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martes, 10 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Intuyendo la zozobra en que me debatía, acarició con ternura las raíces de mi pelo, la sensible zona detrás de mis orejas, mis hombros desnudos, y comentó:
-Causa un poco de miedo acariciar esta piel tan fina y tan blanca, pero cuando te sonrojas se me quita el miedo. Eres la niña más dulce y encantadora que he visto en toda mi vida.
Iba a reprocharle que me llamara niña, pero lo miré y se me puso un nudo en la garganta.
-Eso también tienes que quitarlo –me dijo.

No me atrevía a bajarle los calzoncillos, unos slips ajustadísimos que dejaban muy poco espacio a la imaginación –con alas o sin ellas-. Pero, como el resto de la noche, obedecí, aunque para estimularme comencé a besarlo en el pecho mientras mis deditos de niña –ellos sí, largos pero tan finos como los de una niña- descendían temblorosos por sus piernas suaves, depiladas como las de una mujer.
Aunque parezca increíble fue ese el detalle que más me excitó, considerando que ya estaba excitada como una conejita muy viciosa.
Recuerdo que me situaba de rodillas para terminar de quitarle el slip cuando apoyó sus manos en mi cabeza y, con una voz entre autoritaria y amable a la que poco a poco me iba acostumbrando, sugirió:
-Ya que estás en esa postura, podrías probarme.
Me quedé helada. Mis manos buscaron sus muslos como punto de apoyo y, recobrando algunas fuerzas, le dije:
-Profe, por favor, no me pidas eso.
-Te aseguro que cuido de la higiene de mis partes íntimas tanto y más que de otra cualquiera.
-No lo dudo, pero es que… No sé cómo explicártelo… Compréndeme, por favor te lo pido.

Aunque para compensarle por mi negativa, acerqué a mis labios su endurecido y limpísimo pene y se lo besé. Desde la punta hasta que mis pestañas rozaron el vello de su pubis.
En ese preciso momento, después de varios besos y mientras lo seguía mirando con verdadera carita de lástima, llevó sus manos a mis axilas y con un enérgico impulso me elevó en el aire. Nuestras bocas se encontraron a la misma altura. Antes de que mis pies tocaran en el suelo, me besó y yo me abracé a su espalda con todas mis energías de chiquilla valiente. Tanto que mis pechos se estrujaban contra su pecho y los latidos de nuestros corazones se confundían latiendo uno sobre el otro.
Tan agradecida me sentía que, venciendo mi timidez, me atreví a susurrarle al oído:
-Perdóname que sea una boba. Tienes que darme tiempo.
-Te voy a dar todo lo que tú quieras y un poquito más.
Me gustaba que me hablase en tono pícaro. Volvimos a abrazarnos como si deseáramos rompernos, yo combando adrede mi cintura hacia delante para sentirlo cerca, casi dentro de mí, y él sosteniéndome por las nalgas y restregándose con tanta lentitud que mis pezones se pusieron duros y me derretía en la entrepierna. Le suspiré al oído porque no me atrevía a pedirle que me penetrase ya...

domingo, 21 de diciembre de 2014


ENTREVISTA XXII
PENÉLOPE- Nos hicimos cargo de Sonia, una chica de Madrid que veranea en el pueblo -muy guapa, ya te contaré-. En menos de veinte minutos ya la despedíamos a la puerta de su casa. No se me olvida que iban a dar las seis cuando entramos en la de los tíos, despacio con intención de no despertarlos.
>>Cuando pisamos el pasillo, comenzó a palpitarme el corazón como si quisiera salirse del pecho. Nos miramos. Entonces Rafa me rodeó con sus brazos, me besó y viví ese beso como la despedida de una noche en que me lo había pasado muy bien aunque me daba un poquito de rabia despedirnos. Debí de mirarlo con mis ojos de mimosa porque me pellizcó un moflete, apoyó mi cara en su hombro y me la recorrió con caricias tiernas y suaves. Se me humedecían los párpados (de felicidad). Me los secó con las yemas de sus dedos y luego me tomó de la mano y reiniciamos la marcha. Yo convencida de que me llevaba al dormitorio de Montse.
PAULA- Conociendo a tu primo no eras muy optimista en tus pronósticos.
PENÉLOPE- Imagino que entonces no lo conocía tan bien. Y con sus padres en casa no podía imaginarme otra cosa. Cuando pasamos ante la puerta de la habitación de la prima le dije, “Rafi”, y él colocó uno de sus dedos sobre mis labios. Le sonreí. Entramos a la suya y comenzó a desnudarme como si llevara meses sin verme. Yo reconozco que también estaba excitadísima. Y tampoco es que vistiera mucha ropa que quitarme: camiseta, pantalones vaqueros y playeras que descalcé yo misma mientras me subía la camiseta.
>>No quiso ni que entrásemos a la cama. Me ayudó a colocar las manos sobre los brazos de la butaca que utilizaba para dejar la ropa, me separó las piernas y me penetró.
PAULA- ¿Por detrás?
PENÉLOPE- Desde atrás, que no es lo mismo. Ya habíamos vivido suficientes preliminares a lo largo de la noche y lo que necesitábamos los dos era unirnos y liberar el ansia y el deseo que nos consumían. Aunque cuando terminamos me explicó que su padre acostumbra a levantarse temprano, incluso los domingos, y que era mejor que me fuera a la cama de Montse para evitar problemas.

PAULA- Bueno, pero ¿qué tal ese polvo tan apresurado?
PENÉLOPE- Oh, estupendo.
PAULA- O sea que aunque, como me has contado en más de una ocasión, te gusta que los tíos te dediquen su tiempo antes de penetrarte, veo que tampoco haces asco a que te follen en un minuto.
PENÉLOPE- Hay momentos que lo exigen y es lo que apetece, ¿o a ti no? Y por cierto, no duró un minuto, ni dos, que mi primo merece todas las críticas del mundo pero follando -como tú dices- es un auténtico cielo.
PAULA- Vaya, que mereció la pena como broche de fiesta.
PENÉLOPE- Ni lo dudes. Rafa me gustaba muchísimo y sabía hacérmelo tan bien que me volvía materialmente loca. Aquella noche me había excitado tantas veces que, teniendo en cuenta el viaje de regreso sin poder ni tocarle por la compañía de Sonia, lo único que quería era sentirlo dentro de mí. Además era mi estreno en la posición de “perrita” y aunque pensé que al no verle la cara no iba a gustarme, colocó una de sus manos bajo mi vientre y con la otra acariciaba los pezones de mis incipientes pechitos que se pusieron muy duros, y luego el clítoris (nunca me lo había acariciado nadie y no había podido imaginar que escondiera sensaciones tan ricas) y mientras entraba y salía de mi ardoroso cuerpo con embestidas que me llenaban de gozo, me invadió una sensación de plenitud que en segundos me condujo a un clímax que si alguien me cuenta no lo creo.
PAULA- Oh, Pe, habías dicho que nada de minuto y ahora hablas de segundos...
PENÉLOPE- Me refiero a mí. Él tardó bastante más. Me golpeaba con sus penetraciones en el pompis que sonaba como si me azotara con el más delicioso de los látigos. Y yo lo recibía orgullosa, deseando que siguiera golpeando y percibiendo que algo que me producía un intenso placer se derretía en lo más profundo de mis entrañas. 
PAULA- Lo cuentas muy bien.
PENÉLOPE- No imaginaba que pudiera una sentirse tan dichosa con un chico. Cuando respiraba como si fuera a ahogarme me acarició con la mano que apoyaba en mi vientre, golpeó fuerte quedando pegado a mis nalgas con su poderoso miembro palpitando también contra las húmedas paredes de mi vagina y todos mis fibras sensibles se contrajeron para estremecerme de gusto. Me sentí inundada por dentro y eso que Rafa se había puesto el condón. Pero entonces no sabía que era una chica fuente (oh, Paula, mira que me han echado polvos divinos, pero ninguno lo recuerdo con la delicia de aquel primero después de haber perdido mi virginidad).  Y para que te chinches, también fue mi estreno en lo que se refiere a dos orgasmos seguidos. El último, agarrado a mis caderas. Yo gemía entre dientes, “ay, ay, ay”. Aún más estremecida. El corazón me palpitaba en la boca del estómago. Me hubiera gustado ponerme a saltar de puro contenta.
PAULA- En la posición que te encontrabas lo veo difícil.
PENÉLOPE- Saltaba por dentro que es mucho mejor.
PAULA- Según lo describes le entra a una mucha envidia.
PENÉLOPE- Solo le pondría un pero.
PAULA- Siempre ambicionando más y más.
PENÉLOPE- Debía mantenerme apoyada en los brazos de la butaca para recibirlo y no podía abandonarme completamente como me gusta cuando alcanzo el clímax.
PAULA- No, si yo me alegro mucho de que hayas disfrutado, y de que disfrutes.
PENÉLOPE- ¿Te alegras?
PAULA- Te gusta hacerte la payasa de vez en cuando, ¿verdad?
Sonríe con la más pícara de sus sonrisas.
PENÉLOPE- Reconozco que me decepcionó separarnos tan pronto, pero lo entendía. Y no haber podido gritar sin precauciones, aunque mis gemidos le gustaron.
“Eres divina, Penélope”.
“¿Tú crees?”.
“Sólo lo hemos hecho dos veces y parece que llevaras años de prácticas. Me gusta cómo te entregas con tus dulces gestos de mimosa. Te estaría follando hasta que me quedara completamente seco”.
>>Le sonreí.
“¿Con ninguna has disfrutado como conmigo?”, me atreví a preguntarle.
“Con ninguna. Tienes instinto de folladora, Pe. Volverás locos a los tíos”.
>>Lo pellizqué.
“Solo pienso hacerlo contigo, Rafi”.
“Aunque, claro, también ayuda lo guapísima que eres y lo buena que estás”.
>>Ya nos encontrábamos uno frente al otro. Mirándonos como tiernos enamorados aunque él sonreía con gesto pícaro. Me tomó de los hombros y cuando nuestros cuerpos volvieron a encontrarse, ahora de frente, recogió mi pelo sobre la nuca y nos besamos en un último y prolongado abrazo en el que sus caricias en mi piel desnuda me emocionaban. Me sentía como flotando en una nube. Halagada de gustarle tanto a un chico mayor y tan sexi como Rafa.
“Ahora tienes que irte, preciosa”.
>>Obedeciéndolo, me vestí camiseta y braguitas y salí al pasillo. No pienses, muerta de miedo. Mientras abría la puerta del dormitorio de Montse me temblaban las piernas y la mano con que accioné la manilla. Temiendo que me vieran los tíos, aunque Rafa me había aconsejado que me mostrase natural, como si hubiera tenido que levantarme al baño.
“Sí, natural”, le dije, “como tú te quedas. Serás fresco”.
“¿Prefieres que vaya yo a acostarme con mi hermana?”
“Mira que eres sinvergüenza, ¿serías capaz?”, le dije, sonreímos y como respuesta me palmeó el culo mientras salía. “Oye, y a Montse, si se despierta ¿qué le digo?”
“De Montse no te preocupes”.
>>Entré en la cama con el máximo cuidado, procurando no despertar a mi prima que o dormía o simulaba dormir, porque fue colocarme de espaldas a ella, cuando la oigo girarse, me abraza por la cintura y, acercando su boca a mi oído, me pregunta:
“¿Qué tal?”
“Muy bien”, le respondo en su mismo tono discreto y pensando que se refiere a la fiesta.
“Os he estado oyendo mientras lo hacíais”.
>>Sentí como si me clavara un cuchillo en el vientre que rozaba su mano. Me quedé paralizada. Y debí ponerme tan roja que agradecía que fuera de noche y nos encontráramos a oscuras.
“No te preocupes. Rafa ya me ha explicado lo vuestro”.
>>Oírle esa tonta explicación de la que en realidad ignoraba su verdadero significado, en cambio, me tranquilizó. Y entonces al menos pude decirle:
“Montse, es muy tarde y tengo sueño”
>>Ella me dio un beso de amigas en la espalda y se giró. Antes de dormirme imaginé lo que sería vernos cara a cara a la mañana siguiente.

...

sábado, 13 de diciembre de 2014

ENTREVSITA XIV

>>Aún volvería a meterme la cabeza en el agua. Luego me soltó. Lo miré con ganas de sacarle los ojos y caminando lo más rápido que me permitía la corriente me acerqué de nuevo a la orilla y salí. Le puse morritos y, como sonrió, le saqué la lengua.
“Y pienso marcharme ahora mismo”, le dije.
>>Pero tiritaba de frío y me quedé inmóvil al lado de la bicicleta, abrazándome con mis propios brazos, castañeteando los dientes. No dudaba que iba a salir en mi busca.
“Pero, Pe, ¿por qué lloras?, estábamos jugando”, dijo mientras me tomaba de los hombros para abrazarme”.
“Te he dicho que me dejes”.
>>Me separó los brazos y aunque los dejé que colgaran a ambos lados del cuerpo le permití abrazarme. Estaba húmedo pero caliente y a medida que frotaba las palmas de sus manos por mi espalda también yo iba entrando en calor.
“Eres un imbécil”, le dije.
>>Me tomó de la barbilla y me preguntó:
“¿Me perdonas?”
“No sé”.
“Tendré entonces que pedírtelo de rodillas”, dijo mientras descendía. Apoyó las manos en mis nalgas y mirando hacia arriba volvió a preguntarme, “¿me perdona la chiquilla más mimosa?”
“Te perdono, pero no te tenía que perdonar”.
“Así me gusta, que regrese la sonrisa a esos preciosos labios”.
>>Y el muy golfo comenzó a besarme en el vientre y, en cuanto separé un poquito las piernas, en el sexo que se me inflamaba como si fuese a estallar. No esperaba esa sorpresa. Ni tampoco que me supiera tan rica. Como no sabía qué hacer decidí apoyar mis manos en su cabeza y se me escaparon varios gemidos. Cerré los ojos y contraje todos los músculos de mi cuerpecito de anguila, como lo definió mientras nos acercábamos al río. Su lengua exploraba la entrada de mi vagina y acariciaba mi clítoris como si pretendiera derretirme. Mis manos alcanzaron su nuca y presioné. Continuaba gimiendo mientras me derretía.
>>Cuando se incorporó de nuevo nos abrazamos tan fuerte como si pretendiéramos rompernos. Ya no sentía frío. Los rayos de sol impactaban directamente en mi espalda. Me soltó. Se acercó a la mochila y sacó una manta de viaje y una toalla blanca pequeña como las que se utilizan para lavarse las manos. Me reí de él.
“Vaya, esa era la sorpresa que guardabas como si fuera un tesoro. Al menos podías haber elegido una que nos sirviera para secarnos”.
“No la traje con esa intención”:
>>Sin embargo, la acercó a mis pechos y secó las hendiduras, ya casi secas, y jugueteó con mis pezones. Luego extendió la manta a la sombra de un roble, colocó la toalla en el centro y me indicó:
“Vamos, siéntate”. Y mientras me sentaba, “el culo sobre la toalla”.
“¿Para qué?”
“Por si sangras”.
“Rafa, tengo miedo, vas a hacerme daño”.
“Imagino que eres virgen, Pe, no me digas que no sabes que hay que romper el himen la primera vez que se hace. ¿No habláis de esas cosas las chicas?”.
“Sí, y Sandra, una compañera de clase me dijo que se lo había roto su novio y duele”.
“Conmigo no te va a doler”
“¿Por qué lo dices tan seguro?”
“¿Piensas que eres la primera a la que se lo rompo?”.
“No necesitaba esa cochina explicación”.
>>Pero se tendió encima de mí, separándome bien separadas las piernas mientras me peinaba el pelo con las manos y no se cansaba de darme besos en párpados, labios y cuello con caricias tan suaves como si temiera romperme”.

“Te quiero mucho Rafi”, le dije.
“Yo también te quiero, Pe. Y buena prueba de ello es que lo de Rafi solo te lo consiento a ti y cuando estemos a solas. Pero procura relajarte, cariño, no te pongas tan tensa”.
>>Colocó la puntita de su pene sobre mi vagina presionando y relajando la presión como si se tratase de un divertido juego. Debo reconocer que se esforzaba por agradarme. Creo que deseaba tanto como hacerme el amor sentirse orgulloso y que no me arrepintiera nunca de haberme entregado a él. Cuando lo introducía un poquito yo no podía evitar contraerme. Pero lo volvía a retirar y cuando regresaba de nuevo avanzaba otro poco mientras acariciaba dulcemente mi cara y me comía a besos.
“Rodéame con tus piernas”.
>>Lo obedecí y me fue penetrando con tanta ternura que me entraron ganas de darle las gracias. Muy despacio y sin parar de acariciarme.
>> Cuando lo tuve completamente dentro, suspiré porque me alcanzaba una sensación de plenitud maravillosa. Mis brazos ciñeron su espalda.
“¿Te ha dolido?”, me preguntó.
>>Yo moví la cabeza en el sentido que esperaba su lado vanidoso y continuó moviéndose como si los dos formáramos parte de un mismo cuerpo. Se me escaparon varios gemidos y entonces se apoyó en su codos separando su cara de la mía. No dejaba de mirarme fijamente a los ojos y comenzó a moverse a un ritmo más y más rápido. Aunque a veces se detenía sonriendo para decirme cosas del estilo:
“Eres la muñeca más divina que he tenido nunca entre los brazos, Pe”.
...


miércoles, 10 de diciembre de 2014


ENTREVISTA XI
PENÉLOPE- Vaya, ¿tú qué crees?
Sonreímos como bobas.
PAULA- ¿Te das cuenta?, además de apasionado, cumplidor, lo que en los tiempos que corren sabes que no resulta frecuente. Y seguro que puntual.
PENÉLOPE- Si adelantarse media hora es puntual, a las diez y media ya lo tenía en la cocina charlando amigablemente con la abuela. Aún me estaba lavando la cara en el baño porque no contaba con que iba a presentarse tan pronto. Muy sexy con una camiseta ajustada de un equipo de baloncesto -creo que los Celtics de Boston- y un vaquero cortado a la altura de las rodillas. Yo, como le había gustado mucho, volví a ponerme el vestido del día antes, por cierto, a rayas verticales blancas y azules que me hacían aún más delgada. El pelo de mi larga melena lo recogí en una cola.

“Buenas días, Pe”, dijo cuando me vio, disimulando a ojos de la abuela el motivo de su visita, “¿qué tal ha dormido la princesita su primera noche en el pueblo?”.
“Genial, abu me deja la habitación en la que no pega el sol en todo el día y se duerme muy fresco”.
“A pata suelta”.
“Patas tienen los animales”
“¿Tú qué tienes?”
“Anda déjame, que acabo de levantarme”.
“Pe tiene piernas como las personas, y muy bonitas”, intervino la abuela. “Vamos, cariño, que ya te he puesto el desayuno en la mesa”.
>>Rafa decide dirigir hacia ella la conversación, camelándola como de costumbre y empeñado en que no sospeche el motivo de su visita.
>>A mí, en cambio, entre los nervios que me entraron viéndolo allí esperándome y la prisa por irnos lo antes posible, se me cerró de tal manera el estómago que después de dos sorbos a la leche ya no era capaz de meter ni otra gota.
“No tengo apetito, abu, ya no puedo más”.
“Pe, chiquilla, por favor, ya ayer apenas comiste. Me duele verte ahí, pero mientras no termines la leche no sales”.
>>Y al oírle esas peligrosas palabras intervino el muy pillo:
“No se preocupe abuela, me encargo yo de que acabe este desayuno”.
>>Se sentó a mi lado dispuesto a convencerme, tomando incluso la cuchara en su propia mano y diciendo en voz alta:
“Si lo acabas pronto te llevo a dar una vuelta en la bici por el pueblo”.
>>Y mientras me acercaba la leche a la boca como a una niña pequeña nuestras piernas se rozaron a la altura de las pantorrillas y yo procuré mantener el contacto rozándolo suavemente y convencida de que no se enteraba, ¡seré payasa!

PAULA- A veces conviene que seamos payasas.
“Vaya manía que les ha entrado a las chiquillas de hoy por mantenerse como palillos”, comentó la abuela que en ese momento salía a tender en la pradera de delante de casa una blusa que había estado lavando. Cuando cruzó la puerta, pellizqué a Rafa:
“No seas mala o voy a tener que ponerte un castigo”.
“Eres un asqueroso”, le dije yo. “Te voy a odiar”.
“¿Qué pretendías, quedarte toda la mañana en la cocina contemplando tu maldito desayuno”.

>>Y me besó en la mejilla como si se tratara de un premio, a la vez que me ceñía por la cintura. El calor que ya me abrasaba abajo ascendió a cuello y cara. Terminé la leche y unas cuatro galletas en menos de cinco minutos. Cuando regresó la abuela le comentó muy satisfecha a Rafa:
“Gracias hijo, voy a tener que invitarte todos los días que vengas a comer, porque a mí no me hace ni caso”.
“No se preocupe, este verano me encargo yo de que coma”.
>>Sin soltarme de la cintura el muy fresco y, aprovechando que se la tapaba la mesa, alargó la mano hasta alcanzarme la zona del vientre. Me puso roja como un tomate, mientras le decía a la abuela, sin dejar de acariciarme y provocarme unas cosquillas que a punto estuve de chillar:
“Bueno, como se ha portado bien me la llevo a ver si los aires del pueblo le abren algo este apetito de pollita que tiene”.

>>Y se enzarzaron ambos en una animada conversación en la que yo era su único tema.
“A ver, a ver, hijo. Pero que no se te despiste. Cuídala. Y si vais con algunos de esos amigotes tuyos que según me dicen también son un poco granujas, ya sabes, Pe es muy bonita pero algo inocente y a los golfillos les atraen las chicas así”.
“No se preocupe, abuela, no voy a perderla de vista un minuto. Y descuide, que estando conmigo nadie va a ponerle una mano encima”.
“Es que aunque parezca una mocita al fin y al cabo no deja de ser una niña”.
“Tampoco piense que es tan cría. Las cosas ya no son como en su época. Hoy la mayoría de las chicas de la edad de Penélope salen con novios y ahora los novios no esperan a la noche de bodas para conocerse. Ya me entiende a lo que refiero cuando digo conocerse”.
“Anda, anda, que tú ya sabemos que también eres un poco granuja. Compadezco a esas chiquillas que andan contigo. Menos mal que con tus primas eres un cielo”.
...



martes, 9 de diciembre de 2014

Entrevista a Penélope



ENTREVISTA X
PAULA- Vaya, vaya, vaya reencuentro con tu primo. Me lo estoy imaginando y me parece realmente apasionante.
PENÉLOPE- ¿Lo envidias?
PAULA- Claro que te envidio.
PENÉLOPE- Entonces entiendes que mientras caminaba a casa de mi abuela sintiera que se me iba a salir el corazón. Me flotaban los pies y me recorría el pecho un alborozo, me sentía tan dichosa, que me entraron unas ganas como nunca de besar a alguien. Mi abuela se sorprendió cuando al decirme desde el porche, “vamos Pe, que se nos enfría la comida”, corrí hacia ella, me colgué de su cuello y le estampé en la cara dos apasionados besos.
“Ay chiquilla, que cariñosa estás. Me gusta verte tan feliz. ¿Te lo has pasado bien con tu prima Montse”.
“Muy bien abuela”, le dije, y nos sentamos a comer, aunque se me había formado tal nudo en el estómago que apenas pude tragar bocado.
“Come hija”, me decía la abuela. “Con lo poco que comes no me extraña que estés tan delgada y además con el estirón que has dado estos últimos meses, necesitas comer mucho, ya eres tan alta como mamá”.
“Le saco dos dedos, abu, nos medimos un día antes de venir”. Me encantaba que mi abuela también me viese una chica mayor.
“Pues cuanto más, diablillo. Anda, come. Si no te gusta el arroz te preparo otra cosa”.
PAULA- ¿No te gusta el arroz?
PENÉLOPE- Me encanta el arroz.
PAULA- ¿Por qué reprimes tanto esta historia, Pe? Me parece realmente bonita. En cuanto a tu primo, si no fuera un poco granuja, como lo llamaba tu abuela, tampoco hubiese llegado ni a decirte “bonitos ojos” y hoy no podrías presumir de una experiencia que ya quisiéramos muchas.
PENÉLOPE- Rafa no solo era granuja.
PAULA- ¿Acaso lo consideras un cabronazo?
PENÉLOPE- Me conformo con definirlo como gamberro. Y si quieres, un embaucador. Se metía en peleas con otros chicos pero incluso los que recibían las mayores palizas lo admiraban y hoy son amigos suyos. En cuanto a las chicas, le gustaban en exceso (creo que le siguen gustando), jovencitas y bastante mayores que él.
PAULA- Como a quien yo me sé.
PENÉLOPE- A mí no me gustan las chicas mayores que yo.
PAULA- Sabes a qué me refiero, no seas pilla.
PENÉLOPE- Lo curioso es – puede que te extrañe- que en cuanto más me enteraba de lo golfo que era más me apetecía que saliéramos juntos.
PAULA- No me extraña. Eso nos ha sucedido a muchas.
PENÉLOPE- Ah ¿sí? Esa confesión la archivo, tienes que contarme.
PAULA- Te prometo que si no te cansas de mí también te contaré algunas anécdotas de mis relaciones “amorosas”. Aunque no esperes que sean tan apasionantes como las tuyas.
PENÉLOPE- No sé yo.
PAULA- Lo que queda claro es que gozaste de un buen maestro porque, por lo que cuentas, experiencia no le faltaba.
PENÉLOPE- Oh, no, nada de nada. Y no creas que resulta fácil en un pueblo ese estilo de vida. Que se enrollara con novias de otros, pase. Pero es que el muy golfo no se conformaba con las solteras. Y no me digas, Paula, que yo también me he acostado con casados. A mí siempre me buscaron ellos.
Me limito a sonreír mientras espera mi respuesta.
PENÉLOPE- Al mes y pico, cuando ya apenas nos separábamos un minuto, me contó Montse que el marido de Blanca -una vecina suya que tenía un niño de tres años- no solo lo amenazó sino que una noche cuando salía del bar intentó atropellarlo con su automóvil porque todos rumoreaban que se estaba acostando con ella. Recuerdo que yo no la quise creer.
PAULA- ¿Y eso?
PENÉLOPE- Pensaba que Montse me lo decía con intenciones de que me alejara de su hermano. No sabía, la muy tonta, que esa fama de mujeriego que le estaban creando lo convertía en más deseable aún. Y no solo para su prima favorita, pues fui testigo -con considerable disgusto como puedes imaginar- de cómo lo buscaban otras, incluso hermanas de novias con las que estuviera saliendo.
PAULA- Pues yo opino, Pe, que eso solo se explica, aunque hoy muestres ciertos reparos, porque tu primo os ofrecía cosas que no encontrabais en otros chicos.
PENÉLOPE- Anda, claro.
PAULA- No me refiero a lo que piensas. Hablo de valores. No creo que solo lo desearais por lo bueno que estaba.
PENÉLOPE- Todas considerábamos que sí que estaba muy bueno -y lo sabía-, pero tampoco es que fuese un adonis como alguno que he conocido después. ¿Otras cualidades suyas que gustaban? Resultaba divertido, simpático y reconozco que es muy sociable. Habla con todo el mundo y no se corta por nada ni con nadie, ni mujeres ni hombres. Bueno, y cuando quería también era muy cariñoso.
PAULA- Ves como le van saliendo virtudes que todas desearíamos en nuestro hombre ideal.
PENÉLOPE- ¿Virtudes? Me sorprende esa palabra en tu boca. No, si al fin me convencerás de que mi primo Rafa es un “modelo” y que me olvide de su faceta de golfo.
PAULA- Sospecho que has primado sus aspectos canallas en tu valoración. No tengo muy claro aún si para no colgarte más de él o porque en algunos momentos te culpabas de esa relación y deseabas castigarte.
PENÉLOPE- ¿Oye, de las dos, tú eres la que estudió periodismo o psicología?
PAULA- Perdona, pero es que en ciertos temas, cariño, pareces un libro abierto. Y aunque no me lo preguntes me tomaré la licencia de decirte que tu primo Rafa me parece -al menos en aquella época- un tipo diez. Al menos yo le concedería un diez, o como mínimo un nueve. Si lo hubiera conocido da por seguro que también yo me lo hubiese ligado. Por cierto, ¿cumplió con su cita para el día siguiente?
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lunes, 1 de diciembre de 2014

Entrevista a Penélope


ENTREVISTA VI
>>Te juro que ya no sabía qué decir ni qué hacer. Me temblaban hasta los dientes y solo sentía ganas de llorar.
PAULA- Pobre Pe, qué cabrón.
PENÉLOPE- Al final optaría por abrazarlo en silencio como una boba y dedicarle caricias que lo excitaran, pretendiendo que se olvidase lo antes posible de lo que me estaba diciendo.
“Vamos”, me ordena tomándome de la mano para sacarme de la cama. “Necesitamos una buena ducha. En este negocio es importante la higiene, porque no todos los tíos, por mucha pasta que ganen, son tan aseados como este menda, aunque algunas me consideréis un poco guarro”.
>>Yo caminaba como una corderita asustada detrás de él. Entramos al baño, abrió el grifo, me indicó que probase la temperatura del agua -qué amable el muy asqueroso, pensé- y cuando la notaba tibia y le dije que vale, me ayudó a colocarme sobre el receptáculo que ocupaba de pared a pared. Vertía champú sobre mi cabeza y espuma de gel sobre clavículas y hombros para luego extenderlo y enjabonarme a conciencia mientras vertía chorros intermitentes de agua sobre mí. En ningún momento me permitió que me ocupase de mi propia higiene, como si estuviera lavando a una niña. Y cuando alcanzó mi sexo, se detuvo más que en otras zonas -sonriendo, diciéndome maldades, picardías-, sin duda con la única intención de conseguir excitarme en un momento en que creo que comprendió que representaba incluso para él una tarea difícil.

Oyendo la delicadeza con que me estaba describiendo aquel baño, se me vinieron a la mente frases cínicas sobre la manera de bañarla aquel capullo, pero comprendí que no era momento oportuno para mis ocurrencias y guardé un prudente silencio.
PENÉLOPE- A su cuerpo no le dedicó tantos cuidados. Salimos. Me secó con una gran toalla blanca. Y tras secarse, arrojó su toalla y la mía a la bañera del jacuzzi y me abrazó. Con una ternura que de nuevo me desconcertaba.
PAULA- Por lo que veo era un cerdo pero, como decías, muy hábil manejando mujeres.
PENÉLOPE- Sí que lo es. De hecho, tras los abrazos me besó, introduciéndome despacio la lengua y acariciándome el paladar. Poco después tomaba mi cara entre sus manos y mirándome con una amplia sonrisa, me dijo “no sabes lo divina que estás con el pelo húmedo y esta carita tuya tan rica”, me cargó en brazos y me llevó de nuevo a la cama.
>>A esas alturas creo que ya me había olvidado de la desagradable conversación y solo deseaba de veras que me penetrase. Y él, intuyéndolo -el muy golfo- me abrió las piernas y sin borrar la pícara sonrisa de su mirada, me penetró y comenzó a follarme con el estilo salvaje que, sin duda, domina y yo necesitaba esa noche, llamándome putilla, diciendo que me iba a convertir en una auténtica reina y que nunca había echado mejores polvos con nadie que conmigo.
>>Yo jadeaba recibiéndolo sus penetraciones con mi dulce sonrisa, cerrando los ojos, acariciando sus endurecidos músculos... A veces se me escapaban las lágrimas de gozo, recreándome en el intenso placer que me proporcionaba.
>>De otro modo no hubiese podido alcanzar el éxtasis esa maldita noche.
>>Cuando terminamos, me acogió entre sus brazos y, aunque había prometido no parar de follarme hasta que amaneciera, nos quedamos dormidos.
PAULA- ¿Te permitió acudir a clase?