numerosos aspectos.
Mientras me ponía las bragas, lo miré, desnudo y hermoso a un palmo de mis narices, y de nuevo me subieron los colores y me invadió una incómoda pero agradable sensación de vergüenza por haberme comportado desde un principio como una auténtica viciosa con él. “¡Dios mío”, quise decirle, “yo no soy así”. Pero solo le dije:
-Ahora sí que me voy.

Nos despedimos ya cerca de las primeras luces del crepúsculo, casi en silencio, sin promesas de nuevas citas. Se ofreció para acercarme a casa en su coche, un biplaza deportivo en el que me sentaría a la tarde siguiente, pero le dije que gracias, que no era necesario.
-Si quieres te puedes quedar a dormir. Conmigo. O en una cama para ti sola.
La que movía ahora la cabeza en sentido negativo era yo, aunque sonriéndole para transmitirle lo contenta que estaba.
Como se me había pasado el efecto del cóctel y mi femenina excitación se encontraba perfectamente satisfecha, me planteé que lo mejor para una chica de veintitantos años que a todo el mundo parece mucho más joven era olvidarse de aquel hombre casado que casi me doblaba la edad y que, como mucho en unas semanas, recibiría con ostensibles muestras de cariño a su adinerada y bella esposa.
Nos besamos en los labios a la puerta de su lujoso apartamento, me palmeó el culito –algo que le encantaba, por lo visto- y bajé corriendo las escaleras.
De algún modo, prefería ese tipo de despedida...



sábado, 14 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Se lo dije. Le dije que no lloraba de pena, sino de felicidad. Y él, por primera vez en la noche, sonrió, acarició dulcemente mis mejillas con las yemas de sus dedos y, apoyándose en los codos para no lastimarme, aceleró el ritmo de sus embestidas, deteniéndose cuando me llegaba más adentro y girando suavemente sobre mí antes de reiniciar una nueva de serie de penetraciones que me volvían loca de gozo. Tuve que morderme los labios porque aún no me atrevía a chillar, pero me aferré a su cintura con una fuerza que nadie supone en alguien tan flaquita como yo. Me aterraba que pudiera salirse cuando más lo deseaba golpeando y derritiendo mis entrañas. En los escasos momentos que me lo permitía incluso elevaba mi pelvis para sentirlo como si formáramos parte del mismo cuerpo.

-¿Es ésta la chiquilla ingenua con cara de no haber roto nunca un plato?
Yo le respondí apretando con más ganas aún y suplicándole únicamente:
-No pares, por favor, no pares.

Y él continuó poseyéndome como si aquellas palabras mías le hubieran otorgado unos poderes de los que hasta entonces carecía.
Mientras me penetraba una y otra vez saciando mi cuerpo de dicha y plenitud y me conducía al primero de mis clímax, me sentí extenuada como un pajarillo que vuela demasiado alto y luego se precipita al vacío. Solté su cintura y extendí los brazos sobre las sábanas, cerrando de nuevo los ojos para concentrarme en aquellas sensaciones. La romántica Penélope se imaginó los pétalos de las encendidas rosas que habíamos enviado entre los dos a su mujer aquella misma tarde, derritiéndose entre mis piernas y enviando su esencia y aroma hacia un espacio tan íntimo y profundo que resultaba sagrado el deleite en que yo me deleitaba. En que me deleitaba el guapísimo profe de lengua. “Oh, Dios mío”, musité para mis adentros, “que esto no acabe nunca”. Ya completamente abandonada a sus caprichos y hábiles maniobras de amante aunque apoyando todavía mis pantorrillas en la parte posterior de sus muslos incansables golpeando contra mí como si pretendiera partirme en dos.
Por fortuna, las buenas nuevas continuaron regocijándome más allá de lo previsible.

Cuando pensé que había terminado, aunque no recordaba los bombeos de su semen a lo largo de mi vagina porque salía de mi cuerpo en el momento justo en que yo me aproximaba a los límites máximos de excitación, indicó que me colocara de rodillas, a cuatro patas como una perrita. Ansiaba preguntarle los motivos de su abandono, pero antes de que me salieran las palabras comprendí que no pensaba abandonarme. Situado detrás, de pie fuera de la cama, se inclinó y sus manos acariciaron mis senos, luego el vientre y las ingles de las que tiró para que nuestros cuerpos se acercaran.
Ya había recobrado mis bonitas sensaciones previas a su salida cuando sus dedos medio y corazón comenzaron a trazar suaves y pequeños círculos sobre mi inflamado clítoris a la vez que me penetraba hasta muy adentro. Su pene era como él, delgadito pero largo. Desde un principio lo consideré de las dimensiones adecuadas para una chica como yo. Y, sin falso orgullo, puedo presumir de lo certero de mis pronósticos.

Gritamos. Yo, de manera más escandalosa. Después de tantos esfuerzos reprimiendo mis gritos, necesitaba gritar.
Reconozco que los gemidos que salieron aquella noche de mi boca mientras entraba, salía y entraba de nuevo para demorarse el muy pillo buscando puntos sensibles en zonas tan profundas que nunca imaginé que existieran en el cuerpo femenino, me habrían asustado a mí misma si los oigo en labios de otra mujer.
Si alguien o algo no lo remediaban en segundos, iba a estallar de gozo desde el pubis a la cabeza. Los brazos ya no me sostenían y los estiré a lo largo de la cama para agarrarme al borde del colchón. Él, ajeno a mis gemidos, continuaba golpeando contra mis nalgas, no muy fuerte pero con una constancia infinita, generando un sonido rítmico que en uno de mis silencios me gustó como la más adorable de las músicas.

Ya había disfrutado de un primer orgasmo y luego otro cuando lo sentí correrse hasta el fondo de mi vagina y, en cambio, nuevas contracciones me ayudaron a incorporar de nuevo la cabeza, curvando la espalda para sentirlo lo más cerca posible, y chillé y chillé como una auténtica loba antes de desplomarme de bruces sobre las sábanas cuan larga soy, con brazos y piernas muy abiertos.
-Eres realmente deliciosa follando, Penélope.
Me dio un azote de mentirijillas en el culo y me dejó allí tirada, suspirando aún de gozo y agotamiento, para dirigirse al cuarto de baño (imagino que quería confirmarme los exquisitos cuidados de su higiene íntima)...



miércoles, 11 de febrero de 2015


EMOCIONES...

Luego nos miramos, me recogió el pelo detrás de las orejas y apoyó mi cara en su pecho mientras me acariciaba la melena y yo lo ceñía por la cintura. Podría haberme retirado a causa del sonrojo cuando comprobé cómo su miembro crecía y continuaba poniéndose duro bajo la presión de mi abdomen, pero, como no alcanzaba a verme los colores, seguí apretando y apretando (¡fuerte!, ¡muy muy fuerte!)), como si pretendiera demostrarle todo mi cariño, aunque lo que deseaba era otra cosa. Hasta que elevando mi barbilla volvió a besarme y decidió que debíamos separarnos.
Es precioso. Y delicado”, pensé. “Y me desea”. Me sentía muy emocionada.

Las yemas de sus dedos aún trazaron un semicírculo a lo largo de mi frente, sien y mejilla. Me atreví a elevar la cabeza para mirarlo. Con ojitos húmedos que imagino revelaban tanta sorpresa como súplica mientras deliciosas hormigas revoloteaban en mi estómago, alcanzando en segundos la delicada zona del pubis y los pliegues de mis labios mayores. Todo mi cuerpo era un volcán en erupción. Me tomó de la mano como se haría con una niña que se conduce por una senda sinuosa u oscura y dijo:
-¿Vamos?

El corazón me latía tan fuerte que no pude responderle. Eso sí, avancé a su lado hasta situarnos al borde de la cama. Flexioné las rodillas para que pudiera tomarme en brazos, y me depositó con la delicadeza que un orfebre colocaría en su expositor la más preciada de las joyas, sobre aquella cama de matrimonio (una cama de estilo antiguo con barrotes de bronce) que compartiría con su mujer -a la que en un alarde de masoquismo quise imaginarme guapa, sensual y elegante como una modelo-. Si me preguntan juraría que entraba en el paraíso.
Aún me ayudó a colocarme en la postura que le apetecía tomando mis hombros entre sus manos, y luego me separó las piernas, me recorrió uno de los muslos hacia arriba y con las yemas de sus dedos separó los pelitos de mi pubis como si se tratara de una maniobra necesaria antes de penetrarme. Cerré los ojos y me mordí un labio.
-Eres preciosa, Penélope.

Apenas si podía moverme cuando todo mi interior se agitaba en un auténtico torbellino. Pero entorné ligeramente los párpados para sonreírle. Permanecía de pie, mirándome con increíble expresión de deseo.
Ya tendida sobre la finísima sábana, me besó en la frente, luego en la base del cuello y en los hoyos de mis clavículas.
Las suaves sensaciones y el orgullo por lo que me estaba sucediendo no paliaban la falta de aire y comencé a inspirar profundo (muy muy profundo).
Completamente inmóvil, salvo las paredes de mi tórax que se expandían a cada bocanada, percibí la punta de su dedo índice acercándose de nuevo a mi sexo y presionando sin introducirse en mi vagina que, en cambio, se abrió como las valvas de una ostra. Los ojos se me volvieron a cerrar y se me escapó entre dientes, otro de mis débiles “¡ay!”, porque no sabía qué decir, o puede que quisiera usarlo de contraseña para indicarle que podía avanzar con ese dedo, que me había gustado mucho cuando me lo introdujo en el salón. Pero el muy listo, en lugar de metérmelo, acarició en círculos realmente mágicos sobre mi clítoris, que percibí cómo crecía obligándome a moverme hacia arriba de puro gusto.
Se había situado con ambas rodillas a mis costados. Descendiendo su boca hasta mi oído susurró cuánto me deseaba y también dijo:
-Me encantan las chicas que sabéis disfrutar.

Al oírlo abracé instintivamente con todas mis fuerzas su cuerpo alto y esbelto que casi flotaba sobre mis muslos, mi vientre, rozando con su tibia piel en mis pezones que volvieron a ponerse tan duros y sensibles como cuando le había soltado la cadena del cuello. Rodeé sus piernas con las mías y, mientras me penetraba con una delicadeza propia de los ángeles, se me escaparon las lágrimas.

-¿Qué sucede, cielo? –me preguntó-. No llores-, pensando que lloraba porque me sentía dolida o poco satisfecha con su manera de amarme, cuando en realidad lloraba de alegría recordando los meses que llevaba sin mantener relaciones sexuales con un hombre y dándole las gracias a Dios porque aquel catedrático de finos modales masculinos supiera lo que debe hacerse con una chica para que se sienta feliz. Completamente feliz...

martes, 10 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Intuyendo la zozobra en que me debatía, acarició con ternura las raíces de mi pelo, la sensible zona detrás de mis orejas, mis hombros desnudos, y comentó:
-Causa un poco de miedo acariciar esta piel tan fina y tan blanca, pero cuando te sonrojas se me quita el miedo. Eres la niña más dulce y encantadora que he visto en toda mi vida.
Iba a reprocharle que me llamara niña, pero lo miré y se me puso un nudo en la garganta.
-Eso también tienes que quitarlo –me dijo.

No me atrevía a bajarle los calzoncillos, unos slips ajustadísimos que dejaban muy poco espacio a la imaginación –con alas o sin ellas-. Pero, como el resto de la noche, obedecí, aunque para estimularme comencé a besarlo en el pecho mientras mis deditos de niña –ellos sí, largos pero tan finos como los de una niña- descendían temblorosos por sus piernas suaves, depiladas como las de una mujer.
Aunque parezca increíble fue ese el detalle que más me excitó, considerando que ya estaba excitada como una conejita muy viciosa.
Recuerdo que me situaba de rodillas para terminar de quitarle el slip cuando apoyó sus manos en mi cabeza y, con una voz entre autoritaria y amable a la que poco a poco me iba acostumbrando, sugirió:
-Ya que estás en esa postura, podrías probarme.
Me quedé helada. Mis manos buscaron sus muslos como punto de apoyo y, recobrando algunas fuerzas, le dije:
-Profe, por favor, no me pidas eso.
-Te aseguro que cuido de la higiene de mis partes íntimas tanto y más que de otra cualquiera.
-No lo dudo, pero es que… No sé cómo explicártelo… Compréndeme, por favor te lo pido.

Aunque para compensarle por mi negativa, acerqué a mis labios su endurecido y limpísimo pene y se lo besé. Desde la punta hasta que mis pestañas rozaron el vello de su pubis.
En ese preciso momento, después de varios besos y mientras lo seguía mirando con verdadera carita de lástima, llevó sus manos a mis axilas y con un enérgico impulso me elevó en el aire. Nuestras bocas se encontraron a la misma altura. Antes de que mis pies tocaran en el suelo, me besó y yo me abracé a su espalda con todas mis energías de chiquilla valiente. Tanto que mis pechos se estrujaban contra su pecho y los latidos de nuestros corazones se confundían latiendo uno sobre el otro.
Tan agradecida me sentía que, venciendo mi timidez, me atreví a susurrarle al oído:
-Perdóname que sea una boba. Tienes que darme tiempo.
-Te voy a dar todo lo que tú quieras y un poquito más.
Me gustaba que me hablase en tono pícaro. Volvimos a abrazarnos como si deseáramos rompernos, yo combando adrede mi cintura hacia delante para sentirlo cerca, casi dentro de mí, y él sosteniéndome por las nalgas y restregándose con tanta lentitud que mis pezones se pusieron duros y me derretía en la entrepierna. Le suspiré al oído porque no me atrevía a pedirle que me penetrase ya...

lunes, 9 de febrero de 2015


EMOCIONES

Me sentía muy contenta en sus brazos aunque con los nervios estallándome en numerosas partes del cuerpo como si, aún virgen, me encontrara a punto de perder mi virginidad con un hombre al que sólo conocía de aquella misma tarde enviando un ramo de flores a su esposa. Un hombre maduro, guapo guapísimo, con mucha clase e imagino que experiencia con mujeres y que, aunque se mostraba tan delicado conmigo, seguía provocándome una extraña mezcla de miedo y excitación que me conmovía hasta los tuétanos.

Cuando llegamos al dormitorio me depositó sobre una alfombra suave con largos hilos de lana y dijo:
-Ahora quiero que me quites la ropa.

Sentía un comprensible pudor. Desnudarlo me provocaba fantasías como si lo fuese a violar. Iba a sugerirle que se desnudara solo. Necesitaba acudir al baño con urgencia. Me habían entrado ganas de hacer pis y el hormigueo que descendía por mi cuerpo desde la nuca amenazaba seriamente mi equilibrio. Incluso se me nubló por unos segundos la vista como si me amenazara una ligera lipotimia debido a la tensión y a que no estoy acostumbrada a beber bebidas alcohólicas.
-¿Qué sucede? –me preguntó.
-Perdona. ¿Permites que entre un segundo al baño?
-¿Justo cuando más deseo que permanezcas junto a mí?
-Es que me meo, de veras.
Acarició suavemente mi melena -sonriendo con sonrisa pícara-, luego mis enrojecidas mejillas, y dijo:
-Anda, corre, pero no tardes.

Mientras me giraba, me palmeó el culito y yo dije, “ay”, pero tan orgullosa que a punto estuve de alejarme corriendo dando brincos de locuela.
El cuarto de baño era más grande que mi dormitorio, con sauna, jacuzzi y una ducha en que entrarían seis o siete personas. Casi me daba reparo sentarme en la taza, y con los nervios me costaba que saliera el pis.
-Vamos, cielo –chilló desde la habitación en un tono casi de burla- que vas a quedarte fría.
Hasta el papel higiénico era tan suave que apenas sentía que me limpiaba.
Regresé a su lado, dispuesta a portarme como una chiquilla obediente. Nos miramos. Aunque me temblaban los dedos, fui desabrochando los botones de su camisa. Luego le apoyé las palmas de mis manos en pecho y hombros que, a pesar de que es muy delgado, me parecieron firmes y duros como si los sometiera a intensos ejercicios físicos, y se la fui deslizando con una lentitud no premeditada (¡lo juro!) hasta que cayó al suelo.

-Eres muy buena desnudando.
Me subieron por enésima vez los colores a la cara, pero le respondí:
-No creas que tengo mucho entreno desnudando.
-Pues improvisas de maravilla –. Bajó el tono de voz y, casi en susurros, me dijo: -Ahora toca la cadena.
Embelesada como una boba muy boba, levanté los brazos para alcanzarle el broche de apertura en la zona posterior del cuello.
-Vaya, no parecía que fueras tan alto –le dije, y al decirlo, las puntas de mis pechitos rozaron como por descuido en su pecho y, para mi sorpresa, comprobé cómo se estremecía en un breve pero entrañable respingo. No se lo esperaba. A mí se me pusieron muy duros los pezones y, aunque coquetamente tímida, porfié algo más de lo necesario con aquel broche, teniendo en cuenta lo habilidosa que soy.
Mis neuronas se estaban alterando. Muy contenta. Deseaba abrazarlo pero como soy muy tímida no me atreví.
Le entregué su cadena de oro, que arrojó con displicencia a un sofá, y luego condujo mis manos a la hebilla de su cinturón. Tampoco me resultó demasiado difícil soltárselo, pero el sonido de los dientes de la cremallera de sus finos pantalones mientras se la bajaba, aceleraron el pulso de mi sangre a la altura de las muñecas (¡Dios mío!, exclamé para mis adentros, ¡cuántas nuevas sensaciones en una sola noche!)...


domingo, 8 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Resultaba hermoso que se dirigiese a mí con aquella ternura y aquellas atenciones como si para cada cosa que me hacía precisara mi permiso: para decirme lo guapa que soy, lo bien que me sentaba la falda que llevaba puesta, los ojos tan bonitos que tengo, para besarme en los labios o quitarme la ropa. Yo colaboré a desnudarme la blusa y bajarme la falda pero la tarea del sujetador se la cedí en exclusiva.

Acarició con infinita dulzura mis senos consiguiendo que se me hincharan, poniéndolos firmes y turgentes. Y mientras se me encendían las mejillas de rubor y entornaba los párpados, deslizó de nuevo su mano en dirección a mi rodilla y al oírme suspirar me sentó sobre sus poderosos muslos.
Un exquisito temblor me sacudió de los pies a la cabeza pero permanecí tan quietecita como una gata a la que acosa un fiero bulldog en una esquina. Eso sí, palpitando hasta las mismísimas entrañas.
Tomó mi copa de la mesita de centro para ofrecerme un último trago y, aunque lo miré con ojos de sorpresa, lo acabaría apurando, como si aquel cóctel fuera a facilitarme unas fuerzas que intuía iba a necesitar mucho antes de lo previsto por la ingenua Penélope.

-¿Quieres emborracharme?
-Es bueno que pierdas el control.
-¿Piensas que me controlo demasiado?
-Menos de lo que esperaba.
Me pasé la lengua por los labios con intención de saborear las gotas de licor y vi cómo, observando ese gesto mío que puede que considerase travieso, también él se encendía, ceñía mi hombro y mi cintura con cada una de sus manos y, mientras se me cerraban de nuevo los ojos, me regalaba el segundo más dulce de los besos.
Permanecimos besándonos hasta que notamos que nos faltaba aire. En realidad era él quien me besaba mientras yo me dejaba besar con aquella sutileza de hombre delicado, tan rica como caramelos o el cóctel que me acababa de beber, permitiéndole los juegos de su lengua en mis encías, en el velo del paladar, en mi propia lengua, en la comisura de mis sexys labios con los que, cuando la sacaba de mi boca, me atreví a succionársela.

Aquello le gustó. Subida a su regazo para acariciarme a entero capricho y besarme también en las mejillas, detrás de las orejas, en las sienes y los párpados que yo entornaba, de nuevo introdujo una de sus manos entre mis piernas con intención de separarlas y acariciarme ya sin obstáculo alguno. “Quítate los pendientes”, me susurró al oído. Le molestaban mis grandes aros para mordisquearme los lóbulos de las orejas. Me los quité y, como no sabía dónde depositarlos, no me importó tirarlos a la alfombra.
Percibí cómo las yemas de sus dedos se humedecían.
Luego hubo de agacharse y yo erguirme para que pudiera lamerme con inenarrable dulzura los pezones.
-Tienes unos pechos muy bonitos.
-Me alegra que te gusten –le dije- porque siempre he tenido complejo de pechos pequeños.
-Pequeños pero preciosos como los de una adolescente.
-¿Das clase a chicas?
-A chicas y chicos.
-¿Años?
-Quince y dieciséis.
-¿No me verás como a una de tus alumnas?
-Las hay que incluso parecen mayores que tú.
-Creo que no se merecen las gracias ese tipo de piropos.
-Las merecen.
-Pues entonces, muchas gracias.
Acercó uno de sus dedos a la carne viva y ardiente de mi sexo. Contraje todos mis músculos y dije, “ay”, mientras introducía la puntita en mi vagina y la rotaba.
-¿Te hago daño?
Negué moviendo la cabeza y mordiéndome el labio inferior. Me estremecía de gusto, arqueaba la espalda como una víbora en posición de ataque y de pronto comencé a besarlo en frente, sienes, pómulos... Y en la boca.
Pero cuando menos lo esperaba porque creo que estaba a punto de alcanzar el éxtasis, decidió que debíamos incorporarnos. Lo miré con cara mimosa sin atreverme a decirle nada.
-No te preocupes -me dijo él al observar mi gesto de cierta decepción-, volverás a recuperar esas bonitas sensaciones.

Me tomó en brazos y me condujo por un amplio pasillo a su dormitorio. Yo avanzaba como flotando, un poquito más alegre que de costumbre gracias al cóctel que me acaba de beber y a las caricias con las que me había deleitado, aferrada a su cuello, acurrucándome en la curva de su clavícula. Volví a besarlo varias veces, lamiendo su barba rasurada que olía a ricas maderas exóticas, puede que también gracias a los prodigios del cóctel que dotaba de alas a mi pudorosa imaginación. Y me sonrió con una sonrisa ya más pícara que dulce...



sábado, 7 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS...

Él, desde la esquina donde sobre una especie de mesa auxiliar con ruedas reposaban varias botellas de licores, se sirvió whisky con hielo en un vaso largo y me preguntó con un tonillo entre pícaro y cómplice:
-¿Qué le apetece a la señorita?
-¿Tienes refrescos? No acostumbro a beber alcohol.
-Eso es que nunca te han preparado algo tan rico como lo que yo pienso prepararte. Déjalo de mi cuenta.
Y tras regresar de la cocina con una rodaja de lima, hielo picado y lo que me parecieron zumos, los mezcló en su coctelera con al menos dos bebidas alcohólicas.
-Oh, por Dios, no te pases, que quiero llegar a casa por mi propio pie.
Sonrió y a los pocos minutos ya se encontraba a mi lado ofreciéndome el cóctel exclusivo para mí y, en un plato –siempre tan detallista- de loza con el borde de oro, finísimas lonchas de jamón ibérico.
Sabía exquisito. Lo comimos en un periquete, yo con verdadera ansia. Acostumbro a cenar temprano y lo cierto es que me moría de hambre.
-¿Te apetece un poco más?
-Estaba delicioso –le dije-, pero creo… -me tapó la boca y se levantó para prepararnos otra generosa ración sobre varias rebanadas de pan de molde.
Prácticamente me la comí yo sola. Luego acerqué los labios a la bebida.
-¿Qué tal?
-Riquísimo –le dije, y un profundo trago resbaló por mi garganta obligándome a toser y posarlo sobre la mesa -¿Qué le has puesto?, sabe dulce pero muy fuerte. Rasca.
-Un poquito de vodka y cointreau.
-Un poquito… Si serás. Pero bueno, reconozco que sabe rico.
Apuré otro sorbo mientras el profe de lengua me hablaba tomando mi mano entre sus manos, jugando con las puntas de mi melena, colocándome entre los dientes lonchitas de jamón, lo que le permitía rozarme los labios con las yemas de los dedos.
Yo me sentía muy a gusto escuchando los piropos que me dedicaba y recibiendo sus amables atenciones, aunque un poquito tensa, rígida, casi a punto de estallar. Y confundida.
-Reconozco, Penélope, que ya en la tienda me llamó la atención lo guapa que eres, pero nada comparable a la hermosura que irradia tu rostro cuando sonríes o se te humedecen los ojos como ahora.
-Muchas gracias -le dije.
-Creo que te favorece la noche.
-Y yo que me he encontrado con un seductor.
Me agradaba que de vez en cuando el dorso de sus dedos acariciasen la línea de mi mandíbula, pero cuando la introdujo bajo mi melena para apoyarla en la nuca me aparté. No quería transmitirle la imagen de que soy una fresca.
-Prefiero que sigamos hablando -le dije.
-No hay ningún motivo para que dejemos de hablar.
Me ruboricé por segunda vez en la noche. Tomó mi mano entre las suyas y la besó. Y hablamos. Hasta que saciada, tras haber dado buena cuenta del contenido del plato -“buena chica”, dijo, y yo le sonreí- mi cuerpo comenzó a relajarse como si entrara en una nueva fase de sensaciones, flojo, blando, maleable como una barra de plastilina. Cuando alcanzó de nuevo mi nuca intentando ceñirme, mi cabeza se apoyó en su hombro.
Recuerdo que entonces su otra mano se posaba en mi muslo y me subía la falda. Sólo unos centímetros, aunque suficientes para que una sacudida de deseo recorriera mi cuerpo. Me licuaba. Aún pretendí juntar las piernas, pero no opuse otras resistencias cuando porfió por separármelas. Creo que se me cerraron los ojos, pues ya no vi sus labios acercándose a los míos para besarlos. ¡Nuestro primer beso!
Las manos, mis temblorosas manos permanecieron inmóviles sobre mi propio vientre mientras la suya seguía ascendiendo hasta alcanzar el borde de mis finas braguitas. No me importó ofrecerle la boca para que pudiera introducirme la lengua como pretendía (“¡santo cielo!, Penélope”, me pregunté, “pero, ¿qué haces, cuando lo único a que aspirabas era a una breve y agradable conversación con el catedrático de literatura, tal vez sobre tus libros y autores favoritos?”). Pero en dos segundos deseché esa pregunta. Por estúpida. E inadecuada a todas luces, considerando las tiernas sensaciones que me embriagaban. Sensaciones de calor, hormigueo, abandono, relax, como si una corriente de agua me impulsara hacia una orilla virgen de arena húmeda y caliente bajo los primeros rayos del sol.
Tras el beso, me miró y dijo:
-Qué rica estás, Penélope.
Bueno, en realidad lo que dijo fue, “qué rica eres y qué buena estás”. Y a mí me puso muy contenta que a un caballero tan elegante, maduro y guapo, le gustara alguien como yo, más bien flaca y con poco pecho, aunque reconozco que mis piernas son bonitas y mis grandes y carnosos labios confieren a mi cara de ingenua un toque pícaro que gusta mucho a la mayoría de los hombres. Uno de sus dedos presionó en la entrepierna sobre mis bragas. Muy suave...