sábado, 7 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS...

Él, desde la esquina donde sobre una especie de mesa auxiliar con ruedas reposaban varias botellas de licores, se sirvió whisky con hielo en un vaso largo y me preguntó con un tonillo entre pícaro y cómplice:
-¿Qué le apetece a la señorita?
-¿Tienes refrescos? No acostumbro a beber alcohol.
-Eso es que nunca te han preparado algo tan rico como lo que yo pienso prepararte. Déjalo de mi cuenta.
Y tras regresar de la cocina con una rodaja de lima, hielo picado y lo que me parecieron zumos, los mezcló en su coctelera con al menos dos bebidas alcohólicas.
-Oh, por Dios, no te pases, que quiero llegar a casa por mi propio pie.
Sonrió y a los pocos minutos ya se encontraba a mi lado ofreciéndome el cóctel exclusivo para mí y, en un plato –siempre tan detallista- de loza con el borde de oro, finísimas lonchas de jamón ibérico.
Sabía exquisito. Lo comimos en un periquete, yo con verdadera ansia. Acostumbro a cenar temprano y lo cierto es que me moría de hambre.
-¿Te apetece un poco más?
-Estaba delicioso –le dije-, pero creo… -me tapó la boca y se levantó para prepararnos otra generosa ración sobre varias rebanadas de pan de molde.
Prácticamente me la comí yo sola. Luego acerqué los labios a la bebida.
-¿Qué tal?
-Riquísimo –le dije, y un profundo trago resbaló por mi garganta obligándome a toser y posarlo sobre la mesa -¿Qué le has puesto?, sabe dulce pero muy fuerte. Rasca.
-Un poquito de vodka y cointreau.
-Un poquito… Si serás. Pero bueno, reconozco que sabe rico.
Apuré otro sorbo mientras el profe de lengua me hablaba tomando mi mano entre sus manos, jugando con las puntas de mi melena, colocándome entre los dientes lonchitas de jamón, lo que le permitía rozarme los labios con las yemas de los dedos.
Yo me sentía muy a gusto escuchando los piropos que me dedicaba y recibiendo sus amables atenciones, aunque un poquito tensa, rígida, casi a punto de estallar. Y confundida.
-Reconozco, Penélope, que ya en la tienda me llamó la atención lo guapa que eres, pero nada comparable a la hermosura que irradia tu rostro cuando sonríes o se te humedecen los ojos como ahora.
-Muchas gracias -le dije.
-Creo que te favorece la noche.
-Y yo que me he encontrado con un seductor.
Me agradaba que de vez en cuando el dorso de sus dedos acariciasen la línea de mi mandíbula, pero cuando la introdujo bajo mi melena para apoyarla en la nuca me aparté. No quería transmitirle la imagen de que soy una fresca.
-Prefiero que sigamos hablando -le dije.
-No hay ningún motivo para que dejemos de hablar.
Me ruboricé por segunda vez en la noche. Tomó mi mano entre las suyas y la besó. Y hablamos. Hasta que saciada, tras haber dado buena cuenta del contenido del plato -“buena chica”, dijo, y yo le sonreí- mi cuerpo comenzó a relajarse como si entrara en una nueva fase de sensaciones, flojo, blando, maleable como una barra de plastilina. Cuando alcanzó de nuevo mi nuca intentando ceñirme, mi cabeza se apoyó en su hombro.
Recuerdo que entonces su otra mano se posaba en mi muslo y me subía la falda. Sólo unos centímetros, aunque suficientes para que una sacudida de deseo recorriera mi cuerpo. Me licuaba. Aún pretendí juntar las piernas, pero no opuse otras resistencias cuando porfió por separármelas. Creo que se me cerraron los ojos, pues ya no vi sus labios acercándose a los míos para besarlos. ¡Nuestro primer beso!
Las manos, mis temblorosas manos permanecieron inmóviles sobre mi propio vientre mientras la suya seguía ascendiendo hasta alcanzar el borde de mis finas braguitas. No me importó ofrecerle la boca para que pudiera introducirme la lengua como pretendía (“¡santo cielo!, Penélope”, me pregunté, “pero, ¿qué haces, cuando lo único a que aspirabas era a una breve y agradable conversación con el catedrático de literatura, tal vez sobre tus libros y autores favoritos?”). Pero en dos segundos deseché esa pregunta. Por estúpida. E inadecuada a todas luces, considerando las tiernas sensaciones que me embriagaban. Sensaciones de calor, hormigueo, abandono, relax, como si una corriente de agua me impulsara hacia una orilla virgen de arena húmeda y caliente bajo los primeros rayos del sol.
Tras el beso, me miró y dijo:
-Qué rica estás, Penélope.
Bueno, en realidad lo que dijo fue, “qué rica eres y qué buena estás”. Y a mí me puso muy contenta que a un caballero tan elegante, maduro y guapo, le gustara alguien como yo, más bien flaca y con poco pecho, aunque reconozco que mis piernas son bonitas y mis grandes y carnosos labios confieren a mi cara de ingenua un toque pícaro que gusta mucho a la mayoría de los hombres. Uno de sus dedos presionó en la entrepierna sobre mis bragas. Muy suave...


viernes, 6 de febrero de 2015

EL PROFE...


-¡Oh, qué vistas tan preciosas! –exclamé como una simple cuando entramos al salón, un inmenso salón amueblado con muebles de madera que imaginaba caros, dos grandes lámparas de cristal de roca y pinturas en las paredes que parecían originales auténticos. Una inmensa cristalera se abría a la terraza que sobrevuela el edificio mirando hacia un parque que se extiende por el oeste de la ciudad y aproxima lejanas cumbres con nieve en los picos en aquella época del año. Abrió una de las puertas acristaladas y me invitó:

-Vamos, veo que te encantan los paisajes y éste es digno de una chica tan guapa como tú.

Salté muy contenta los dos pequeños escalones que ascendían a la amplia terraza, nos apoyamos los dos sobre el pasamano de la barandilla de cemento y mirando al lejano horizonte repetí mis exclamaciones de admiración. Luego le dije:

-No me esperaba a un catedrático de insti viviendo en un piso tan céntrico y lujoso.
Entonces apoyó su mano en mi hombro como si tratara con una de sus alumnas preferidas a la que explica algún problema de sintaxis y me aclaró:
-En realidad no es mío, sino de mi mujer.
-Qué más da.
-Su padre es uno de esos constructores que se han hecho asquerosamente ricos con la famosa burbuja inmobiliaria. Este edificio lo construyó su empresa y lo puso a nombre de su amada y única hija como regalo de cumpleaños. Ahora lo disfrutamos como otras muchas prebendas que no creas que siempre obedecen a su generosidad. Recauda mucho dinero en negro y necesita darle una apariencia decente, lavarlo, y nos utiliza a nosotros. Pero, ¿qué demonios hacemos hablando de cosas tan poco agradables?
-Tú, ¿estás enamorado de tu esposa?
-Si te refieres a si la quiero, he de decirte que le tengo cariño. Si no fuera así, no le hubiera enviado el ramo de flores, ¿no crees?

Cuando se refirió al ramo de flores apretó un poco más mi hombro para acercarme a él y, aunque mis sentidos se alborotaron un poco, procuré comportarme como una chica tranquila que controla sus impulsos y permanecimos unidos mirando al crepúsculo donde ya se ocultaban los últimos rayos de sol.
-Hay maridos que envían flores a sus esposas precisamente para disimular que no las quieren –le dije, mirando a sus ojos negros que a su vez me miraban como si fueran a licuarse al contacto con los míos-, o que las están engañando con otras. Conozco casos.
-Creo que será mejor que entremos. Empieza a refrescar y no me gustaría que te resfriaras por mi culpa.





Le sonreí y, mientras liberaba mi hombro, las yemas de sus dedos rozaron –creo que intencionadamente- en mi cuello y, sin que la sintiera apenas deslizarse columna abajo, la mano se apoyó en la zona lumbar de mi espalda como si considerase imprescindible esa ayuda para acceder de nuevo al salón.

Luego me dio un beso en la mejilla. Nos miramos. Me ruboricé. Se quitó la corbata y la chaqueta del traje y me invitó a que me sentara en un amplio tresillo tapizado en cuero de cálidos tonos marrones con reposapiés en el asiento de la izquierda, mientras se dirigía al magnífico vestidor que antecede a su dormitorio. Y, por el tiempo que tardó, imagino que también al baño.
-Ponte cómoda –dijo-. Si te apetece, te puedes descalzar los zapatos y estiras un poco las piernas. Te sentará de maravilla después de una jornada, imagino que de duro trabajo.
-Oh, gracias –le dije, pero declinando su amable invitación porque no consideraba correcto tumbarme como una fresca. Y tampoco me sentía tan cansada.

Al quedarme sola me entretuve observando las bonitas pinturas que adornaban las paredes. Incluso me levanté a curiosear. En una de ellas, que representaba el busto desnudo de una hermosa mujer sosteniendo en la mano un abanico con el que se cubre los senos, podían leerse los trazos, sin duda auténticos, de la firma de Zuloaga. “Vaya con el profe, se ve que el suegro lo considera buen partido para su hija”.
A su regreso, con los dos botones superiores de su camisa ya desabotonados insinuando un pecho firme, bronceado y sin un pelo bajo una fina cadena de oro, conectó el equipo musical a un volumen casi inaudible. Música sinfónica, como tendría ocasión de susurrarme a los pocos minutos al oído. En concreto Romeo y Julieta de Berlioz.

Yo me había sentado de nuevo muy formalita en el sillón... 

jueves, 5 de febrero de 2015

EL PROFE DE LENGUA

No me había atrevido a confesarle a Leo toda la verdad pues, aunque por increíble que parezca llevaba meses sin mantener relaciones sexuales, poco tiempo antes de conocer a la amiga del alma con quien acabaría compartiendo piso, me había acostado un par de veces con un cliente de la floristería donde trabajaba.

Por cierto, un hombre educado, de metro noventa, cuarenta y pocos años y guapo guapo a rabiar. Algunas canas en las sienes que le conferían un aire de hombre maduro pero muy interesante. Y cuando te miraban sus profundos ojos negros transmitía tal sensación de seguridad y dominio que casi te animaba a rebelarte por miedo a caer en sus redes a la mínima.

Según me comentó, enseñaba lengua y literatura en un instituto. Vestía con una elegancia que no se espera en un profe (“catedrático”, matizó. “Perdona”, le dije. “No te preocupes, son matices que carecen de importancia”): un impecable traje azul marino, camisa blanca, zapatos de piel auténtica y corbata de seda a juego con traje y camisa. Había requerido mis consejos sobre el tipo de flores que pretendía enviarle como regalo de cumpleaños a su esposa, también profesora que, según me informó, se encontraba disfrutando de una beca en algún lugar de Alemania (¿puede que Heidelberg?).

En un principio me sentí incómoda con sus requerimientos y le dije que se trataba de un regalo muy personal.

Pero consiguió involucrarme. Era de ese tipo de hombres que parecen extremadamente tímidos y, en cambio, hablan con una delicadeza que gusta escucharlos porque sus palabras no sólo suenan bien sino que te acarician los oídos y seducen con una magia a la que no resulta sencillo resistirse.
Terminé preparando uno de los ramos más hermosos que se le pueden enviar a alguien. Su sonrisa de gratitud lo confirmaba. Y después de haberle dedicado más tiempo del razonable para realizar una venta, dijo que le encantaría invitarme a un café.

-No acostumbro a alternar con clientes –le respondí con una inesperada voz de estúpida.
-Disculpe si he sido tan torpe como para transmitirle una impresión equivocada –me respondió-. Parece usted la típica persona con la que se puede mantener una interesante conversación y me hubiera gustado comprobarlo, intercambiar algunas palabras y, por qué no, disfrutar el privilegio de conocerla. No resulta fácil encontrarse en estos tiempos con personas que le transmitan a uno vibraciones positivas. Y además el gusto exquisito para las flores con que acaba de sorprenderme no me parece un asunto baladí.

Esas palabras me desarmaron. Los colores encendieron mi rostro. Y como tratando de reparar con evidente torpeza mi metedura de pata le dije:

-Bueno, la verdad es que no me importaría que tomáramos ese café. Pero no salgo hasta las ocho.
-A las ocho me tendrá como un clavo esperando a la puerta.
-Pero, por favor, no me sigas tratando de usted.
-De acuerdo, ¿Penélope?
-Penélope.

No recordaba que alguien hubiese pronunciado mi nombre, aunque a la jefa siempre le encantó dirigirme observaciones mientras atendía a mis distinguidos clientes, para que se enterasen de quién llevaba las riendas del negocio.
-Me puedes llamar Alex.

Ni yo misma me explico cómo terminamos aquella noche en su casa después de un simple café en la cafetería que hay en la misma calle en la que él vive y a la que llegamos disfrutando de un largo y ameno paseo.
-Aquí hacen un magnífico café- me explicó.

Sinceramente me traían sin cuidado las habilidades cafeteras de aquel sitio pues, entre otras cosas, no es que me guste demasiado el café. De hecho acabaría tomando una menta-poleo.

Antes, el catedrático se colocó a mi espalda para ocuparse de mi chaqueta. Separó la silla con sus dos manos y luego me la acercó a las piernas para que me sentara. Ese detalle que hoy consideraría anticuado o ligeramente cursi, entonces me gustó. Charlamos, reímos con alguna de sus ocurrencias. Era un tipo muy ingenioso. Mientras hablaba, yo no dejaba de mirarle como miraría una fan a su ídolo. Y no me duelen prendas en reconocer que me sentía importante a su lado. La falda que vestía no es una de las minifaldas que suelo ponerme cuando salgo de fiesta, pero sentada se me subía hasta medio muslo y observé que en mi turno de palabra él miraba más a mis piernas que a mis ojos, aunque con discreción para que no me sintiera incómoda. En ningún momento puede decirse que me sintiera incómoda. Quizás porque ocupaban demasiado espacio en mi cerebro otras emociones.
En aquella época no me sobraban amistades en la ciudad en la que apenas llevaba viviendo dos meses. Algunos días me encontraba confusa (en realidad, sola como una perrita abandonada por su dueño). Y lo cierto es que las palabras y los modales de aquel hombre tan guapo y elegante, que se dirigía a mí como si se dirigiese a una reina, me ayudaron a sentirme halagada, protegida y en un punto muy próximo a la excitación. No recuerdo la de veces que hizo referencia a mi belleza pero con expresiones tan variadas que siempre sonaban como si me piropease por primera vez. Yo le sonreí amablemente otras tantas. No me encuentro en el grupo de chicas que se ofenden con las galanterías de los hombres. Aunque me suban los colores y se me ponga un nudo en el estómago.

Me enorgullecía encontrarme un hombre así, tan delicado, tan cariñoso con las mujeres como deduje por las frases que dedicaba a su esposa en la tarjeta que acompañaba al ramo de flores que le enviamos a través de interflora y no pude resistirme a leer, aunque me negaba las consecuencias derivadas de las fantasías que de súbito alteraron mi cabecita loca con explicaciones racionales que me llevaron a creerme la mentira de que solo pretendía demostrarle amabilidad a un cliente que se comportaba conmigo como un auténtico caballero.

El tiempo se nos fue volando. Nos sorprendió la noche entre sus amables galanterías y mis risas con algunas de sus ingeniosas gracias. No creo que mirase el reloj ni una sola vez a pesar de lo maniática que soy con los horarios. Cuando me propuso que subiéramos a su lujoso apartamento yo no dije ni que sí ni que no. Permití que me arrastrara como arrastra la corriente de un río una fina rama de abedul u otro árbol cualquiera...



miércoles, 4 de febrero de 2015

Emociones íntimas


EMOCIONES...

A punto estuve, de que se me saltaran las lágrimas. 
Algo tímida aún me abracé a sus piernas, firmes y poderosas como las columnas de un templo antiguo. Resultaba muy agradable ceñirse a unas piernas así. Y también muy provocador que actuara como un experimentado amante con la ingenua criatura a quien regala su experiencia de iniciación, susurrando a mi oído palabras tan provocativas, tan sucias que sólo su recuerdo me produce cierto sonrojo, aunque aquella noche me encantaba oírlas.
Me puse muy nerviosa sentada sobre su cama mientras él se mantenía erguido y desnudo ante mí. Los latidos de mi escandaloso y pobre corazón sonaron con el estrépito de un rifle. Aunque incluso en películas había visto hombres atractivos desnudos, un cuerpo tan hermoso –lo digo sin soberbia- no tiene una la suerte de contemplarlo cada día. Y mucho menos con un miembro viril que sólo con mirarlo sería capaz de trastornar a la chica más templada. Me daba un poquito de miedo. No porque sea una tonta pensando que iba a hacerme daño con él –que podría-, sino porque me pareció tan bello, provocativo y arrogante que desconfiaba de mis fuerzas para situarme a su altura. Cuando me pidió que se lo besara se me encendieron como tantas veces en la noche los colores, miré al suelo, a sus poderosas piernas, al vello negro de su pubis, y la mano me temblaba como a una pobre ancianita.
Me faltaba aire –a pesar de las considerables dimensiones de mi boca- y los dos creímos que me iba a desmayar.
Digo que los dos porque tras mis tímidos besos, se colocó de rodillas y, acariciando mi carita de niña buena, me sonrió con la sonrisa más dulce del mundo.
-¿Tienes miedo?
-¿Por qué habría de tener miedo?
-Eso me preguntaba yo. ¿Entonces?
-Estoy un poquito nerviosa.
-Penélope, ¿no lo has hecho nunca?, ¿nunca has echado un polvo?, ¿nunca…
Bajé la cabeza, entre pudorosa y avergonzada.
-¡¿Eres virgen?!
-No, no soy virgen.
-Vaya, no me digas que algún hijo de puta ha abusado de ti.
Unas estúpidas lágrimas de las que no controlo cuando estoy nerviosa humedecieron mis párpados.
-¿Te han violado? –volvió a preguntarme como si no saliera de su asombro.
-No, gracias a Dios no me ha violado nadie. Simplemente soy una llorona y a veces se me escapan las lágrimas por muy contenta que esté. Creo que no esperaba encontrarme un hombre tan atractivo y cariñoso en esta época de mi vida y me has emocionado.
-Me alegro.
-Deduzco que llevas tiempo sin hacerlo.
-En eso sí que aciertas.
-No te preocupes, no te preocupes. Te compensaré.
-Anda, bobo.
Y sin detener las caricias que deleitaban y derretían mi cara, me besó y me estuvo besando más tiempo del que nunca me habían besado. Con ternura. Con apasionada ternura...



martes, 3 de febrero de 2015


EMOCIONES...
Nos habíamos detenido a los pies de la cama, Leo desnudo pero yo aún con las braguitas que no le había permitido quitarme en el pasillo, un poco sonrosados los dos, sonriendo. Se colocó detrás, apoyando sus manos en mi vientre, de modo que sus pectorales rozaban en mi espalda, sus muslos en mis muslos y su sexo, ya en un punto rebelde difícil de dominar, buscando acomodo entre la ranura de mis nalgas donde con suma delicadeza había escondido previamente la tira trasera de las braguitas. Le apreté las manos e intentó besarme en la boca, con lo que nuestros cuerpos estrecharon su contacto. Hubiera querido volverme pero aquella postura me gustaba tanto que prefería mantenerla mientras fuese posible.
A través de una amplia ventana sin cortinas penetraban las primeras luces de la noche y una hermosa luna llena.
-Me encanta la luna.
Leo, sonriendo, me preguntó:
-¿Prefieres que no encienda la luz?
Limité mi respuesta a encogerme de hombros.
Sin embargo, decidió acercarse a encender una lámpara. La lamparita también se las traía, con su tulipa de plástico decorada con dibujos eróticos en colores chillones. Y como remate, sobre el cabecero un óleo de un pintor muy poco creativo en el que una mujer a tamaño natural descansa desnuda y de espaldas a nosotros, tendida sobre la hierba en la orilla de un río en postura reflexiva, como meditando sobre la conveniencia o no de bañarse.
Los espejos –pensé-, al menos ofrecen la ventaja de que podemos contemplarnos mientras nos abrazamos, o bailamos un fingido baile, o intercambiamos besos y caricias íntimas, y podría resultar excitante.
Aunque si todo aquello le gustaba al atrevido de Leonardo, por qué no habría de gustarle a la soñadora Penélope.
De regreso junto a mí, con la pobre luz entre azulada y rojiza iluminando su bello cuerpo desnudo, apoyó sus manos en mis hombros y sus labios rozaron en los míos.
-Estás para comerte –dijo mientras me acariciaba las mejillas -esta preciosa carita de muñeca-, y me levantaba la cabeza para mirarnos a una distancia de auténtico peligro.
Yo me estremecía.
El agua de la lluvia, que había cesado, comenzó a golpear de nuevo en los cristales, en los toldos de los comercios, en las farolas bajo cuya luz parecía especialmente copiosa.
Me acurruqué y sus ojos me dirigieron una mirada pícara que yo quería interpretar como sensible, con sus buenas dosis de ternura y amor. Sin embargo, siendo sincera y sintiéndome con fuerzas suficientes para sostenerle la mirada, aquella manera suya de mirar contenía un mensaje único que hasta la más tontita de las tontas entiende: un deseo ardiente de follarme ¡Oh, Dios mío!
Me subieron los colores cuando esa idea penetró mi alma, aunque también me dejaba seducir por un cierto orgullo sintiendo sobre mi piel sus lujuriosas intenciones. Pero es que por mucho que quisiera explicármelo con palabras más románticas, no me salía.
Gracias que con la disculpa de lo mimosa que soy, pude apoyar la cabeza sobre su pecho, porque me temblaron las piernas, una catarata de estímulos sensoriales amenazaba con ahogarme y la consiguiente descarga de adrenalina me colocó al borde del desmayo.
¿Me quieres?”, le pregunté con una voz de ingenua total porque no sabía qué decirle (mejor dicho, sabía, pero no encontraba modos de expresarlo sin que se me cayera la cara de vergüenza).
Respondiendo con una sonrisa, Leo me tomó en brazos y me llevó en volandas para situarme sobre la cálida alfombra turca de motivos geométricos adquirida en uno de sus viajes con la doctora Gwendoline. Allí me rogó silencio posando su dedo índice sobre mis labios, retiró la colcha con el mimo con que hubiera desollado la piel preciosa de un animal salvaje y a continuación me hizo sentar sobre la sábana (ya completamente desnuda y tiritando de frío -o puede que a causa de las intensas emociones-).
Soy delgadita pero bien proporcionada y aunque mis pechos no son todo lo grandes que me gustaría, nunca me ha dado vergüenza que me vean desnuda. No digo que me vaya exhibiendo por ahí, que no lo hago. Pero tampoco se trataba de mi primera vez en la intimidad a solas con un chico. Sin embargo, me sentía tan aturdida y emocionada que cualquiera hubiese pensado que sí se trataba de mi primera vez.
-Me gusta tu cuerpo –dijo Leo.
-¿Cuánto te gusta? –le respondí por coquetear.
-Pareces tan frágil que se diría que en el instante más inesperado te pudieras romper y eso me pone.
-¿Siempre te muestras tan seductor con las chicas?
-Deberías preguntarme si alguna vez me he encontrado con una chica tan guapa y sexy como tú.
-Eres un cielo –le dije. No me importaba en absoluto el carácter interpretativo de ese piropo. Ni sus dosis de sinceridad. Me emocionaba oírlo. Apoyé mi carita de niña buena en su abdomen y él acarició mis ondulados cabellos, mis mejillas, mis sienes…



lunes, 2 de febrero de 2015

EMOCIONES...


...
PRIMERA NOCHE JUNTOS

Cuando aquella maravillosa noche llegamos a su apartamento, Leo giró la llave en el bombín de la cerradura de la puerta con sigilo, como si irrumpiéramos en propiedad ajena, apoyó una de sus manos en mi espalda para invitarme a pasar y, antes de decidirse a encender la luz, nos detuvimos en el pasillo bajo una humilde copia de “Los girasoles” de Van Gogh, una frente al otro.
Nos miramos y sus ojos despedían fuego, una codicia por poseerme que no hacía nada por disimular. Imagino que yo lo miraba con carita de mimosa, porque fue eso lo que dijo:
-Penélope, tienes una mirada tan dulce que le entran a uno ganas de comerte.
Le sonreí. Su mano había descendido varios centímetros hasta alcanzarme las nalgas.
-Tienes la falda húmeda –dijo.
-¿Qué esperabas?
Soltó el botón que la ceñía, bajó la cremallera y me la quitó. Pero no para doblarla cuidadosamente sino para arrojarla al suelo como si fuese un estorbo.
-¡Leo! –exclamé, y mis ojos se cerraron.
No supe reaccionar. Los nervios que se habían instalado en la zona alta de mi estómago, se convirtieron de súbito en inquietas hormigas danzando por el amplio espacio entre pubis y garganta y permanecí completamente inmóvil mientras la misma mano que me había dejado desnuda de cintura para abajo se colaba bajo el ribete de mis suaves braguitas de seda y acariciaba zonas muy suaves de mi piel. Me situé de puntillas y separé las piernas. Entonces me apoyó contra la pared, secó con las yemas de sus dedos libres el agua que me humedecía las cejas, colocó mis brazos de modo que colgaran de su cuello y tirando con la otra mano hacia arriba de mí, me besó.
Cuando paramos de besarnos se me escaparon varios suspiros encadenados. Me sentía sin fuerzas, pero muy excitada.
Leo no era de los que se andan con remilgos cuando desean a una chica. Mientras nos besábamos desabotonó los botones bien abotonados de mi chaqueta, me levantó la blusa y, en menos de diez segundos, liberó mis pechos de la presión del sujetador, el mismo sujetador con doble fila de corchetes que en varias ocasiones había requerido la ayuda de mi compañera de piso para soltarlo.
Se me quedó mirando con cara de sorpresa y una cierta congoja me encogió el estómago. Tengo los pechos pequeños y temí que no fueran a gustarle. Sin embargo, lo que le oí decirme fue:
-Oh, Pe, vaya pechitos preciosos.
Y acto seguido comenzó a besarlos y morderme los pezones, que se me pusieron duros. Deseaba que me poseyera. Allí, en el mismo pasillo donde se desataron de súbito todas mis emociones para convertirme en una conejita en celo. Pero tras besarlos, se incorporó, me traspasó con su poderosa mirada y me invitó a movernos.
Prácticamente desnuda y casi tiritando de frío, apoyó una de sus manos en mi cadera mientras nuestros torpes pies tropezaban o se pisaban y a punto estuvimos de caernos. Quiso tomarme en brazos pero me negué. Prefería caminar trastabillándonos, cogidos por la cintura, riendo como bobos e intercambiando besos que parecían robados.
-Nos vamos a matar –le dije en broma.
-Me encantaría que me mataras, pero con las armas que yo elija.
-En esas condiciones, prefiero que me mates tú.
-Descuida –me dijo sonriendo de la manera más bonita que se puede sonreír-, te voy a matar.
Sin embargo, llegamos a nuestro destino sanos y salvos, aunque un poco sofocados, respirando con esfuerzo y mi pobre corazón, que no acababa de adaptarse a las nuevas exigencias, a punto de salirse por la boca. Recuerdo que cuando entramos en su dormitorio me quedé entre sorprendida y contenta mirando la cama. Nunca había visto una cama tan grande. Imágenes veloces de lo que me esperaba allí cruzaron por mi mente e imaginé aquella habitación con cuanto contenía (incluidos los vulgares elementos decorativos), la antesala de los jardines del edén (comprendo que exagero –hoy, aquella noche no exageraba en absoluto-).
Una de las paredes se cubría de arriba abajo con espejos instalados, sin duda, con algún pícaro propósito por el granuja de Leo. Me atreví a preguntarle. Y su respuesta provocó que siguiéramos riendo como auténticos idiotas.
-Yo nunca me hubiese arriesgado con este tipo de decoración –le dije.
-¿Por qué no?
-Me parece un poco atrevida.
-¿Quieres decir hortera?
-Esa no es la palabra. Diría que eres un chico al que le encantan los riesgos.
-¿Cómo psicóloga?
-Como mujer. Las mujeres contamos con un sexto sentido para estas cosas.
Procuraba que la respuesta sonara simpática en mis labios, poniendo en práctica mis buenos modales, mi astucia femenina. Pero no creo que en aquellos momentos lo que le preocupase a él fuera mi opinión sobre su sentido de la estética decorando interiores...



viernes, 30 de enero de 2015

EMOCIONES ÍNTIMAS

EMOCIONES II
La noche que nos conocimos –no la que nos acostamos- yo conversaba con amigas de Raquel -y ya mías- en un bar que pone la música a un volumen aceptable para mantener conversaciones y Leo se fijaba descaradamente en mí. Cuando nuestras miradas coincidían, sensaciones entre tiernas y excitantes me palpitaban en la boca del estómago.
-Está buenísimo -comentó la propia Raquel.
-¿Cómo dices?
-No te hagas de nuevas, guapa, te come con los ojos.
Me considero pudorosa y, aunque me guste un chico, me cuesta transmitirle ese tipo de información. Pero pronto comprendí que aquel no era de los que precisan que una se insinúe. Justo cuando regresaba del baño se me acercó de un modo absolutamente descarado para dedicarme un piropo que sonaba a medias entre provocativo y grosero.
Se me encendieron las mejillas y sentí un brusco acceso de calor.
-Te has puesto roja –dijo con un tono como si le gustara.
Oh, imagino lo colorada que me puse, pues me suele suceder incluso cuando la más inocente de las emociones perturba mi ánimo.
Mi amiga sonrió.
-No pretendía sonrojarte, pero la verdad es que eres un auténtico bombón.
Guardé un pudoroso silencio, simulando una indiferencia absurda a todas luces. No pude, sin embargo, evitar fijarme en su cuerpo de atleta y en la pícara mirada de sus grandes ojos. Nunca había visto a un chico tan guapo y eso que había conocido chicos guapos. Ni tan seguro de sí mismo.
Recuerdo que vestía vaqueros ajustados a sus poderosos muslos y una camisa en tonos azules que, aun no pudiendo calificarse de estrecha, le marcaba los pectorales. Imaginé lo delicioso que resultaría sentirse desnuda entre sus brazos, rodando entre cálidas sábanas, el contraste de su fuerza casi animal sobre mi figura delicada y flaquita como una rama joven de cerezo, cómo me defendería de sus caricias que, en un alarde de masoquismo, llegué a imaginarme entre halagadoras y violentas. Esa imagen me excitó. Sin embargo, retrocedí un paso hacia atrás porque me sentía intimidada con su manera de acercarse susurrando piropos a mi oído.
-¿Te doy miedo?
-¿Cómo dices?
-¿Si te dan miedo los hombres?
No supe responderle, porque por un lado le hubiera estampado con gusto un bofetón, pero por otro, un impulso, hasta cierto punto comprensible considerando lo que estaba aconteciendo en mis neuronas, me animaba a sentirlo más y más cerca de mí. Bajé la vista e imagino que de nuevo mi cara se encendió como si la alcanzara el fuego.
-Veo que eres demasiado tímida para lo que se estila hoy entre las chicas de tu edad.
-Es que me parece… -dije balbuceando.
-No te preocupes, me encantan las chicas tímidas.
Cuando pronunció esas palabras ya se encontraba tan próximo que pude olerlo y el aroma de su piel me puso aún más nerviosa. No olía a colonia sino a una mezcla de frescura y erotismo que contrariando mis precauciones, me excitaba poderosamente. ¡Dios mío!, pensé, ¿qué me sucede? Nunca en mi vida (bueno, puede que exagere, pero casi nunca) los simples intentos de un hombre por seducirme me habían enardecido hasta esos límites. Me temblaban las piernas y varias zonas de mi cuerpo –no sólo el corazón- palpitaban a un ritmo desenfrenado.
Sin duda se estaba percatando de lo que sucedía dentro de mí, por muchos disimulos de niñita ingenua a que me entregara, y eso lo animó a continuar con sus atrevidos coqueteos.
-Por favor… –le dije cuando me tomó de la cintura, pero con una vocecilla muy poco convincente y permitiendo que me estrechara. Tampoco me retiré cuando acercó de nuevo sus labios para susurrarme… Bueno, ya no recuerdo las groserías que me dijo, y las que recuerdo me avergüenza repetirlas porque por muy halagadoras que resulten para una chica, incluían piropos y proposiciones que no había recibido nunca con un lenguaje tan -¿cómo definirlo?, ¡oh, Dios!-.
Por primera vez en la noche le sonreí. Creo que la sonrisa respondía a un débil mecanismo de defensa.
-Eso ya me gusta un poquito más.
-¿Qué es lo que tanto te gusta? –le dije porque, aunque seguía intimidada, la excitación y las ganas de coquetear me iban soltando la lengua.
-La sonrisa tan encantadora que tienes –dijo el muy granuja, mientras se acercaba al lóbulo de mi oreja y lo rozaba con sus labios para insinuarme-: ¿te gustaría pasar la noche conmigo?
-No soy de las que se acuestan con alguien la primera noche –me apresuré a decirle.
-¿No? –preguntó, como si se extrañara.
-Por supuesto que no, ¿acaso te extraña?
A esa respuesta (¿pregunta?) sus labios esbozaron su propia e irónica sonrisa.
-Creo que te has equivocado eligiendo chica –le dije.
-Nunca me equivoco con las chicas.

...