Mostrando entradas con la etiqueta erotismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta erotismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2015




...


Creo que se le estaba desbordando la imaginación, o quizá se pasó la tarde consultando libros de técnicas sadomasoquistas, o aquella droga estimulante de color azul le provocaba alucinaciones, pues reconozco que me propuso prácticas que no he visto ni en las pelis más cochinas ni oído de lenguas tan viperinas y viciosas como la de Raquel o alguna de las amigas poco recomendables con que se reúne a veces.

No accedí a todas ellas, ni a pesar de sus ruegos y promesas ni del último cóctel que me había servido cuando se levantó por el vibrador obligándome a darle dos buenos sorbos mientras lo sostenía y lo inclinaba sobre mi boca con sus propias manos como si pretendiera emborracharme (derramando incluso el líquido por la comisura de mis labios), ni de la pena que me embargaba ante su cuerpo desnudo tendido sobre la cama, atado de manos y pies y suplicando con voz de pordiosero lo que nunca imaginé que se le pudiera suplicar a una chica.

-Oh, no lo hagas, por favor, concédeme al menos un minuto para que pueda ir al baño a limpiarme –le supliqué cuando pidió que acercara mis genitales (mi delicioso coñito, fueron sus palabras) a su boca.
Pero me advirtió que ni se me ocurriera, que ya me limpiaba él. En un tonillo de voz que a ver quién es la guapa que se atreve a negarse. Y aunque con un tremendo apuro atenazando todo mi cuerpo, me fui acercando hasta colocar mis rodillas dobladas a ambos lados de su cabeza, por temor a que se enfadara conmigo.
-Así me gusta, que obedezcas como una niña buena.
-Si vuelves a llamarme niña, me enfado.
-Perdona, preciosa –me dijo con un tono más dulce-. Solo se trata de un apelativo cariñoso.
-Hay otros apelativos cariñosos que puedes utilizar conmigo.
-Tomo nota.
-Seguro que como profe de lengua sabrás encontrar aquellos que agraden a una chica como yo.
-Nunca he conocido a una chica como tú.
-No seas mentiroso, seguro que te has acostado con más de una.

Por primera vez en la noche, el hecho de tenerlo debajo de mí atado de pies y manos me concedía una cierta confianza. Aunque, oyendo sus tiernas promesas de rectificación, decidí continuar obedeciendo sus indicaciones de la manera más dócil posible.

Cuando mi vello púbico rozó su barbilla, sacó la lengua y comenzó a lamer mi vulva empapada -no sólo a causa de la excitación-, como un dóberman sediento de varios días. “¿Esa es tú manera de limpiarme?”, le iba a preguntar, pero casi me provoca la risa el simple pensamiento de la pregunta. Tampoco pude llamarle cochino porque, aparte de la vergüenza que sentía reclinada en aquella extraña postura, reconozco que muy pronto empecé a derretirme de gusto. Me gustaba incluso que saborease los restos de mi pis y se relamiera. Apoyé las manos en sus mejillas y eché la cabeza hacia atrás, mirando al techo porque no me atrevía a mirarle a los ojos.
Cuando ya me tenía igual de húmeda pero perfectamente limpia, rodeó mis genitales con sus dientes y, aunque pensaba que me los iba a morder, no dije nada. Mordió, pero sin causarme daño, succionando hasta que los introdujo en su boca y allí, completamente suyos, me los estuvo acariciando con la punta de la lengua que entraba y salía de mí o se recreaba ensanchándome, hasta que mi clítoris se retrajo y las intensas sacudidas de mi útero y vagina precipitaron que una fuerza desconocida se desatara en lo más profundo de mi ser y me corriera en irrefrenables espasmos, inundándole la boca de líquido.

-Oh, perdóname, por favor –le dije, casi llorando- no sabía que iba a sucederme esto, perdóname –y me aparté, quedando sentada sobre su pecho.
-¡¿Perdonarte?! –exclamó, casi chillando-. Penélope, ¡eres divina!, hacía mucho tiempo que no me encontraba con una chica fuente.
-¿Qué significa eso?
-Ya te lo explicaré, ahora regresa adonde estabas, quiero seguir saboreando tu delicioso coño.
Imaginaba su significado. Lo que no sabía era que se tratase de una suerte privativa de unas pocas privilegiadas como yo. Algo que ahora sé pero que muy bien, gracias al habilidoso profe...



sábado, 7 de marzo de 2015


EMO...
Procuraba relajarme, inspirando hondo, expulsando el aire con fuerza. Pero me dolía. No mucho, aunque puede que los nervios incrementaran la sensación de dolor, pues me siguió penetrando despacio, muy despacio, y a medida que me penetraba y yo me mordía la lengua para no chillar, el dedo índice de su mano derecha alcanzó mi inflamado clítoris y entonces suspiré y dejó de dolerme.

Se había percatado del momento justo en que recobraba mis sensaciones placenteras. Por otro lado, nada difícil, oyendo mis gemidos y viendo cómo mi cuerpo se acomodaba al suyo, procurando mantenerse firme cuando salía de dentro de mí y acercando mi culito a su pelvis cuando entraba de nuevo.
-Me encanta cómo te entregas –dijo- y cómo te estremeces-. Y de pronto comenzó a golpear como una verdadera bestia, como nunca me había golpeado en ninguno de nuestros polvos anteriores, consiguiendo que mis nalgas emitieran sonidos tan escandalosos como si me estuviese azotando con un látigo. Imaginé que la pastilla azul contendría alguna droga estimulante.
-Oh, Alex, sigue.
Ciñó sus manos a los huesos de mis caderas y me golpeó aún más fuerte.
-Así, cielo, no pares –le dije pensando que sería incapaz de mantener el impetuoso ritmo, aunque después de una media hora, casi me arrepentía de mi súplica, pues ya había experimentado dos riquísimos orgasmos y se me agotaban todas las energías que había acumulado durante meses y meses para una ocasión como aquella. De hecho, tuve que volver a decirle:
-No puedo más- y me dejé caer de bruces sobre la cama.

Él se acostó sobre mí, sin sacarme su miembro, que se mantenía duro gracias a lo que entonces consideré un milagro y las habilidades de un hombre que sabía tratar a las mujeres con una pericia inalcanzable para la mayoría de los machos de la tierra.
-¿Qué te parece ahora el chaval de dieciocho?
Oh, deseaba jactarse. Mi broma de la noche anterior había herido su orgullo.
-Bien, muy bien. Ahora sí –le dije, con tonillo irónico, aunque pronto rectifiqué-. Bueno, no, no creo que nadie de dieciocho años ni de ninguna otra edad pueda hacer conmigo lo que me estás haciendo tú. Lo que me sorprende es que lo haya podido resistir, que aún siga viva. Menos mal que hemos terminado.
-¿Te alegras de haber terminado?
-Me alegro y no me alegro. Comprende que me tienes completamente destrozada, por dentro y por fuera. Imagino tu esposa lo contenta…
-¡No menciones a mi esposa!
-Perdóname.
Seré estúpida”. Lo había ofendido con ese comentario que reconozco fuera de lugar dadas las circunstancias.


Ignoro lo que me sucedió. Percibí cómo se incorporaba para tenderse a mi derecha y me pedía que le retirase el preservativo. Lo hice. Muy amorosa, aunque casi llorando por culpa de mi metedura de pata.
Luego tomé mis braguitas de encaje en rosa con lacito que había vestido por la mañana al dictado de mi inconsciente cuando mis razonadas conclusiones me indicaban que no volvería a ver en mi vida al maduro y caballeroso profe y, tras solicitarle permiso, me dirigí al baño. Necesitaba lavarme y también cubrirme mis partes íntimas –sin otros motivos que la certeza de que nuestras raciones de sexo por esa noche ya nos habrían saciado.
Tras envolver el condón en un trozo de papel higiénico y depositarlo en la papelera, me lavé, vestí las bragas y regresé al dormitorio, convencida de que dormiríamos plácidamente, al menos hasta la salida del sol...



jueves, 5 de marzo de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Cuando ya habíamos descabezado un breve sueño, en cambio, se levantó inesperadamente, abrió una puerta del vestidor y se acercó de nuevo a la cama mostrándome una preciosa y delicada combinación de su esposa. Dijo:
-Es de seda. La compramos en Roma en nuestro viaje de novios. Me gustaría que la vistieses para mí.
-Oh, por favor –le dije- no me pidas eso.

Pero tan amable solicitud excitó aún más todos y cada uno de mis excitados órganos sensoriales. Me incorporé y, sonriendo, le permití que me la vistiera.
Me quedaba amplia de arriba pero se adaptaba a mi culito como una segunda piel y en uno de los espejos del vestidor comprobamos que me hacía muy mona, muy sexy.
-Estás monísima, pero ¡vaya cara que tienes! –dijo.
-¿Qué cara tengo?
-Cara de chica a la que acaban de follar.
-Oh, mira que eres golfo.

Se me había corrido el rímel y el carmín me embadurnaba el inicio de ambas mejillas desde la comisura de los labios -¡por su culpa!-, y con aquellas enaguas de tirantes y el collar de perlas adornando mi escote y el pelo despeinado, sí que mi cara resultaba cuando menos un poquito gamberra. Pero yo misma, sin que me lo indicara nadie, busqué una toallita desmaquilladora para limpiarme los churretones que ensuciaban mis lindas mejillas y luego apliqué otra y otra capa de rímel en las pestañas, la brocha de rubor en el centro de los pómulos –consiguiendo tonalidades más vivas aún-, me pinté los labios exagerando el sexy arco de cupido de mi labio superior y perfilé de nuevo las líneas de los ojos para que esas coquetas maniobras me ayudaran a recobrar una imagen de chica bien despierta, no de recién follada, según el profe.

Mientras yo me ponía guapa de nuevo, lo observé sacando del cajón de la mesita una caja de preservativos, un tubo que confundí con los de pasta de dientes y un blíster con pastillas azules que entonces no identifiqué pero ahora no me cabe ninguna duda que se trataban de Viagra. Entró al baño e imagino que se tomó una. No querría que volviera a repetirle mi broma comparándolo con chicos de dieciocho, y eso explica también su increíble potencia cuando yo ya me encontraba rendida, al borde del desmayo y él era capaz de mantener una erección mucho más firme que al inicio de la noche.
Al acercarnos de nuevo a la cama y percatarme que el tubo -de la misma marca que los condones-, no contenía pasta dentrífica, le pregunté:
-¿Y esto?
-Lubricante, y de los buenos.
-Oye, ¿acaso piensas que a mis años preciso que me lubriquen?
-Puede que lo piense y lo acabes pensando tú.
-A ver, a ver, ¿qué quieres decir? No estarás planeando penetrarme por detrás.
-Esta noche es de sorpresas y las sorpresas si se explican pierden su carácter de sorpresa.
-Pero es que no me gustaría que me penetrases por ahí.
-¿Cómo lo sabes?
-Lo intuyo. Y a propósito, no me has dicho nada de mi nuevo look, ¿te gusta?
-Estás monísima.

Ciñó mi cintura, me estrechó con fuerza, tiró hacia arriba de mí para izarme y crujieron mis huesecitos mientras me besaba con una especie de rabia que hasta entonces no había empleado. Reconozco que no supe cómo reaccionar y me quedé un poco entre sorprendida y tonta, permitiéndole que me estrechara cómo y cuánto le apeteciese.
Luego giró mi cuerpo ciento ochenta grados y con una de sus manos en mi pelvis y la otra en la nuca dobló mi cuerpo para que apoyase los brazos en el borde de la cama mientras uno de sus pies se introducía entre mis piernas hasta que casi me obliga a abrirme en espagat.
Las descargas de dopamina en mi núcleo accumbens (donde se encuentra el centro del placer, según estudios de mi carrera) debían encontrarse en niveles máximos.
A pesar de sus amenazantes insinuaciones, me dije, “seguro que quiere repetir conmigo la experiencia de la otra noche cuando me puso a cuatro patas, y tanto me había gustado”. Pero acercó sus dedos húmedos y gelatinosos a mi orificio anal, comenzó a frotarlo y las caricias me resultaban tan deliciosas que, cuando quise impedirle (¡lo juro!) que me penetrara por ese sitio, ya era tarde.
Aún procuré mantenerme tranquila. Y hasta cierto punto lo conseguí. Aunque solo mientras la puntita suave del condón que protegía el glande de su pene penetró en mi ano y yo contraje con fuerza los glúteos.
-Relájate, preciosa –me dijo mientras me acariciaba en la zona del pubis, presionando para que nuestros cuerpos acortaran distancias...

CONTINUARÁ

martes, 3 de marzo de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

   Si alguien me insinúa una propuesta parecida aun manteniendo una relación estable, lo hubiera tachado de imbécil, en cambio con la de mi ligue de aquellos dos días, comencé a sentirme muy bien. Atrevida incluso. 
   Elegí el lápiz del carmín más vivo para mis sensuales labios y para los ojos sombras oscuras. Me apliqué una línea negra sobre las pestañas superiores con un pincel, procediendo a conciencia, convencida de no detenerme hasta que consiguiera la imagen deseada. La alargué hacia arriba –puede que demasiado-, pero con pulso firme y varias aplicaciones para que tomase color. Cuando me pareció que me agrandaba y elevaba el ojo, guiñé al espejo y sonreí. Con el mismo entusiasmo me apliqué en el párpado de abajo. Nunca había rizado mis pestañas, pero sólo por el gusto de utilizar el rizador de la esposa de mi ligue -juraría que de oro-, decidí rizarlas, con unos resultados muy positivos. Cargando bien la máscara en la raíz iba subiendo y ladeando una, dos…cuatro o cinco veces, hasta conseguir volumen en ellas, un increíble efecto de pestañas postizas.
   Nunca hubiera imaginado mis habilidades de maquilladora. Me veía muy guapa aunque con un ligero aire de vampiresa.
   Iba a dejarlo ahí. Pero ya que a mi deseado profe le gustaba verme pintada, y consciente de los muchos motivos que me asistían para complacerlo, apliqué con brocha una base de maquillaje en las mejillas y sobre los huesos de los pómulos un colorete de rubor en rosa, que había oído que iba muy bien a pieles tan blancas como la mía. Intuía que tanta pericia de chica guapa iba a ponerlo a cien, pero a esas alturas ya lo único que me importaba era insuflarle ánimos lo más vivos posibles y que me los devolviera con creces.
   Cuando me presenté a la puerta del baño, él se secaba con una toalla de grandes dimensiones, envuelto en una nube de vaho. Me miró muy sorprendido. No lo podía ocultar. En silencio se me acercó, tomó mis brazos entre sus manos mientras caía la toalla al suelo y desde la distancia volvió a mirarme con unos ojos que brillaban como si los estuviera iluminando una poderosa luz.
-Vaya, estás preciosa –dijo alargando las sílabas intencionadamente. Observé cómo sin establecer el mínimo contacto ninguna otra zona de nuestros cuerpos, su pene se elevaba majestuoso como un príncipe.
-¿Permites que te diga una travesura?
-Cómo no te lo voy a permitir.
-No te lo tomes a mal, pero pareces una traviesa y encantadora putilla.
-Oh, no me digas cosas tan feas.
-Te lo digo como uno de los piropos más sinceros, porque con esta seductora imagen se la levantarías al hombre más frío e insensible, incluyendo a impotentes o gays.
-Me encanta cómo sabes conseguir que hasta las obscenidades más cochinas suenen en tu boca como deliciosos halagos.
   Aquella noche me quedaría a pasarla enterita con él. Dormimos juntos e hicimos varias veces el amor. Hasta que me quedé dormida de puro agotamiento. En un principio con la misma ternura, con las sabias maneras que empleaba para acariciarme, para decirme bonitas palabras mientras me poseía, o explorar mi cuerpo con la astucia de un niño moderadamente tímido pero muy curioso. Sin importarle que sus labios se tiñeran de carmín, porque luego me los pasaba por el abdomen, las piernas o los senos para cubrirme de manchitas rojas a mí.
   Aunque en honor a la verdad, mi penúltimo orgasmo sólo lo consiguió con su lengua y sus dedos medio e índice. No voy a quejarme porque disfruté mucho más de lo que imaginaba. “¿Y el chaval de dieciocho?”, le pregunté en broma. No parecía que le gustara demasiado mi observación. Pero nos estrechamos en un cálido abrazo y le susurré al oído, “me encanta todo lo que me haces”.
-En realidad, ¿cuánto tiempo llevabas sin que te echaran un polvo, chiquilla?
-Uuuuumh.
-No irás a decirme que se trata de tu primera vez.
-Casi –le respondí, poniendo boquita de mimos. Sabía que ese tipo de confesiones les encantan a los tíos.
-No me extraña entonces que andes por ahí tan ávida de sexo.
-No ando por ahí –protesté.
-No te preocupes, me gusta. Nadie podría recibir en estos momentos un regalo más rico y valioso que el que estoy recibiendo yo. Me conmueve desflorar a una chiquilla tan candorosa, bonita e ingenua como tú.
Rocé con mi vientre en el suyo y colocando mis manos sobre sus nalgas procuré aproximarme todo lo posible porque ansiaba sentirlo cerca, aunque se hallara relajado, para mi gusto en exceso.
-Siento desilusionarte. Y ya que mencionas las flores –le susurré- he tenido un novio.
-No lo estropees.
-No, éramos unos críos y apenas salimos dos meses.
-En esas condiciones acepto.
   No consideraba que procediera contarle ninguna otra de mis bonitas relaciones. Y me quedé dormida abrazada a su cintura, con mi cabecita loca llena de grillos sobre su brazo derecho que me ceñía como si nos quisiéramos tanto que ni una fiera tormenta ni un huracán, ni siquiera un tsunami lograrían separarnos aquella noche...


miércoles, 18 de febrero de 2015


EMOCIONES...

A las ocho menos cinco, después de la tarde odiosa que había tenido que soportar, vislumbré tras los cristales del escaparate a mi chico y, recobrando de golpe la alegría, le hice señas con la mano para que pasara.
Nos dimos dos besos. Las impertinencias de mi última clienta y del marido de la jefa me pusieron muy cariñosa, aunque suelo ser cariñosa sin ayudas extras.
Esa tarde, mi profe vestía con un estilo deportivo, cazadora de ante en tono marrón claro, polo verde de Lacoste, náuticos y pantalón de lino en negro. Me pareció aún más guapo que con traje.
Aunque la distancia de la floristería a su casa no llega a un quilómetro pasó a recogerme en su flamante automóvil. Me sorprendió, porque no me pegaban en él ese tipo de gestos ostentosos. Pero me halagaba que un hombre de su clase quisiera impresionar a una chica como yo. Entramos al garaje para subir directamente a su apartamento sin pausas. Sus modales, delicados todavía, me resultaron un poquito autoritarios con respecto a la noche, como si pensara que haberme echado unos magníficos polvos le otorgaba algún poder sobre mí. Mentiría, sin embargo, si digo que me sentía molesta cuando me indicaba, sube, vamos, entra, o, tomándome de la cintura en el ascensor, me besaba en la boca sin tan siquiera haberme tocado antes, como se dice, ni un pelo. Y es que reconozco, sin falsas excusas, que desde que mis nalgas se posaron sobre el cálido asiento de cuero climatizado de su coche, no sólo las caras internas de mis muslos, sino mi propio clítoris (¡dios mío!, dije entonces, ¡qué vergüenza!) comenzaron a temblar y me sentí tan excitada y húmeda que, aunque parezca un poco tonta, tuve miedo a ensuciarle la inmaculada tapicería de un azul cielo casi blanco de su deportivo. De hecho, coloqué las manos entre las piernas y las apreté muy fuerte como si ese gesto me sirviera de alguna ayuda para controlarme.
Creo que se percató de lo que me sucedía, porque acercó su mano a mis rodillas y dijo:
-Tranquila, cariño, te veo un poquito nerviosa.
-No estoy precisamente nerviosa –le dije.
-Imagino como estás.
Y todas las tonalidades del rojo encendieron mi cara como siempre que algo imprevisto o malicioso me sorprende.
Cuando entramos en su lujoso apartamento, reposaban sobre la mesa cuadrada de su comedor, decorada con mantel y dos velas de luz eléctrica, varios platos para una cena fría que había encargado a un servicio de cáterin. Abrió una botella de vino blanco también muy frío y nos sentamos, mirándonos a los ojos como dos amantes. En una mano elevó su copa y con la otra mi barbilla, para decirme, “brindemos”.
Yo, que apenas probaba alcohol, bebí tres o cuatro copas a lo largo de la riquísima cena de la que no dejé ni pizca en el plato.
-Me encanta verte comer con ese apetito engañoso ¿Podrías explicarme donde metes todo lo que comes?
-Adivina.
-Imagino que lo distribuyes con exquisita precisión a lo largo de ese precioso cuerpo. Pero descuida, lo descubriré esta noche.
Sonreí.
Tras el último sorbo, me invitó a que me pusiera en pie entrelazando sus dedos a los míos. Me besó mientras ceñía mi cintura. Y allí mismo me indicó que elevara los brazos por encima de la cabeza para facilitarle que sacara mi jersey fucsia de pico. ¿Pensará que estoy demasiado caliente?, pensé. Lo cierto es que seguía ruborizada aunque entonces sobre todo a causa del vino. Pero no pretendía refrescarme. Comenzó a desabotonar los botones de la blusa y se sorprendió con gusto de que no llevara sujetador y yo me puse aún más colorada cuando insinuó los motivos de su sorpresa, que no me atreví a negarlos, aunque mientras me duchaba a primera hora de la mañana intenté convencerme de que no volveríamos a vernos.
Sólo sintiendo los roces voluntarios e involuntarios en mi piel ya me estaba incendiando y me sentía muy excitada, húmeda antes incluso de que me bajara la falda y las preciosas braguitas de las que tampoco precisé explicarle la buena excusa para elegirlas. El muy pillo situó todos sus dedos bajo el elástico, apuntando las yemas hacia mi vientre, y comenzó a girarlos, primero en círculo y luego en espiral, consiguiendo así bajármelas con infinita lentitud y delicadeza. Cuando llegó a la hendidura de las nalgas, apoyó sus manos y me atrajo impetuosamente hacia él.
-Ohhh –dije, suspirando. Pero me hallaba tan aturdida que no supe reaccionar e incapaz tan siquiera de abrazarlo, permanecí completamente inmóvil, permitiéndole que actuara a su entero capricho (para eso es el profe, pensé con cierta malicia).
Mientras me las seguía bajando, me rozaba a propósito la cara interna de los mulos, las pantorrillas y las plantas de los pies (los zapatos los arrojó lejos como si le estorbaran), pero cuidándose muy mucho de no tocarme siguiera uno de los pelitos que cubren mi sexo.

Cuando ya me tenía completamente desnuda, colocó ambas manos en torno a mi cara y me besó en los labios con fuerza...

lunes, 16 de febrero de 2015


EMOCIONES...

En segundos, sin embargo, regresó junto a mí, se tendió en la cama, me tomó por la cintura y, colocándome amorosamente sobre su cuerpo (peso como una pluma) me estuvo besando con besos de los más cariñosos que haya recibido (incluyendo los besos en la infancia de mi cariñosa mamá), hasta que saciada de besos y caricias consideré que había llegado la hora de irme.

Se le veía también completamente rendido y no insistió para que me quedara, aunque se levantó para acompañarme hasta el salón donde mi ropa se esparcía sin orden por el suelo. Mientras contemplaba cómo me vestía, comentó de nuevo lo apasionada y encantadora que soy y que nunca había disfrutado con nadie como conmigo. Lo creí, pero no pude evitar una pregunta traviesa.
-¿Ni con ella?
-Ni con ella.
Y entonces me acerqué para colgarme de su cuello, me puse de puntillas y le estampé un encendido beso en los labios.

No se lo esperaba. Y le gustó. Permanecía desnudo e imagino que no pudo evitar que su pene hendiera el vaporoso tejido de mi falda que inmediatamente me subió por detrás, arrebujándola en la cintura. “Dios mío”, pensé, “por qué me habré mostrado tan impulsiva”, aunque en el fondo me sentía encantada con su respuesta.
Me arrastró unos pasos para apoyarme el culito sobre el cuero del respaldo posterior del sofá y, como aún no me había vestido las braguitas, me tomó de los muslos con sus presurosas manos y, tras elevarme unos centímetros, me penetró sin otros preliminares. Con un golpe seco y único.

Entonces sí grité sin reprimirme, completamente embriagada, como si me encontrase tendida en un campo de azucenas inhalando sus ricas fragancias, tan intensas en medio de la noche. Mi cuerpo, en el que entraba con prisa, ardía, rojo y azotado por bruscas convulsiones. Ceñí su cintura con mis piernas. Mis manos colgadas de su cuello. Y las suyas presionando en mi culito que amenazaba con derretirse con cada una de sus embestidas.
Terminamos en apenas dos minutos, uno de esos polvos rápidos y apresurados que también era nuevo para mí, y juro que me encantó porque en ese momento tampoco me lo esperaba y, aunque se corrió un poquito pronto para mi gusto, no sólo me llenaba la dulce gratificación de proporcionarle tanto placer sino que me sentía verdaderamente dichosa. Además aquella noche me apetecía sentirme tan deseada por un hombre que consideraba por encima de mí en numerosos aspectos.
Mientras me ponía las bragas, lo miré, desnudo y hermoso a un palmo de mis narices, y de nuevo me subieron los colores y me invadió una incómoda pero agradable sensación de vergüenza por haberme comportado desde un principio como una auténtica viciosa con él. “¡Dios mío”, quise decirle, “yo no soy así”. Pero solo le dije:
-Ahora sí que me voy.

Nos despedimos ya cerca de las primeras luces del crepúsculo, casi en silencio, sin promesas de nuevas citas. Se ofreció para acercarme a casa en su coche, un biplaza deportivo en el que me sentaría a la tarde siguiente, pero le dije que gracias, que no era necesario.
-Si quieres te puedes quedar a dormir. Conmigo. O en una cama para ti sola.
La que movía ahora la cabeza en sentido negativo era yo, aunque sonriéndole para transmitirle lo contenta que estaba.
Como se me había pasado el efecto del cóctel y mi femenina excitación se encontraba perfectamente satisfecha, me planteé que lo mejor para una chica de veintitantos años que a todo el mundo parece mucho más joven era olvidarse de aquel hombre casado que casi me doblaba la edad y que, como mucho en unas semanas, recibiría con ostensibles muestras de cariño a su adinerada y bella esposa.
Nos besamos en los labios a la puerta de su lujoso apartamento, me palmeó el culito –algo que le encantaba, por lo visto- y bajé corriendo las escaleras.
De algún modo, prefería ese tipo de despedida...



sábado, 14 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Se lo dije. Le dije que no lloraba de pena, sino de felicidad. Y él, por primera vez en la noche, sonrió, acarició dulcemente mis mejillas con las yemas de sus dedos y, apoyándose en los codos para no lastimarme, aceleró el ritmo de sus embestidas, deteniéndose cuando me llegaba más adentro y girando suavemente sobre mí antes de reiniciar una nueva de serie de penetraciones que me volvían loca de gozo. Tuve que morderme los labios porque aún no me atrevía a chillar, pero me aferré a su cintura con una fuerza que nadie supone en alguien tan flaquita como yo. Me aterraba que pudiera salirse cuando más lo deseaba golpeando y derritiendo mis entrañas. En los escasos momentos que me lo permitía incluso elevaba mi pelvis para sentirlo como si formáramos parte del mismo cuerpo.

-¿Es ésta la chiquilla ingenua con cara de no haber roto nunca un plato?
Yo le respondí apretando con más ganas aún y suplicándole únicamente:
-No pares, por favor, no pares.

Y él continuó poseyéndome como si aquellas palabras mías le hubieran otorgado unos poderes de los que hasta entonces carecía.
Mientras me penetraba una y otra vez saciando mi cuerpo de dicha y plenitud y me conducía al primero de mis clímax, me sentí extenuada como un pajarillo que vuela demasiado alto y luego se precipita al vacío. Solté su cintura y extendí los brazos sobre las sábanas, cerrando de nuevo los ojos para concentrarme en aquellas sensaciones. La romántica Penélope se imaginó los pétalos de las encendidas rosas que habíamos enviado entre los dos a su mujer aquella misma tarde, derritiéndose entre mis piernas y enviando su esencia y aroma hacia un espacio tan íntimo y profundo que resultaba sagrado el deleite en que yo me deleitaba. En que me deleitaba el guapísimo profe de lengua. “Oh, Dios mío”, musité para mis adentros, “que esto no acabe nunca”. Ya completamente abandonada a sus caprichos y hábiles maniobras de amante aunque apoyando todavía mis pantorrillas en la parte posterior de sus muslos incansables golpeando contra mí como si pretendiera partirme en dos.
Por fortuna, las buenas nuevas continuaron regocijándome más allá de lo previsible.

Cuando pensé que había terminado, aunque no recordaba los bombeos de su semen a lo largo de mi vagina porque salía de mi cuerpo en el momento justo en que yo me aproximaba a los límites máximos de excitación, indicó que me colocara de rodillas, a cuatro patas como una perrita. Ansiaba preguntarle los motivos de su abandono, pero antes de que me salieran las palabras comprendí que no pensaba abandonarme. Situado detrás, de pie fuera de la cama, se inclinó y sus manos acariciaron mis senos, luego el vientre y las ingles de las que tiró para que nuestros cuerpos se acercaran.
Ya había recobrado mis bonitas sensaciones previas a su salida cuando sus dedos medio y corazón comenzaron a trazar suaves y pequeños círculos sobre mi inflamado clítoris a la vez que me penetraba hasta muy adentro. Su pene era como él, delgadito pero largo. Desde un principio lo consideré de las dimensiones adecuadas para una chica como yo. Y, sin falso orgullo, puedo presumir de lo certero de mis pronósticos.

Gritamos. Yo, de manera más escandalosa. Después de tantos esfuerzos reprimiendo mis gritos, necesitaba gritar.
Reconozco que los gemidos que salieron aquella noche de mi boca mientras entraba, salía y entraba de nuevo para demorarse el muy pillo buscando puntos sensibles en zonas tan profundas que nunca imaginé que existieran en el cuerpo femenino, me habrían asustado a mí misma si los oigo en labios de otra mujer.
Si alguien o algo no lo remediaban en segundos, iba a estallar de gozo desde el pubis a la cabeza. Los brazos ya no me sostenían y los estiré a lo largo de la cama para agarrarme al borde del colchón. Él, ajeno a mis gemidos, continuaba golpeando contra mis nalgas, no muy fuerte pero con una constancia infinita, generando un sonido rítmico que en uno de mis silencios me gustó como la más adorable de las músicas.

Ya había disfrutado de un primer orgasmo y luego otro cuando lo sentí correrse hasta el fondo de mi vagina y, en cambio, nuevas contracciones me ayudaron a incorporar de nuevo la cabeza, curvando la espalda para sentirlo lo más cerca posible, y chillé y chillé como una auténtica loba antes de desplomarme de bruces sobre las sábanas cuan larga soy, con brazos y piernas muy abiertos.
-Eres realmente deliciosa follando, Penélope.
Me dio un azote de mentirijillas en el culo y me dejó allí tirada, suspirando aún de gozo y agotamiento, para dirigirse al cuarto de baño (imagino que quería confirmarme los exquisitos cuidados de su higiene íntima)...



miércoles, 11 de febrero de 2015


EMOCIONES...

Luego nos miramos, me recogió el pelo detrás de las orejas y apoyó mi cara en su pecho mientras me acariciaba la melena y yo lo ceñía por la cintura. Podría haberme retirado a causa del sonrojo cuando comprobé cómo su miembro crecía y continuaba poniéndose duro bajo la presión de mi abdomen, pero, como no alcanzaba a verme los colores, seguí apretando y apretando (¡fuerte!, ¡muy muy fuerte!)), como si pretendiera demostrarle todo mi cariño, aunque lo que deseaba era otra cosa. Hasta que elevando mi barbilla volvió a besarme y decidió que debíamos separarnos.
Es precioso. Y delicado”, pensé. “Y me desea”. Me sentía muy emocionada.

Las yemas de sus dedos aún trazaron un semicírculo a lo largo de mi frente, sien y mejilla. Me atreví a elevar la cabeza para mirarlo. Con ojitos húmedos que imagino revelaban tanta sorpresa como súplica mientras deliciosas hormigas revoloteaban en mi estómago, alcanzando en segundos la delicada zona del pubis y los pliegues de mis labios mayores. Todo mi cuerpo era un volcán en erupción. Me tomó de la mano como se haría con una niña que se conduce por una senda sinuosa u oscura y dijo:
-¿Vamos?

El corazón me latía tan fuerte que no pude responderle. Eso sí, avancé a su lado hasta situarnos al borde de la cama. Flexioné las rodillas para que pudiera tomarme en brazos, y me depositó con la delicadeza que un orfebre colocaría en su expositor la más preciada de las joyas, sobre aquella cama de matrimonio (una cama de estilo antiguo con barrotes de bronce) que compartiría con su mujer -a la que en un alarde de masoquismo quise imaginarme guapa, sensual y elegante como una modelo-. Si me preguntan juraría que entraba en el paraíso.
Aún me ayudó a colocarme en la postura que le apetecía tomando mis hombros entre sus manos, y luego me separó las piernas, me recorrió uno de los muslos hacia arriba y con las yemas de sus dedos separó los pelitos de mi pubis como si se tratara de una maniobra necesaria antes de penetrarme. Cerré los ojos y me mordí un labio.
-Eres preciosa, Penélope.

Apenas si podía moverme cuando todo mi interior se agitaba en un auténtico torbellino. Pero entorné ligeramente los párpados para sonreírle. Permanecía de pie, mirándome con increíble expresión de deseo.
Ya tendida sobre la finísima sábana, me besó en la frente, luego en la base del cuello y en los hoyos de mis clavículas.
Las suaves sensaciones y el orgullo por lo que me estaba sucediendo no paliaban la falta de aire y comencé a inspirar profundo (muy muy profundo).
Completamente inmóvil, salvo las paredes de mi tórax que se expandían a cada bocanada, percibí la punta de su dedo índice acercándose de nuevo a mi sexo y presionando sin introducirse en mi vagina que, en cambio, se abrió como las valvas de una ostra. Los ojos se me volvieron a cerrar y se me escapó entre dientes, otro de mis débiles “¡ay!”, porque no sabía qué decir, o puede que quisiera usarlo de contraseña para indicarle que podía avanzar con ese dedo, que me había gustado mucho cuando me lo introdujo en el salón. Pero el muy listo, en lugar de metérmelo, acarició en círculos realmente mágicos sobre mi clítoris, que percibí cómo crecía obligándome a moverme hacia arriba de puro gusto.
Se había situado con ambas rodillas a mis costados. Descendiendo su boca hasta mi oído susurró cuánto me deseaba y también dijo:
-Me encantan las chicas que sabéis disfrutar.

Al oírlo abracé instintivamente con todas mis fuerzas su cuerpo alto y esbelto que casi flotaba sobre mis muslos, mi vientre, rozando con su tibia piel en mis pezones que volvieron a ponerse tan duros y sensibles como cuando le había soltado la cadena del cuello. Rodeé sus piernas con las mías y, mientras me penetraba con una delicadeza propia de los ángeles, se me escaparon las lágrimas.

-¿Qué sucede, cielo? –me preguntó-. No llores-, pensando que lloraba porque me sentía dolida o poco satisfecha con su manera de amarme, cuando en realidad lloraba de alegría recordando los meses que llevaba sin mantener relaciones sexuales con un hombre y dándole las gracias a Dios porque aquel catedrático de finos modales masculinos supiera lo que debe hacerse con una chica para que se sienta feliz. Completamente feliz...

martes, 10 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Intuyendo la zozobra en que me debatía, acarició con ternura las raíces de mi pelo, la sensible zona detrás de mis orejas, mis hombros desnudos, y comentó:
-Causa un poco de miedo acariciar esta piel tan fina y tan blanca, pero cuando te sonrojas se me quita el miedo. Eres la niña más dulce y encantadora que he visto en toda mi vida.
Iba a reprocharle que me llamara niña, pero lo miré y se me puso un nudo en la garganta.
-Eso también tienes que quitarlo –me dijo.

No me atrevía a bajarle los calzoncillos, unos slips ajustadísimos que dejaban muy poco espacio a la imaginación –con alas o sin ellas-. Pero, como el resto de la noche, obedecí, aunque para estimularme comencé a besarlo en el pecho mientras mis deditos de niña –ellos sí, largos pero tan finos como los de una niña- descendían temblorosos por sus piernas suaves, depiladas como las de una mujer.
Aunque parezca increíble fue ese el detalle que más me excitó, considerando que ya estaba excitada como una conejita muy viciosa.
Recuerdo que me situaba de rodillas para terminar de quitarle el slip cuando apoyó sus manos en mi cabeza y, con una voz entre autoritaria y amable a la que poco a poco me iba acostumbrando, sugirió:
-Ya que estás en esa postura, podrías probarme.
Me quedé helada. Mis manos buscaron sus muslos como punto de apoyo y, recobrando algunas fuerzas, le dije:
-Profe, por favor, no me pidas eso.
-Te aseguro que cuido de la higiene de mis partes íntimas tanto y más que de otra cualquiera.
-No lo dudo, pero es que… No sé cómo explicártelo… Compréndeme, por favor te lo pido.

Aunque para compensarle por mi negativa, acerqué a mis labios su endurecido y limpísimo pene y se lo besé. Desde la punta hasta que mis pestañas rozaron el vello de su pubis.
En ese preciso momento, después de varios besos y mientras lo seguía mirando con verdadera carita de lástima, llevó sus manos a mis axilas y con un enérgico impulso me elevó en el aire. Nuestras bocas se encontraron a la misma altura. Antes de que mis pies tocaran en el suelo, me besó y yo me abracé a su espalda con todas mis energías de chiquilla valiente. Tanto que mis pechos se estrujaban contra su pecho y los latidos de nuestros corazones se confundían latiendo uno sobre el otro.
Tan agradecida me sentía que, venciendo mi timidez, me atreví a susurrarle al oído:
-Perdóname que sea una boba. Tienes que darme tiempo.
-Te voy a dar todo lo que tú quieras y un poquito más.
Me gustaba que me hablase en tono pícaro. Volvimos a abrazarnos como si deseáramos rompernos, yo combando adrede mi cintura hacia delante para sentirlo cerca, casi dentro de mí, y él sosteniéndome por las nalgas y restregándose con tanta lentitud que mis pezones se pusieron duros y me derretía en la entrepierna. Le suspiré al oído porque no me atrevía a pedirle que me penetrase ya...

lunes, 9 de febrero de 2015


EMOCIONES

Me sentía muy contenta en sus brazos aunque con los nervios estallándome en numerosas partes del cuerpo como si, aún virgen, me encontrara a punto de perder mi virginidad con un hombre al que sólo conocía de aquella misma tarde enviando un ramo de flores a su esposa. Un hombre maduro, guapo guapísimo, con mucha clase e imagino que experiencia con mujeres y que, aunque se mostraba tan delicado conmigo, seguía provocándome una extraña mezcla de miedo y excitación que me conmovía hasta los tuétanos.

Cuando llegamos al dormitorio me depositó sobre una alfombra suave con largos hilos de lana y dijo:
-Ahora quiero que me quites la ropa.

Sentía un comprensible pudor. Desnudarlo me provocaba fantasías como si lo fuese a violar. Iba a sugerirle que se desnudara solo. Necesitaba acudir al baño con urgencia. Me habían entrado ganas de hacer pis y el hormigueo que descendía por mi cuerpo desde la nuca amenazaba seriamente mi equilibrio. Incluso se me nubló por unos segundos la vista como si me amenazara una ligera lipotimia debido a la tensión y a que no estoy acostumbrada a beber bebidas alcohólicas.
-¿Qué sucede? –me preguntó.
-Perdona. ¿Permites que entre un segundo al baño?
-¿Justo cuando más deseo que permanezcas junto a mí?
-Es que me meo, de veras.
Acarició suavemente mi melena -sonriendo con sonrisa pícara-, luego mis enrojecidas mejillas, y dijo:
-Anda, corre, pero no tardes.

Mientras me giraba, me palmeó el culito y yo dije, “ay”, pero tan orgullosa que a punto estuve de alejarme corriendo dando brincos de locuela.
El cuarto de baño era más grande que mi dormitorio, con sauna, jacuzzi y una ducha en que entrarían seis o siete personas. Casi me daba reparo sentarme en la taza, y con los nervios me costaba que saliera el pis.
-Vamos, cielo –chilló desde la habitación en un tono casi de burla- que vas a quedarte fría.
Hasta el papel higiénico era tan suave que apenas sentía que me limpiaba.
Regresé a su lado, dispuesta a portarme como una chiquilla obediente. Nos miramos. Aunque me temblaban los dedos, fui desabrochando los botones de su camisa. Luego le apoyé las palmas de mis manos en pecho y hombros que, a pesar de que es muy delgado, me parecieron firmes y duros como si los sometiera a intensos ejercicios físicos, y se la fui deslizando con una lentitud no premeditada (¡lo juro!) hasta que cayó al suelo.

-Eres muy buena desnudando.
Me subieron por enésima vez los colores a la cara, pero le respondí:
-No creas que tengo mucho entreno desnudando.
-Pues improvisas de maravilla –. Bajó el tono de voz y, casi en susurros, me dijo: -Ahora toca la cadena.
Embelesada como una boba muy boba, levanté los brazos para alcanzarle el broche de apertura en la zona posterior del cuello.
-Vaya, no parecía que fueras tan alto –le dije, y al decirlo, las puntas de mis pechitos rozaron como por descuido en su pecho y, para mi sorpresa, comprobé cómo se estremecía en un breve pero entrañable respingo. No se lo esperaba. A mí se me pusieron muy duros los pezones y, aunque coquetamente tímida, porfié algo más de lo necesario con aquel broche, teniendo en cuenta lo habilidosa que soy.
Mis neuronas se estaban alterando. Muy contenta. Deseaba abrazarlo pero como soy muy tímida no me atreví.
Le entregué su cadena de oro, que arrojó con displicencia a un sofá, y luego condujo mis manos a la hebilla de su cinturón. Tampoco me resultó demasiado difícil soltárselo, pero el sonido de los dientes de la cremallera de sus finos pantalones mientras se la bajaba, aceleraron el pulso de mi sangre a la altura de las muñecas (¡Dios mío!, exclamé para mis adentros, ¡cuántas nuevas sensaciones en una sola noche!)...


miércoles, 4 de febrero de 2015

Emociones íntimas


EMOCIONES...

A punto estuve, de que se me saltaran las lágrimas. 
Algo tímida aún me abracé a sus piernas, firmes y poderosas como las columnas de un templo antiguo. Resultaba muy agradable ceñirse a unas piernas así. Y también muy provocador que actuara como un experimentado amante con la ingenua criatura a quien regala su experiencia de iniciación, susurrando a mi oído palabras tan provocativas, tan sucias que sólo su recuerdo me produce cierto sonrojo, aunque aquella noche me encantaba oírlas.
Me puse muy nerviosa sentada sobre su cama mientras él se mantenía erguido y desnudo ante mí. Los latidos de mi escandaloso y pobre corazón sonaron con el estrépito de un rifle. Aunque incluso en películas había visto hombres atractivos desnudos, un cuerpo tan hermoso –lo digo sin soberbia- no tiene una la suerte de contemplarlo cada día. Y mucho menos con un miembro viril que sólo con mirarlo sería capaz de trastornar a la chica más templada. Me daba un poquito de miedo. No porque sea una tonta pensando que iba a hacerme daño con él –que podría-, sino porque me pareció tan bello, provocativo y arrogante que desconfiaba de mis fuerzas para situarme a su altura. Cuando me pidió que se lo besara se me encendieron como tantas veces en la noche los colores, miré al suelo, a sus poderosas piernas, al vello negro de su pubis, y la mano me temblaba como a una pobre ancianita.
Me faltaba aire –a pesar de las considerables dimensiones de mi boca- y los dos creímos que me iba a desmayar.
Digo que los dos porque tras mis tímidos besos, se colocó de rodillas y, acariciando mi carita de niña buena, me sonrió con la sonrisa más dulce del mundo.
-¿Tienes miedo?
-¿Por qué habría de tener miedo?
-Eso me preguntaba yo. ¿Entonces?
-Estoy un poquito nerviosa.
-Penélope, ¿no lo has hecho nunca?, ¿nunca has echado un polvo?, ¿nunca…
Bajé la cabeza, entre pudorosa y avergonzada.
-¡¿Eres virgen?!
-No, no soy virgen.
-Vaya, no me digas que algún hijo de puta ha abusado de ti.
Unas estúpidas lágrimas de las que no controlo cuando estoy nerviosa humedecieron mis párpados.
-¿Te han violado? –volvió a preguntarme como si no saliera de su asombro.
-No, gracias a Dios no me ha violado nadie. Simplemente soy una llorona y a veces se me escapan las lágrimas por muy contenta que esté. Creo que no esperaba encontrarme un hombre tan atractivo y cariñoso en esta época de mi vida y me has emocionado.
-Me alegro.
-Deduzco que llevas tiempo sin hacerlo.
-En eso sí que aciertas.
-No te preocupes, no te preocupes. Te compensaré.
-Anda, bobo.
Y sin detener las caricias que deleitaban y derretían mi cara, me besó y me estuvo besando más tiempo del que nunca me habían besado. Con ternura. Con apasionada ternura...



martes, 3 de febrero de 2015


EMOCIONES...
Nos habíamos detenido a los pies de la cama, Leo desnudo pero yo aún con las braguitas que no le había permitido quitarme en el pasillo, un poco sonrosados los dos, sonriendo. Se colocó detrás, apoyando sus manos en mi vientre, de modo que sus pectorales rozaban en mi espalda, sus muslos en mis muslos y su sexo, ya en un punto rebelde difícil de dominar, buscando acomodo entre la ranura de mis nalgas donde con suma delicadeza había escondido previamente la tira trasera de las braguitas. Le apreté las manos e intentó besarme en la boca, con lo que nuestros cuerpos estrecharon su contacto. Hubiera querido volverme pero aquella postura me gustaba tanto que prefería mantenerla mientras fuese posible.
A través de una amplia ventana sin cortinas penetraban las primeras luces de la noche y una hermosa luna llena.
-Me encanta la luna.
Leo, sonriendo, me preguntó:
-¿Prefieres que no encienda la luz?
Limité mi respuesta a encogerme de hombros.
Sin embargo, decidió acercarse a encender una lámpara. La lamparita también se las traía, con su tulipa de plástico decorada con dibujos eróticos en colores chillones. Y como remate, sobre el cabecero un óleo de un pintor muy poco creativo en el que una mujer a tamaño natural descansa desnuda y de espaldas a nosotros, tendida sobre la hierba en la orilla de un río en postura reflexiva, como meditando sobre la conveniencia o no de bañarse.
Los espejos –pensé-, al menos ofrecen la ventaja de que podemos contemplarnos mientras nos abrazamos, o bailamos un fingido baile, o intercambiamos besos y caricias íntimas, y podría resultar excitante.
Aunque si todo aquello le gustaba al atrevido de Leonardo, por qué no habría de gustarle a la soñadora Penélope.
De regreso junto a mí, con la pobre luz entre azulada y rojiza iluminando su bello cuerpo desnudo, apoyó sus manos en mis hombros y sus labios rozaron en los míos.
-Estás para comerte –dijo mientras me acariciaba las mejillas -esta preciosa carita de muñeca-, y me levantaba la cabeza para mirarnos a una distancia de auténtico peligro.
Yo me estremecía.
El agua de la lluvia, que había cesado, comenzó a golpear de nuevo en los cristales, en los toldos de los comercios, en las farolas bajo cuya luz parecía especialmente copiosa.
Me acurruqué y sus ojos me dirigieron una mirada pícara que yo quería interpretar como sensible, con sus buenas dosis de ternura y amor. Sin embargo, siendo sincera y sintiéndome con fuerzas suficientes para sostenerle la mirada, aquella manera suya de mirar contenía un mensaje único que hasta la más tontita de las tontas entiende: un deseo ardiente de follarme ¡Oh, Dios mío!
Me subieron los colores cuando esa idea penetró mi alma, aunque también me dejaba seducir por un cierto orgullo sintiendo sobre mi piel sus lujuriosas intenciones. Pero es que por mucho que quisiera explicármelo con palabras más románticas, no me salía.
Gracias que con la disculpa de lo mimosa que soy, pude apoyar la cabeza sobre su pecho, porque me temblaron las piernas, una catarata de estímulos sensoriales amenazaba con ahogarme y la consiguiente descarga de adrenalina me colocó al borde del desmayo.
¿Me quieres?”, le pregunté con una voz de ingenua total porque no sabía qué decirle (mejor dicho, sabía, pero no encontraba modos de expresarlo sin que se me cayera la cara de vergüenza).
Respondiendo con una sonrisa, Leo me tomó en brazos y me llevó en volandas para situarme sobre la cálida alfombra turca de motivos geométricos adquirida en uno de sus viajes con la doctora Gwendoline. Allí me rogó silencio posando su dedo índice sobre mis labios, retiró la colcha con el mimo con que hubiera desollado la piel preciosa de un animal salvaje y a continuación me hizo sentar sobre la sábana (ya completamente desnuda y tiritando de frío -o puede que a causa de las intensas emociones-).
Soy delgadita pero bien proporcionada y aunque mis pechos no son todo lo grandes que me gustaría, nunca me ha dado vergüenza que me vean desnuda. No digo que me vaya exhibiendo por ahí, que no lo hago. Pero tampoco se trataba de mi primera vez en la intimidad a solas con un chico. Sin embargo, me sentía tan aturdida y emocionada que cualquiera hubiese pensado que sí se trataba de mi primera vez.
-Me gusta tu cuerpo –dijo Leo.
-¿Cuánto te gusta? –le respondí por coquetear.
-Pareces tan frágil que se diría que en el instante más inesperado te pudieras romper y eso me pone.
-¿Siempre te muestras tan seductor con las chicas?
-Deberías preguntarme si alguna vez me he encontrado con una chica tan guapa y sexy como tú.
-Eres un cielo –le dije. No me importaba en absoluto el carácter interpretativo de ese piropo. Ni sus dosis de sinceridad. Me emocionaba oírlo. Apoyé mi carita de niña buena en su abdomen y él acarició mis ondulados cabellos, mis mejillas, mis sienes…



lunes, 2 de febrero de 2015

EMOCIONES...


...
PRIMERA NOCHE JUNTOS

Cuando aquella maravillosa noche llegamos a su apartamento, Leo giró la llave en el bombín de la cerradura de la puerta con sigilo, como si irrumpiéramos en propiedad ajena, apoyó una de sus manos en mi espalda para invitarme a pasar y, antes de decidirse a encender la luz, nos detuvimos en el pasillo bajo una humilde copia de “Los girasoles” de Van Gogh, una frente al otro.
Nos miramos y sus ojos despedían fuego, una codicia por poseerme que no hacía nada por disimular. Imagino que yo lo miraba con carita de mimosa, porque fue eso lo que dijo:
-Penélope, tienes una mirada tan dulce que le entran a uno ganas de comerte.
Le sonreí. Su mano había descendido varios centímetros hasta alcanzarme las nalgas.
-Tienes la falda húmeda –dijo.
-¿Qué esperabas?
Soltó el botón que la ceñía, bajó la cremallera y me la quitó. Pero no para doblarla cuidadosamente sino para arrojarla al suelo como si fuese un estorbo.
-¡Leo! –exclamé, y mis ojos se cerraron.
No supe reaccionar. Los nervios que se habían instalado en la zona alta de mi estómago, se convirtieron de súbito en inquietas hormigas danzando por el amplio espacio entre pubis y garganta y permanecí completamente inmóvil mientras la misma mano que me había dejado desnuda de cintura para abajo se colaba bajo el ribete de mis suaves braguitas de seda y acariciaba zonas muy suaves de mi piel. Me situé de puntillas y separé las piernas. Entonces me apoyó contra la pared, secó con las yemas de sus dedos libres el agua que me humedecía las cejas, colocó mis brazos de modo que colgaran de su cuello y tirando con la otra mano hacia arriba de mí, me besó.
Cuando paramos de besarnos se me escaparon varios suspiros encadenados. Me sentía sin fuerzas, pero muy excitada.
Leo no era de los que se andan con remilgos cuando desean a una chica. Mientras nos besábamos desabotonó los botones bien abotonados de mi chaqueta, me levantó la blusa y, en menos de diez segundos, liberó mis pechos de la presión del sujetador, el mismo sujetador con doble fila de corchetes que en varias ocasiones había requerido la ayuda de mi compañera de piso para soltarlo.
Se me quedó mirando con cara de sorpresa y una cierta congoja me encogió el estómago. Tengo los pechos pequeños y temí que no fueran a gustarle. Sin embargo, lo que le oí decirme fue:
-Oh, Pe, vaya pechitos preciosos.
Y acto seguido comenzó a besarlos y morderme los pezones, que se me pusieron duros. Deseaba que me poseyera. Allí, en el mismo pasillo donde se desataron de súbito todas mis emociones para convertirme en una conejita en celo. Pero tras besarlos, se incorporó, me traspasó con su poderosa mirada y me invitó a movernos.
Prácticamente desnuda y casi tiritando de frío, apoyó una de sus manos en mi cadera mientras nuestros torpes pies tropezaban o se pisaban y a punto estuvimos de caernos. Quiso tomarme en brazos pero me negué. Prefería caminar trastabillándonos, cogidos por la cintura, riendo como bobos e intercambiando besos que parecían robados.
-Nos vamos a matar –le dije en broma.
-Me encantaría que me mataras, pero con las armas que yo elija.
-En esas condiciones, prefiero que me mates tú.
-Descuida –me dijo sonriendo de la manera más bonita que se puede sonreír-, te voy a matar.
Sin embargo, llegamos a nuestro destino sanos y salvos, aunque un poco sofocados, respirando con esfuerzo y mi pobre corazón, que no acababa de adaptarse a las nuevas exigencias, a punto de salirse por la boca. Recuerdo que cuando entramos en su dormitorio me quedé entre sorprendida y contenta mirando la cama. Nunca había visto una cama tan grande. Imágenes veloces de lo que me esperaba allí cruzaron por mi mente e imaginé aquella habitación con cuanto contenía (incluidos los vulgares elementos decorativos), la antesala de los jardines del edén (comprendo que exagero –hoy, aquella noche no exageraba en absoluto-).
Una de las paredes se cubría de arriba abajo con espejos instalados, sin duda, con algún pícaro propósito por el granuja de Leo. Me atreví a preguntarle. Y su respuesta provocó que siguiéramos riendo como auténticos idiotas.
-Yo nunca me hubiese arriesgado con este tipo de decoración –le dije.
-¿Por qué no?
-Me parece un poco atrevida.
-¿Quieres decir hortera?
-Esa no es la palabra. Diría que eres un chico al que le encantan los riesgos.
-¿Cómo psicóloga?
-Como mujer. Las mujeres contamos con un sexto sentido para estas cosas.
Procuraba que la respuesta sonara simpática en mis labios, poniendo en práctica mis buenos modales, mi astucia femenina. Pero no creo que en aquellos momentos lo que le preocupase a él fuera mi opinión sobre su sentido de la estética decorando interiores...