EMOCIONES ÍNTIMAS
Si
alguien me insinúa una propuesta parecida aun manteniendo una
relación estable, lo hubiera tachado de imbécil, en cambio con la
de mi ligue de aquellos dos días, comencé a sentirme muy bien.
Atrevida incluso.

Nunca
hubiera imaginado mis habilidades de maquilladora. Me veía muy guapa
aunque con un ligero aire de vampiresa.
Iba
a dejarlo ahí. Pero ya que a mi deseado profe le gustaba verme
pintada, y consciente de los muchos motivos que me asistían para
complacerlo, apliqué con brocha una base de maquillaje en las
mejillas y sobre los huesos de los pómulos un colorete de rubor en
rosa, que había oído que iba muy bien a pieles tan blancas como la
mía. Intuía que tanta pericia de chica guapa iba a ponerlo a cien,
pero a esas alturas ya lo único que me importaba era insuflarle
ánimos lo más vivos posibles y que me los devolviera con creces.
Cuando
me presenté a la puerta del baño, él se secaba con una toalla de
grandes dimensiones, envuelto en una nube de vaho. Me miró muy
sorprendido. No lo podía ocultar. En silencio se me acercó, tomó
mis brazos entre sus manos mientras caía la toalla al suelo y desde
la distancia volvió a mirarme con unos ojos que brillaban como si
los estuviera iluminando una poderosa luz.
-Vaya,
estás preciosa –dijo alargando las sílabas intencionadamente.
Observé cómo sin establecer el mínimo contacto ninguna otra zona
de nuestros cuerpos, su pene se elevaba majestuoso como un príncipe.
-¿Permites
que te diga una travesura?
-Cómo
no te lo voy a permitir.
-No
te lo tomes a mal, pero pareces una traviesa y encantadora putilla.
-Oh,
no me digas cosas tan feas.
-Te
lo digo como uno de los piropos más sinceros, porque con esta
seductora imagen se la levantarías al hombre más frío e
insensible, incluyendo a impotentes o gays.
-Me
encanta cómo sabes conseguir que hasta las obscenidades más
cochinas suenen en tu boca como deliciosos halagos.
Aquella
noche me quedaría a pasarla enterita con él. Dormimos juntos e
hicimos varias veces el amor. Hasta que me quedé dormida de puro
agotamiento. En un principio con la misma ternura, con las sabias
maneras que empleaba para acariciarme, para decirme bonitas palabras
mientras me poseía, o explorar mi cuerpo con la astucia de un niño
moderadamente tímido pero muy curioso. Sin importarle que sus labios
se tiñeran de carmín, porque luego me los pasaba por el abdomen,
las piernas o los senos para cubrirme de manchitas rojas a mí.
Aunque
en honor a la verdad, mi penúltimo orgasmo sólo lo consiguió con
su lengua y sus dedos medio e índice. No voy a quejarme porque
disfruté mucho más de lo que imaginaba. “¿Y el chaval de
dieciocho?”, le pregunté en broma. No parecía que le gustara
demasiado mi observación. Pero nos estrechamos en un cálido abrazo
y le susurré al oído, “me encanta todo lo que me haces”.
-En
realidad, ¿cuánto tiempo llevabas sin que te echaran un polvo,
chiquilla?
-Uuuuumh.
-No
irás a decirme que se trata de tu primera vez.
-Casi
–le respondí, poniendo boquita de mimos. Sabía que ese tipo de
confesiones les encantan a los tíos.
-No
me extraña entonces que andes por ahí tan ávida de sexo.
-No
ando por ahí –protesté.
-No
te preocupes, me gusta. Nadie podría recibir en estos momentos un
regalo más rico y valioso que el que estoy recibiendo yo. Me
conmueve desflorar a una chiquilla tan candorosa, bonita e ingenua
como tú.
Rocé
con mi vientre en el suyo y colocando mis manos sobre sus nalgas
procuré aproximarme todo lo posible porque ansiaba sentirlo cerca,
aunque se hallara relajado, para mi gusto en exceso.
-Siento
desilusionarte. Y ya que mencionas las flores –le susurré- he
tenido un novio.
-No
lo estropees.
-No,
éramos unos críos y apenas salimos dos meses.
-En
esas condiciones acepto.
No
consideraba que procediera contarle ninguna otra de mis bonitas
relaciones. Y me quedé dormida abrazada a su cintura, con mi
cabecita loca llena de grillos sobre su brazo derecho que me ceñía
como si nos quisiéramos tanto que ni una fiera tormenta ni un
huracán, ni siquiera un tsunami lograrían separarnos aquella noche...
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