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martes, 10 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Intuyendo la zozobra en que me debatía, acarició con ternura las raíces de mi pelo, la sensible zona detrás de mis orejas, mis hombros desnudos, y comentó:
-Causa un poco de miedo acariciar esta piel tan fina y tan blanca, pero cuando te sonrojas se me quita el miedo. Eres la niña más dulce y encantadora que he visto en toda mi vida.
Iba a reprocharle que me llamara niña, pero lo miré y se me puso un nudo en la garganta.
-Eso también tienes que quitarlo –me dijo.

No me atrevía a bajarle los calzoncillos, unos slips ajustadísimos que dejaban muy poco espacio a la imaginación –con alas o sin ellas-. Pero, como el resto de la noche, obedecí, aunque para estimularme comencé a besarlo en el pecho mientras mis deditos de niña –ellos sí, largos pero tan finos como los de una niña- descendían temblorosos por sus piernas suaves, depiladas como las de una mujer.
Aunque parezca increíble fue ese el detalle que más me excitó, considerando que ya estaba excitada como una conejita muy viciosa.
Recuerdo que me situaba de rodillas para terminar de quitarle el slip cuando apoyó sus manos en mi cabeza y, con una voz entre autoritaria y amable a la que poco a poco me iba acostumbrando, sugirió:
-Ya que estás en esa postura, podrías probarme.
Me quedé helada. Mis manos buscaron sus muslos como punto de apoyo y, recobrando algunas fuerzas, le dije:
-Profe, por favor, no me pidas eso.
-Te aseguro que cuido de la higiene de mis partes íntimas tanto y más que de otra cualquiera.
-No lo dudo, pero es que… No sé cómo explicártelo… Compréndeme, por favor te lo pido.

Aunque para compensarle por mi negativa, acerqué a mis labios su endurecido y limpísimo pene y se lo besé. Desde la punta hasta que mis pestañas rozaron el vello de su pubis.
En ese preciso momento, después de varios besos y mientras lo seguía mirando con verdadera carita de lástima, llevó sus manos a mis axilas y con un enérgico impulso me elevó en el aire. Nuestras bocas se encontraron a la misma altura. Antes de que mis pies tocaran en el suelo, me besó y yo me abracé a su espalda con todas mis energías de chiquilla valiente. Tanto que mis pechos se estrujaban contra su pecho y los latidos de nuestros corazones se confundían latiendo uno sobre el otro.
Tan agradecida me sentía que, venciendo mi timidez, me atreví a susurrarle al oído:
-Perdóname que sea una boba. Tienes que darme tiempo.
-Te voy a dar todo lo que tú quieras y un poquito más.
Me gustaba que me hablase en tono pícaro. Volvimos a abrazarnos como si deseáramos rompernos, yo combando adrede mi cintura hacia delante para sentirlo cerca, casi dentro de mí, y él sosteniéndome por las nalgas y restregándose con tanta lentitud que mis pezones se pusieron duros y me derretía en la entrepierna. Le suspiré al oído porque no me atrevía a pedirle que me penetrase ya...

viernes, 16 de enero de 2015

Sexy entrevista


ENTREVISTA XXXII
Me han encantado las historias de hoy, pero me decepciona un poco que habiéndose vestido tan guapa -imagino que en espera de que nos visitasen Álvaro y Héctor-, los muy capullos no se dignen aparecer.
PAULA- Lo lamento- se me escapa al despedirnos.
PENÉLOPE- ¿Qué lamentas, Paula?
PAULA- Que con lo estupenda que estás no puedan contemplarte nuestros pretendientes.
PENÉLOPE- ¿Me he perdido algo?
PAULA- Tonta, los chicos de ayer que decías que estaban tan buenos.
PENÉLOPE- Ah, no te procupes, Pau. He quedado con Alex para asistir a una exposición que organiza una galerista amiga y me apetecía arreglarme a su gusto.
PAULA- Bueno, pues que disfrutes con la pintura y la fiesta posterior. Mañana nos vemos.
Me he sentido terriblemente decepcionada con la respuesta de Pe, y me parece que no solo por el hecho de haberme equivocado en mis pronósticos. Seré pánfila.

Las mañanas de miércoles suelo dedicarlas a las compras principales de la semana. He madrugado pero como el súper del que soy clienta no abre hasta las diez, llego con cerca de media hora retraso a la cita con Penélope, que ya me espera. Lee el periódico y, aunque por el gesto de su rostro parece como si le molestara mi impuntualidad, cuando me ve acepta con una sonrisa mi beso y mis disculpas.
PAULA- Si está Mario, suele acompañarme y no tardo tanto en la maldita compra. No calculé el tiempo que me iba a llevar.
PENÉLOPE- No te preocupes, cariño, no tiene importancia.
PAULA- Muchas gracias. Te aseguro que nunca que quedemos volveré a retrasarme.
PENÉLOPE- Me vale con tus excusas, Paula. No necesito promesas.
Es una chica tan encantadora en todos los sentidos a la que no solo le estoy tomando afecto, sino que me gusta como ninguna otra chica que conozco.
Intentando compensarla le he traído como regalo un precioso capullo de rosa roja. Cuando se lo entrego se le abren e iluminan los ojos. Sus preciosos ojos verdes. Lo huele, sonríe y me indica que me acerque para darme otro beso.
Hoy renuncio a mi café y doy un trago largo a mi gin-tonic, como si precisara ayuda externa. Penélope ha doblado el periódico y lo sitúa en una esquina de la mesa, cruza las piernas y con el capullo reposando entre sus manos a la altura del pecho se dispone a que entablemos nuestra esperada conversación.
PAULA- Me gustaría saber si vuestra historia (me refiero lógicamente a la tuya y de tu primo Rafa) quedó en el típico romance de verano.
PENÉLOPE- Durante todo el trimestre en el cole recuerdo que se me eternizaban las horas esperando que llegasen las vacaciones de Navidad para regresar como solíamos al pueblo.
PAULA- ¿No mantuviste relaciones con ningún chico en ese tiempo?
PENÉLOPE- En el sentido íntimo que insinúas con ninguno. Había salido algún sábado con un compañero de clase. Recuerdo que se llamaba Elías. Era rubio, con ojos azules y bastante descarado, lo que lo hacía muy popular entre las chicas. Tonteamos, nos dimos algunos besos con lengua..., pero no pasamos de ahí. Una mañana en el cole me condujo durante el recreo a un cuarto al lado del gimnasio del que no sé cómo consiguió la llave y donde se guardaban balones, colchonetas y otros accesorios para clase de gimnasia. Los dos nos deseábamos. Nos metimos mano, nos besamos apasionadamente e incluso me bajó los pantalones vaqueros con intención de follarme pero no llevaba preservativos y me negué. Debió de considerarme una estrecha porque desde aquel día prácticamente ni volvió a dirigirme la palabra.
>>El día que finalizaron las clases, lo primero que le pregunté a mamá fue:
“Mami, ¿cuándo vamos a visitar a la abuela?”.
“Este año, hija, tenemos que quedarnos. El abuelo Antonio (el padre de mi padre) está muy malito y papá quiere que lo acompañemos en fechas tan entrañables”.
>>Sentí como si me pincharan el cuerpo con alfileres. Agarré un terrible berrinche y, aunque también quería mucho al abuelo, le imploré a mamá hasta casi ponerme de rodillas que me dejaran ir. Ya había cumplido los dieciséis y le dije que podría viajar yo sola en el autobús. No creo que sospechara nada todavía, pero se opuso y me respondió que daba por cerrado el tema...

CONTINUARÁ MAÑANA.

sábado, 13 de diciembre de 2014

ENTREVSITA XIV

>>Aún volvería a meterme la cabeza en el agua. Luego me soltó. Lo miré con ganas de sacarle los ojos y caminando lo más rápido que me permitía la corriente me acerqué de nuevo a la orilla y salí. Le puse morritos y, como sonrió, le saqué la lengua.
“Y pienso marcharme ahora mismo”, le dije.
>>Pero tiritaba de frío y me quedé inmóvil al lado de la bicicleta, abrazándome con mis propios brazos, castañeteando los dientes. No dudaba que iba a salir en mi busca.
“Pero, Pe, ¿por qué lloras?, estábamos jugando”, dijo mientras me tomaba de los hombros para abrazarme”.
“Te he dicho que me dejes”.
>>Me separó los brazos y aunque los dejé que colgaran a ambos lados del cuerpo le permití abrazarme. Estaba húmedo pero caliente y a medida que frotaba las palmas de sus manos por mi espalda también yo iba entrando en calor.
“Eres un imbécil”, le dije.
>>Me tomó de la barbilla y me preguntó:
“¿Me perdonas?”
“No sé”.
“Tendré entonces que pedírtelo de rodillas”, dijo mientras descendía. Apoyó las manos en mis nalgas y mirando hacia arriba volvió a preguntarme, “¿me perdona la chiquilla más mimosa?”
“Te perdono, pero no te tenía que perdonar”.
“Así me gusta, que regrese la sonrisa a esos preciosos labios”.
>>Y el muy golfo comenzó a besarme en el vientre y, en cuanto separé un poquito las piernas, en el sexo que se me inflamaba como si fuese a estallar. No esperaba esa sorpresa. Ni tampoco que me supiera tan rica. Como no sabía qué hacer decidí apoyar mis manos en su cabeza y se me escaparon varios gemidos. Cerré los ojos y contraje todos los músculos de mi cuerpecito de anguila, como lo definió mientras nos acercábamos al río. Su lengua exploraba la entrada de mi vagina y acariciaba mi clítoris como si pretendiera derretirme. Mis manos alcanzaron su nuca y presioné. Continuaba gimiendo mientras me derretía.
>>Cuando se incorporó de nuevo nos abrazamos tan fuerte como si pretendiéramos rompernos. Ya no sentía frío. Los rayos de sol impactaban directamente en mi espalda. Me soltó. Se acercó a la mochila y sacó una manta de viaje y una toalla blanca pequeña como las que se utilizan para lavarse las manos. Me reí de él.
“Vaya, esa era la sorpresa que guardabas como si fuera un tesoro. Al menos podías haber elegido una que nos sirviera para secarnos”.
“No la traje con esa intención”:
>>Sin embargo, la acercó a mis pechos y secó las hendiduras, ya casi secas, y jugueteó con mis pezones. Luego extendió la manta a la sombra de un roble, colocó la toalla en el centro y me indicó:
“Vamos, siéntate”. Y mientras me sentaba, “el culo sobre la toalla”.
“¿Para qué?”
“Por si sangras”.
“Rafa, tengo miedo, vas a hacerme daño”.
“Imagino que eres virgen, Pe, no me digas que no sabes que hay que romper el himen la primera vez que se hace. ¿No habláis de esas cosas las chicas?”.
“Sí, y Sandra, una compañera de clase me dijo que se lo había roto su novio y duele”.
“Conmigo no te va a doler”
“¿Por qué lo dices tan seguro?”
“¿Piensas que eres la primera a la que se lo rompo?”.
“No necesitaba esa cochina explicación”.
>>Pero se tendió encima de mí, separándome bien separadas las piernas mientras me peinaba el pelo con las manos y no se cansaba de darme besos en párpados, labios y cuello con caricias tan suaves como si temiera romperme”.

“Te quiero mucho Rafi”, le dije.
“Yo también te quiero, Pe. Y buena prueba de ello es que lo de Rafi solo te lo consiento a ti y cuando estemos a solas. Pero procura relajarte, cariño, no te pongas tan tensa”.
>>Colocó la puntita de su pene sobre mi vagina presionando y relajando la presión como si se tratase de un divertido juego. Debo reconocer que se esforzaba por agradarme. Creo que deseaba tanto como hacerme el amor sentirse orgulloso y que no me arrepintiera nunca de haberme entregado a él. Cuando lo introducía un poquito yo no podía evitar contraerme. Pero lo volvía a retirar y cuando regresaba de nuevo avanzaba otro poco mientras acariciaba dulcemente mi cara y me comía a besos.
“Rodéame con tus piernas”.
>>Lo obedecí y me fue penetrando con tanta ternura que me entraron ganas de darle las gracias. Muy despacio y sin parar de acariciarme.
>> Cuando lo tuve completamente dentro, suspiré porque me alcanzaba una sensación de plenitud maravillosa. Mis brazos ciñeron su espalda.
“¿Te ha dolido?”, me preguntó.
>>Yo moví la cabeza en el sentido que esperaba su lado vanidoso y continuó moviéndose como si los dos formáramos parte de un mismo cuerpo. Se me escaparon varios gemidos y entonces se apoyó en su codos separando su cara de la mía. No dejaba de mirarme fijamente a los ojos y comenzó a moverse a un ritmo más y más rápido. Aunque a veces se detenía sonriendo para decirme cosas del estilo:
“Eres la muñeca más divina que he tenido nunca entre los brazos, Pe”.
...


lunes, 1 de diciembre de 2014

Entrevista a Penélope


ENTREVISTA VI
>>Te juro que ya no sabía qué decir ni qué hacer. Me temblaban hasta los dientes y solo sentía ganas de llorar.
PAULA- Pobre Pe, qué cabrón.
PENÉLOPE- Al final optaría por abrazarlo en silencio como una boba y dedicarle caricias que lo excitaran, pretendiendo que se olvidase lo antes posible de lo que me estaba diciendo.
“Vamos”, me ordena tomándome de la mano para sacarme de la cama. “Necesitamos una buena ducha. En este negocio es importante la higiene, porque no todos los tíos, por mucha pasta que ganen, son tan aseados como este menda, aunque algunas me consideréis un poco guarro”.
>>Yo caminaba como una corderita asustada detrás de él. Entramos al baño, abrió el grifo, me indicó que probase la temperatura del agua -qué amable el muy asqueroso, pensé- y cuando la notaba tibia y le dije que vale, me ayudó a colocarme sobre el receptáculo que ocupaba de pared a pared. Vertía champú sobre mi cabeza y espuma de gel sobre clavículas y hombros para luego extenderlo y enjabonarme a conciencia mientras vertía chorros intermitentes de agua sobre mí. En ningún momento me permitió que me ocupase de mi propia higiene, como si estuviera lavando a una niña. Y cuando alcanzó mi sexo, se detuvo más que en otras zonas -sonriendo, diciéndome maldades, picardías-, sin duda con la única intención de conseguir excitarme en un momento en que creo que comprendió que representaba incluso para él una tarea difícil.

Oyendo la delicadeza con que me estaba describiendo aquel baño, se me vinieron a la mente frases cínicas sobre la manera de bañarla aquel capullo, pero comprendí que no era momento oportuno para mis ocurrencias y guardé un prudente silencio.
PENÉLOPE- A su cuerpo no le dedicó tantos cuidados. Salimos. Me secó con una gran toalla blanca. Y tras secarse, arrojó su toalla y la mía a la bañera del jacuzzi y me abrazó. Con una ternura que de nuevo me desconcertaba.
PAULA- Por lo que veo era un cerdo pero, como decías, muy hábil manejando mujeres.
PENÉLOPE- Sí que lo es. De hecho, tras los abrazos me besó, introduciéndome despacio la lengua y acariciándome el paladar. Poco después tomaba mi cara entre sus manos y mirándome con una amplia sonrisa, me dijo “no sabes lo divina que estás con el pelo húmedo y esta carita tuya tan rica”, me cargó en brazos y me llevó de nuevo a la cama.
>>A esas alturas creo que ya me había olvidado de la desagradable conversación y solo deseaba de veras que me penetrase. Y él, intuyéndolo -el muy golfo- me abrió las piernas y sin borrar la pícara sonrisa de su mirada, me penetró y comenzó a follarme con el estilo salvaje que, sin duda, domina y yo necesitaba esa noche, llamándome putilla, diciendo que me iba a convertir en una auténtica reina y que nunca había echado mejores polvos con nadie que conmigo.
>>Yo jadeaba recibiéndolo sus penetraciones con mi dulce sonrisa, cerrando los ojos, acariciando sus endurecidos músculos... A veces se me escapaban las lágrimas de gozo, recreándome en el intenso placer que me proporcionaba.
>>De otro modo no hubiese podido alcanzar el éxtasis esa maldita noche.
>>Cuando terminamos, me acogió entre sus brazos y, aunque había prometido no parar de follarme hasta que amaneciera, nos quedamos dormidos.
PAULA- ¿Te permitió acudir a clase?



sábado, 29 de noviembre de 2014

ENTREVISTA V



ENTREVISTA V
>>Jesús lo obedece. Pero yo ya lo único que deseo es que termine lo que se está convirtiendo para mí en un auténtico suplicio. Aunque me sirve para que se disipen mis dudas sobre una relación que consideraba incompatible y, viendo la cara de felicidad que se le está poniendo a Jesús después de sus primeros llantos, incluso me siento moderadamente satisfecha.
Como también en ese momento veo que a la dulce Penélope se le humedecen los párpados, se los seco con la yema de mi dedo pulgar, le acaricio su linda melena y le ruego:
PAULA- Pe, por favor, tranquilízate, cielo, no llores.
PENÉLOPE- Gracias. No te preocupes, soy muy llorona pero estoy bien. Cuando terminan -prosigue-, Sebas le da un azote en el culo a Jesús, lo besa en la boca y le dice:
“Anda, guapo, a ducharte y te vas. Mañana hablamos”.
>>En ese instante solo ansío tomar la puerta y echar a correr como una loca escaleras abajo detrás de Jesús.
“Sebas”, le digo con palabras que tiemblan y apenas me salen, “debo irme, mañana tengo que madrugar”.
“Pero qué dices, guapa, si ni siquiera hemos echado nuestro polvo. No querrás irte con el mal recuerdo de la polla de Jesús que he visto que no te ilusionaba demasiado”.
“Pero es que tengo clases a primera hora y necesito dormir”.
“Lo que tú necesitas lo sé bien yo. Y de esas clases es mejor que te vayas olvidando. ¿Qué pretendes con los malditos estudios?”.
“Pues una carrera y el día de mañana poder ganarme la vida”.
>>Se ríe, el muy cabrón.
“O sea, dinero, al final todo se reduce a dinero. Pues si ese es el problema no te preocupes. Conmigo puedes ganar mucho más en un año de lo que ganarías con esos estudios de...
“Psicóloga”, respondo con un hilo de voz.
“Comecocos. No se necesitan más comecocos, ya hay demasiados en la tele, entre políticos, curas, locutores de radio... Mira preciosa, tengo trabajando para mí varias chicas, todas jovencitas y muy monas, pero ninguna tan elegante, tan guapa ni tan sexy como tú y aún así se ganan una buena pasta. Serías un bombazo. Tú y yo podemos hacernos de oro”.
>>No puedo creerme lo que me propone. Siento un nudo en el estómago y me entran ganas de llorar pero me hago la valiente.
“Sebas”, le digo utilizando su propio vocabulario, “¿no te importaría que me follaran otros hombres?”.
“¿Follarte?”, saltó como una máquina, “follarte solo voy a follarte yo, preciosa. Con ellos se trata de simples negocios, clientes a quienes prestas un servicio y cobramos. No creas que voy a ponerte en una esquina como a una puta cualquiera. En mi agenda figuran nombres con mucha pasta que estarían dispuestos a pagar lo que les pida por un polvo con un bomboncito tan dulce como tú. Además te compraré zapatos y vestidos elegantes y te llevaré a salones de belleza para que le den un aire travieso a esta carita angelical. Me gusta que parezcas una virgen pero un poco viciosa”.