miércoles, 18 de febrero de 2015


EMOCIONES...

A las ocho menos cinco, después de la tarde odiosa que había tenido que soportar, vislumbré tras los cristales del escaparate a mi chico y, recobrando de golpe la alegría, le hice señas con la mano para que pasara.
Nos dimos dos besos. Las impertinencias de mi última clienta y del marido de la jefa me pusieron muy cariñosa, aunque suelo ser cariñosa sin ayudas extras.
Esa tarde, mi profe vestía con un estilo deportivo, cazadora de ante en tono marrón claro, polo verde de Lacoste, náuticos y pantalón de lino en negro. Me pareció aún más guapo que con traje.
Aunque la distancia de la floristería a su casa no llega a un quilómetro pasó a recogerme en su flamante automóvil. Me sorprendió, porque no me pegaban en él ese tipo de gestos ostentosos. Pero me halagaba que un hombre de su clase quisiera impresionar a una chica como yo. Entramos al garaje para subir directamente a su apartamento sin pausas. Sus modales, delicados todavía, me resultaron un poquito autoritarios con respecto a la noche, como si pensara que haberme echado unos magníficos polvos le otorgaba algún poder sobre mí. Mentiría, sin embargo, si digo que me sentía molesta cuando me indicaba, sube, vamos, entra, o, tomándome de la cintura en el ascensor, me besaba en la boca sin tan siquiera haberme tocado antes, como se dice, ni un pelo. Y es que reconozco, sin falsas excusas, que desde que mis nalgas se posaron sobre el cálido asiento de cuero climatizado de su coche, no sólo las caras internas de mis muslos, sino mi propio clítoris (¡dios mío!, dije entonces, ¡qué vergüenza!) comenzaron a temblar y me sentí tan excitada y húmeda que, aunque parezca un poco tonta, tuve miedo a ensuciarle la inmaculada tapicería de un azul cielo casi blanco de su deportivo. De hecho, coloqué las manos entre las piernas y las apreté muy fuerte como si ese gesto me sirviera de alguna ayuda para controlarme.
Creo que se percató de lo que me sucedía, porque acercó su mano a mis rodillas y dijo:
-Tranquila, cariño, te veo un poquito nerviosa.
-No estoy precisamente nerviosa –le dije.
-Imagino como estás.
Y todas las tonalidades del rojo encendieron mi cara como siempre que algo imprevisto o malicioso me sorprende.
Cuando entramos en su lujoso apartamento, reposaban sobre la mesa cuadrada de su comedor, decorada con mantel y dos velas de luz eléctrica, varios platos para una cena fría que había encargado a un servicio de cáterin. Abrió una botella de vino blanco también muy frío y nos sentamos, mirándonos a los ojos como dos amantes. En una mano elevó su copa y con la otra mi barbilla, para decirme, “brindemos”.
Yo, que apenas probaba alcohol, bebí tres o cuatro copas a lo largo de la riquísima cena de la que no dejé ni pizca en el plato.
-Me encanta verte comer con ese apetito engañoso ¿Podrías explicarme donde metes todo lo que comes?
-Adivina.
-Imagino que lo distribuyes con exquisita precisión a lo largo de ese precioso cuerpo. Pero descuida, lo descubriré esta noche.
Sonreí.
Tras el último sorbo, me invitó a que me pusiera en pie entrelazando sus dedos a los míos. Me besó mientras ceñía mi cintura. Y allí mismo me indicó que elevara los brazos por encima de la cabeza para facilitarle que sacara mi jersey fucsia de pico. ¿Pensará que estoy demasiado caliente?, pensé. Lo cierto es que seguía ruborizada aunque entonces sobre todo a causa del vino. Pero no pretendía refrescarme. Comenzó a desabotonar los botones de la blusa y se sorprendió con gusto de que no llevara sujetador y yo me puse aún más colorada cuando insinuó los motivos de su sorpresa, que no me atreví a negarlos, aunque mientras me duchaba a primera hora de la mañana intenté convencerme de que no volveríamos a vernos.
Sólo sintiendo los roces voluntarios e involuntarios en mi piel ya me estaba incendiando y me sentía muy excitada, húmeda antes incluso de que me bajara la falda y las preciosas braguitas de las que tampoco precisé explicarle la buena excusa para elegirlas. El muy pillo situó todos sus dedos bajo el elástico, apuntando las yemas hacia mi vientre, y comenzó a girarlos, primero en círculo y luego en espiral, consiguiendo así bajármelas con infinita lentitud y delicadeza. Cuando llegó a la hendidura de las nalgas, apoyó sus manos y me atrajo impetuosamente hacia él.
-Ohhh –dije, suspirando. Pero me hallaba tan aturdida que no supe reaccionar e incapaz tan siquiera de abrazarlo, permanecí completamente inmóvil, permitiéndole que actuara a su entero capricho (para eso es el profe, pensé con cierta malicia).
Mientras me las seguía bajando, me rozaba a propósito la cara interna de los mulos, las pantorrillas y las plantas de los pies (los zapatos los arrojó lejos como si le estorbaran), pero cuidándose muy mucho de no tocarme siguiera uno de los pelitos que cubren mi sexo.

Cuando ya me tenía completamente desnuda, colocó ambas manos en torno a mi cara y me besó en los labios con fuerza...

martes, 17 de febrero de 2015


EMOCIONES

A la tarde siguiente, sin embargo y como imaginé en las pocas horas de desvelo recreando cada segundo de aquella noche, el guapísimo y apasionado profe apareció a última hora por la floristería.
Aunque me encontraba sola, se acercó con sigilo, me tomó del brazo con la delicadeza que hubiese tomado un ramo de flores y me susurró al oído, “te paso a recoger cuando salgas”. Sin tiempo para responderle, más insegura que el día anterior, quizás porque ya no podía buscarme excusas sobre los motivos para encontrarnos ni sobre cuáles eran nuestros verdaderos deseos y nuestras intenciones, me encogí de hombros. Azorada, pero permitiendo a mi exaltado corazón que diera los saltitos de loca que yo no me atrevía.
Si ya me había resultado difícil controlar los nervios desde que a primeras horas de la mañana me propuse en la ducha, “no voy a volver a verlo, no voy a volver a verlo”, no digo nada desde que recibí su ansiada visita. Se me encogió el estómago, me aletearon mariposas, no paraba de moverme, cada cinco minutos miraba el reloj… Recordé que menos mal que a mediodía me había sentado en el sofá mirando la tele y, aunque no soy de las que duermen la siesta, a los dos segundos me quedé dormida hasta que mi compañera de piso me despertó:
-Penélope, ¿no piensas volver hoy al trabajo?
-¿Qué hora es? –dije un poco alarmada.
-Las cuatro y media.
-Oh, Dios.
Mi horario de tarde comienza a las cinco.
Pero después de la visita del profe agradecí con toda el alma ese sueño, porque imaginaba que tampoco iba a dormir demasiadas horas la próxima noche y no acostumbro a pasarme dos noches seguidas en vela por gratificantes que sean las compensaciones que recibo.
Para colmo una de las clientas habituales de la tienda, me dijo mientras la atendía:
-Penélope, ¿qué le sucede?, ¿no se encuentra bien?
-Me encuentro perfectamente, gracias.
-Es que la veo un poco pálida.
-Soy pálida.
-Más pálida que de costumbre. No habrá dormido lo que se debe dormir a su edad.
-Lo cierto es que no –le mentí, ¡vaya cotilla!-. Me entretuve leyendo hasta tarde y cuando me paso de cierta hora, me cuesta conciliar el sueño.
-Pues yo, hija, si abro un libro en la cama, no he pasado la primera hoja y ya se me cierran los ojos.
Qué suerte”, pensé, pero no dije nada.
Para acabar de complicarlo, media hora antes del cierre, apareció el marido de mi jefa, un tipo gordo y rijoso que no me había gustado desde el día que lo conocí pero que, en cambio, recibía una impresión muy diferente de mi aspecto.
-Hola, Penélope, guapa, ¿la señora?
-Acaba de salir a tomarse un café. Pero dijo que regresaba enseguida.
-Y usted tan hermosa como siempre. Que digo, mucho más.
Si me hubiera leído los pensamientos se habría callado, pero así, el muy cretino continuó.
-Ya le habrá salido novio.
-Todavía no.
-Pues será porque no quiere, porque con lo guapa que es, estoy seguro de que los pretendientes hacen cola a la puerta de su casa.
No quise responderle, pero tampoco eso lo desanimó.
-Además hoy la veo a usted más atractiva. Le favorecen esas faldas tan cortas.
La falda que llevaba puesta no subía ni tres dedos por encima de las rodillas, pero el muy cerdo no había dejado de mirarme las piernas desde que entró. Es uno de esos tíos verdes que te desnudan con la mirada.
Como seguía sin interrumpirlo nadie, aún tuvo la osadía, de acercárseme hasta que olí su asqueroso aliento, para decirme:
-Hace usted muy bien, diga que sí. Yo de eso entiendo -y el muy cretino me guiñó un ojo-. Hay que mostrar las armas de que dispone uno. Y esas piernas suyas son una auténtica bomba.
Menos mal que en ese preciso instante apareció su mujer y el muy cínico, se dirigió hacia ella abriendo los brazos para estamparle dos besos y decirle:
-Bueno, cariño, aquí me tienes –y dirigiéndose a mí-: Penélope, ¿me permite que me la lleve hoy unos minutos antes?
-Pueden irse tranquilos cuando quieran –les dije. No sabían bien el alivio que representaba para mí y más aquella tarde en que me hubiera muerto de vergüenza si el profe acude a recogerme con ellos delante.
La jefa colgó su bolso, me impartió dos o tres prescindibles consejos y se marcharon, aunque el muy cretino aún se dirigió a mí desde la puerta:
-Adiós, Penélope, guapa. Y recuerde lo que le he dicho. Tiene que buscarse un buen un novio.
-Argi, no le digas esas cosas a la chiquilla, no ves que le sacas los colores.
-Las mujeres necesitáis siempre un hombre al lado que os proteja.
-No seas machista, Argi –y dirigiéndose a mí-: No le haga caso, Penélope, le encantan las bromas.
Qué sabrán ellos lo que es una broma...



lunes, 16 de febrero de 2015


EMOCIONES...

En segundos, sin embargo, regresó junto a mí, se tendió en la cama, me tomó por la cintura y, colocándome amorosamente sobre su cuerpo (peso como una pluma) me estuvo besando con besos de los más cariñosos que haya recibido (incluyendo los besos en la infancia de mi cariñosa mamá), hasta que saciada de besos y caricias consideré que había llegado la hora de irme.

Se le veía también completamente rendido y no insistió para que me quedara, aunque se levantó para acompañarme hasta el salón donde mi ropa se esparcía sin orden por el suelo. Mientras contemplaba cómo me vestía, comentó de nuevo lo apasionada y encantadora que soy y que nunca había disfrutado con nadie como conmigo. Lo creí, pero no pude evitar una pregunta traviesa.
-¿Ni con ella?
-Ni con ella.
Y entonces me acerqué para colgarme de su cuello, me puse de puntillas y le estampé un encendido beso en los labios.

No se lo esperaba. Y le gustó. Permanecía desnudo e imagino que no pudo evitar que su pene hendiera el vaporoso tejido de mi falda que inmediatamente me subió por detrás, arrebujándola en la cintura. “Dios mío”, pensé, “por qué me habré mostrado tan impulsiva”, aunque en el fondo me sentía encantada con su respuesta.
Me arrastró unos pasos para apoyarme el culito sobre el cuero del respaldo posterior del sofá y, como aún no me había vestido las braguitas, me tomó de los muslos con sus presurosas manos y, tras elevarme unos centímetros, me penetró sin otros preliminares. Con un golpe seco y único.

Entonces sí grité sin reprimirme, completamente embriagada, como si me encontrase tendida en un campo de azucenas inhalando sus ricas fragancias, tan intensas en medio de la noche. Mi cuerpo, en el que entraba con prisa, ardía, rojo y azotado por bruscas convulsiones. Ceñí su cintura con mis piernas. Mis manos colgadas de su cuello. Y las suyas presionando en mi culito que amenazaba con derretirse con cada una de sus embestidas.
Terminamos en apenas dos minutos, uno de esos polvos rápidos y apresurados que también era nuevo para mí, y juro que me encantó porque en ese momento tampoco me lo esperaba y, aunque se corrió un poquito pronto para mi gusto, no sólo me llenaba la dulce gratificación de proporcionarle tanto placer sino que me sentía verdaderamente dichosa. Además aquella noche me apetecía sentirme tan deseada por un hombre que consideraba por encima de mí en numerosos aspectos.
Mientras me ponía las bragas, lo miré, desnudo y hermoso a un palmo de mis narices, y de nuevo me subieron los colores y me invadió una incómoda pero agradable sensación de vergüenza por haberme comportado desde un principio como una auténtica viciosa con él. “¡Dios mío”, quise decirle, “yo no soy así”. Pero solo le dije:
-Ahora sí que me voy.

Nos despedimos ya cerca de las primeras luces del crepúsculo, casi en silencio, sin promesas de nuevas citas. Se ofreció para acercarme a casa en su coche, un biplaza deportivo en el que me sentaría a la tarde siguiente, pero le dije que gracias, que no era necesario.
-Si quieres te puedes quedar a dormir. Conmigo. O en una cama para ti sola.
La que movía ahora la cabeza en sentido negativo era yo, aunque sonriéndole para transmitirle lo contenta que estaba.
Como se me había pasado el efecto del cóctel y mi femenina excitación se encontraba perfectamente satisfecha, me planteé que lo mejor para una chica de veintitantos años que a todo el mundo parece mucho más joven era olvidarse de aquel hombre casado que casi me doblaba la edad y que, como mucho en unas semanas, recibiría con ostensibles muestras de cariño a su adinerada y bella esposa.
Nos besamos en los labios a la puerta de su lujoso apartamento, me palmeó el culito –algo que le encantaba, por lo visto- y bajé corriendo las escaleras.
De algún modo, prefería ese tipo de despedida...



sábado, 14 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Se lo dije. Le dije que no lloraba de pena, sino de felicidad. Y él, por primera vez en la noche, sonrió, acarició dulcemente mis mejillas con las yemas de sus dedos y, apoyándose en los codos para no lastimarme, aceleró el ritmo de sus embestidas, deteniéndose cuando me llegaba más adentro y girando suavemente sobre mí antes de reiniciar una nueva de serie de penetraciones que me volvían loca de gozo. Tuve que morderme los labios porque aún no me atrevía a chillar, pero me aferré a su cintura con una fuerza que nadie supone en alguien tan flaquita como yo. Me aterraba que pudiera salirse cuando más lo deseaba golpeando y derritiendo mis entrañas. En los escasos momentos que me lo permitía incluso elevaba mi pelvis para sentirlo como si formáramos parte del mismo cuerpo.

-¿Es ésta la chiquilla ingenua con cara de no haber roto nunca un plato?
Yo le respondí apretando con más ganas aún y suplicándole únicamente:
-No pares, por favor, no pares.

Y él continuó poseyéndome como si aquellas palabras mías le hubieran otorgado unos poderes de los que hasta entonces carecía.
Mientras me penetraba una y otra vez saciando mi cuerpo de dicha y plenitud y me conducía al primero de mis clímax, me sentí extenuada como un pajarillo que vuela demasiado alto y luego se precipita al vacío. Solté su cintura y extendí los brazos sobre las sábanas, cerrando de nuevo los ojos para concentrarme en aquellas sensaciones. La romántica Penélope se imaginó los pétalos de las encendidas rosas que habíamos enviado entre los dos a su mujer aquella misma tarde, derritiéndose entre mis piernas y enviando su esencia y aroma hacia un espacio tan íntimo y profundo que resultaba sagrado el deleite en que yo me deleitaba. En que me deleitaba el guapísimo profe de lengua. “Oh, Dios mío”, musité para mis adentros, “que esto no acabe nunca”. Ya completamente abandonada a sus caprichos y hábiles maniobras de amante aunque apoyando todavía mis pantorrillas en la parte posterior de sus muslos incansables golpeando contra mí como si pretendiera partirme en dos.
Por fortuna, las buenas nuevas continuaron regocijándome más allá de lo previsible.

Cuando pensé que había terminado, aunque no recordaba los bombeos de su semen a lo largo de mi vagina porque salía de mi cuerpo en el momento justo en que yo me aproximaba a los límites máximos de excitación, indicó que me colocara de rodillas, a cuatro patas como una perrita. Ansiaba preguntarle los motivos de su abandono, pero antes de que me salieran las palabras comprendí que no pensaba abandonarme. Situado detrás, de pie fuera de la cama, se inclinó y sus manos acariciaron mis senos, luego el vientre y las ingles de las que tiró para que nuestros cuerpos se acercaran.
Ya había recobrado mis bonitas sensaciones previas a su salida cuando sus dedos medio y corazón comenzaron a trazar suaves y pequeños círculos sobre mi inflamado clítoris a la vez que me penetraba hasta muy adentro. Su pene era como él, delgadito pero largo. Desde un principio lo consideré de las dimensiones adecuadas para una chica como yo. Y, sin falso orgullo, puedo presumir de lo certero de mis pronósticos.

Gritamos. Yo, de manera más escandalosa. Después de tantos esfuerzos reprimiendo mis gritos, necesitaba gritar.
Reconozco que los gemidos que salieron aquella noche de mi boca mientras entraba, salía y entraba de nuevo para demorarse el muy pillo buscando puntos sensibles en zonas tan profundas que nunca imaginé que existieran en el cuerpo femenino, me habrían asustado a mí misma si los oigo en labios de otra mujer.
Si alguien o algo no lo remediaban en segundos, iba a estallar de gozo desde el pubis a la cabeza. Los brazos ya no me sostenían y los estiré a lo largo de la cama para agarrarme al borde del colchón. Él, ajeno a mis gemidos, continuaba golpeando contra mis nalgas, no muy fuerte pero con una constancia infinita, generando un sonido rítmico que en uno de mis silencios me gustó como la más adorable de las músicas.

Ya había disfrutado de un primer orgasmo y luego otro cuando lo sentí correrse hasta el fondo de mi vagina y, en cambio, nuevas contracciones me ayudaron a incorporar de nuevo la cabeza, curvando la espalda para sentirlo lo más cerca posible, y chillé y chillé como una auténtica loba antes de desplomarme de bruces sobre las sábanas cuan larga soy, con brazos y piernas muy abiertos.
-Eres realmente deliciosa follando, Penélope.
Me dio un azote de mentirijillas en el culo y me dejó allí tirada, suspirando aún de gozo y agotamiento, para dirigirse al cuarto de baño (imagino que quería confirmarme los exquisitos cuidados de su higiene íntima)...



miércoles, 11 de febrero de 2015


EMOCIONES...

Luego nos miramos, me recogió el pelo detrás de las orejas y apoyó mi cara en su pecho mientras me acariciaba la melena y yo lo ceñía por la cintura. Podría haberme retirado a causa del sonrojo cuando comprobé cómo su miembro crecía y continuaba poniéndose duro bajo la presión de mi abdomen, pero, como no alcanzaba a verme los colores, seguí apretando y apretando (¡fuerte!, ¡muy muy fuerte!)), como si pretendiera demostrarle todo mi cariño, aunque lo que deseaba era otra cosa. Hasta que elevando mi barbilla volvió a besarme y decidió que debíamos separarnos.
Es precioso. Y delicado”, pensé. “Y me desea”. Me sentía muy emocionada.

Las yemas de sus dedos aún trazaron un semicírculo a lo largo de mi frente, sien y mejilla. Me atreví a elevar la cabeza para mirarlo. Con ojitos húmedos que imagino revelaban tanta sorpresa como súplica mientras deliciosas hormigas revoloteaban en mi estómago, alcanzando en segundos la delicada zona del pubis y los pliegues de mis labios mayores. Todo mi cuerpo era un volcán en erupción. Me tomó de la mano como se haría con una niña que se conduce por una senda sinuosa u oscura y dijo:
-¿Vamos?

El corazón me latía tan fuerte que no pude responderle. Eso sí, avancé a su lado hasta situarnos al borde de la cama. Flexioné las rodillas para que pudiera tomarme en brazos, y me depositó con la delicadeza que un orfebre colocaría en su expositor la más preciada de las joyas, sobre aquella cama de matrimonio (una cama de estilo antiguo con barrotes de bronce) que compartiría con su mujer -a la que en un alarde de masoquismo quise imaginarme guapa, sensual y elegante como una modelo-. Si me preguntan juraría que entraba en el paraíso.
Aún me ayudó a colocarme en la postura que le apetecía tomando mis hombros entre sus manos, y luego me separó las piernas, me recorrió uno de los muslos hacia arriba y con las yemas de sus dedos separó los pelitos de mi pubis como si se tratara de una maniobra necesaria antes de penetrarme. Cerré los ojos y me mordí un labio.
-Eres preciosa, Penélope.

Apenas si podía moverme cuando todo mi interior se agitaba en un auténtico torbellino. Pero entorné ligeramente los párpados para sonreírle. Permanecía de pie, mirándome con increíble expresión de deseo.
Ya tendida sobre la finísima sábana, me besó en la frente, luego en la base del cuello y en los hoyos de mis clavículas.
Las suaves sensaciones y el orgullo por lo que me estaba sucediendo no paliaban la falta de aire y comencé a inspirar profundo (muy muy profundo).
Completamente inmóvil, salvo las paredes de mi tórax que se expandían a cada bocanada, percibí la punta de su dedo índice acercándose de nuevo a mi sexo y presionando sin introducirse en mi vagina que, en cambio, se abrió como las valvas de una ostra. Los ojos se me volvieron a cerrar y se me escapó entre dientes, otro de mis débiles “¡ay!”, porque no sabía qué decir, o puede que quisiera usarlo de contraseña para indicarle que podía avanzar con ese dedo, que me había gustado mucho cuando me lo introdujo en el salón. Pero el muy listo, en lugar de metérmelo, acarició en círculos realmente mágicos sobre mi clítoris, que percibí cómo crecía obligándome a moverme hacia arriba de puro gusto.
Se había situado con ambas rodillas a mis costados. Descendiendo su boca hasta mi oído susurró cuánto me deseaba y también dijo:
-Me encantan las chicas que sabéis disfrutar.

Al oírlo abracé instintivamente con todas mis fuerzas su cuerpo alto y esbelto que casi flotaba sobre mis muslos, mi vientre, rozando con su tibia piel en mis pezones que volvieron a ponerse tan duros y sensibles como cuando le había soltado la cadena del cuello. Rodeé sus piernas con las mías y, mientras me penetraba con una delicadeza propia de los ángeles, se me escaparon las lágrimas.

-¿Qué sucede, cielo? –me preguntó-. No llores-, pensando que lloraba porque me sentía dolida o poco satisfecha con su manera de amarme, cuando en realidad lloraba de alegría recordando los meses que llevaba sin mantener relaciones sexuales con un hombre y dándole las gracias a Dios porque aquel catedrático de finos modales masculinos supiera lo que debe hacerse con una chica para que se sienta feliz. Completamente feliz...

martes, 10 de febrero de 2015


EMOCIONES ÍNTIMAS

Intuyendo la zozobra en que me debatía, acarició con ternura las raíces de mi pelo, la sensible zona detrás de mis orejas, mis hombros desnudos, y comentó:
-Causa un poco de miedo acariciar esta piel tan fina y tan blanca, pero cuando te sonrojas se me quita el miedo. Eres la niña más dulce y encantadora que he visto en toda mi vida.
Iba a reprocharle que me llamara niña, pero lo miré y se me puso un nudo en la garganta.
-Eso también tienes que quitarlo –me dijo.

No me atrevía a bajarle los calzoncillos, unos slips ajustadísimos que dejaban muy poco espacio a la imaginación –con alas o sin ellas-. Pero, como el resto de la noche, obedecí, aunque para estimularme comencé a besarlo en el pecho mientras mis deditos de niña –ellos sí, largos pero tan finos como los de una niña- descendían temblorosos por sus piernas suaves, depiladas como las de una mujer.
Aunque parezca increíble fue ese el detalle que más me excitó, considerando que ya estaba excitada como una conejita muy viciosa.
Recuerdo que me situaba de rodillas para terminar de quitarle el slip cuando apoyó sus manos en mi cabeza y, con una voz entre autoritaria y amable a la que poco a poco me iba acostumbrando, sugirió:
-Ya que estás en esa postura, podrías probarme.
Me quedé helada. Mis manos buscaron sus muslos como punto de apoyo y, recobrando algunas fuerzas, le dije:
-Profe, por favor, no me pidas eso.
-Te aseguro que cuido de la higiene de mis partes íntimas tanto y más que de otra cualquiera.
-No lo dudo, pero es que… No sé cómo explicártelo… Compréndeme, por favor te lo pido.

Aunque para compensarle por mi negativa, acerqué a mis labios su endurecido y limpísimo pene y se lo besé. Desde la punta hasta que mis pestañas rozaron el vello de su pubis.
En ese preciso momento, después de varios besos y mientras lo seguía mirando con verdadera carita de lástima, llevó sus manos a mis axilas y con un enérgico impulso me elevó en el aire. Nuestras bocas se encontraron a la misma altura. Antes de que mis pies tocaran en el suelo, me besó y yo me abracé a su espalda con todas mis energías de chiquilla valiente. Tanto que mis pechos se estrujaban contra su pecho y los latidos de nuestros corazones se confundían latiendo uno sobre el otro.
Tan agradecida me sentía que, venciendo mi timidez, me atreví a susurrarle al oído:
-Perdóname que sea una boba. Tienes que darme tiempo.
-Te voy a dar todo lo que tú quieras y un poquito más.
Me gustaba que me hablase en tono pícaro. Volvimos a abrazarnos como si deseáramos rompernos, yo combando adrede mi cintura hacia delante para sentirlo cerca, casi dentro de mí, y él sosteniéndome por las nalgas y restregándose con tanta lentitud que mis pezones se pusieron duros y me derretía en la entrepierna. Le suspiré al oído porque no me atrevía a pedirle que me penetrase ya...

lunes, 9 de febrero de 2015


EMOCIONES

Me sentía muy contenta en sus brazos aunque con los nervios estallándome en numerosas partes del cuerpo como si, aún virgen, me encontrara a punto de perder mi virginidad con un hombre al que sólo conocía de aquella misma tarde enviando un ramo de flores a su esposa. Un hombre maduro, guapo guapísimo, con mucha clase e imagino que experiencia con mujeres y que, aunque se mostraba tan delicado conmigo, seguía provocándome una extraña mezcla de miedo y excitación que me conmovía hasta los tuétanos.

Cuando llegamos al dormitorio me depositó sobre una alfombra suave con largos hilos de lana y dijo:
-Ahora quiero que me quites la ropa.

Sentía un comprensible pudor. Desnudarlo me provocaba fantasías como si lo fuese a violar. Iba a sugerirle que se desnudara solo. Necesitaba acudir al baño con urgencia. Me habían entrado ganas de hacer pis y el hormigueo que descendía por mi cuerpo desde la nuca amenazaba seriamente mi equilibrio. Incluso se me nubló por unos segundos la vista como si me amenazara una ligera lipotimia debido a la tensión y a que no estoy acostumbrada a beber bebidas alcohólicas.
-¿Qué sucede? –me preguntó.
-Perdona. ¿Permites que entre un segundo al baño?
-¿Justo cuando más deseo que permanezcas junto a mí?
-Es que me meo, de veras.
Acarició suavemente mi melena -sonriendo con sonrisa pícara-, luego mis enrojecidas mejillas, y dijo:
-Anda, corre, pero no tardes.

Mientras me giraba, me palmeó el culito y yo dije, “ay”, pero tan orgullosa que a punto estuve de alejarme corriendo dando brincos de locuela.
El cuarto de baño era más grande que mi dormitorio, con sauna, jacuzzi y una ducha en que entrarían seis o siete personas. Casi me daba reparo sentarme en la taza, y con los nervios me costaba que saliera el pis.
-Vamos, cielo –chilló desde la habitación en un tono casi de burla- que vas a quedarte fría.
Hasta el papel higiénico era tan suave que apenas sentía que me limpiaba.
Regresé a su lado, dispuesta a portarme como una chiquilla obediente. Nos miramos. Aunque me temblaban los dedos, fui desabrochando los botones de su camisa. Luego le apoyé las palmas de mis manos en pecho y hombros que, a pesar de que es muy delgado, me parecieron firmes y duros como si los sometiera a intensos ejercicios físicos, y se la fui deslizando con una lentitud no premeditada (¡lo juro!) hasta que cayó al suelo.

-Eres muy buena desnudando.
Me subieron por enésima vez los colores a la cara, pero le respondí:
-No creas que tengo mucho entreno desnudando.
-Pues improvisas de maravilla –. Bajó el tono de voz y, casi en susurros, me dijo: -Ahora toca la cadena.
Embelesada como una boba muy boba, levanté los brazos para alcanzarle el broche de apertura en la zona posterior del cuello.
-Vaya, no parecía que fueras tan alto –le dije, y al decirlo, las puntas de mis pechitos rozaron como por descuido en su pecho y, para mi sorpresa, comprobé cómo se estremecía en un breve pero entrañable respingo. No se lo esperaba. A mí se me pusieron muy duros los pezones y, aunque coquetamente tímida, porfié algo más de lo necesario con aquel broche, teniendo en cuenta lo habilidosa que soy.
Mis neuronas se estaban alterando. Muy contenta. Deseaba abrazarlo pero como soy muy tímida no me atreví.
Le entregué su cadena de oro, que arrojó con displicencia a un sofá, y luego condujo mis manos a la hebilla de su cinturón. Tampoco me resultó demasiado difícil soltárselo, pero el sonido de los dientes de la cremallera de sus finos pantalones mientras se la bajaba, aceleraron el pulso de mi sangre a la altura de las muñecas (¡Dios mío!, exclamé para mis adentros, ¡cuántas nuevas sensaciones en una sola noche!)...